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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
El ser humano tiene potencial para la creación y construcción de obras hermosas que se manifiestan en el arte, la ciencia, la tecnología… Y también para la maldad y la destrucción; día a día somos testigos de esto.
¿Cuál es origen del mal, de la violencia, de la destructividad humana? En la Edad Media se creía que el origen estaba en un agente externo: el diablo, que poseía a la persona tornándola hereje o incontrolable. Entonces el remedio lo constituían exorcismos, rezos, o de plano la guillotina.
Hoy se sabe que el origen está en las infancias maltratadas. Así lo concluyen los estudios longitudinales de personas altamente peligrosas. Todas ellas presentan el denominador común del maltrato infantil intenso y crónico combinado con la ausencia de personas que hayan ido a su auxilio en los momentos críticos o que pudieron haber ofrecido una relación de amor, respeto, consideración y buen trato que les permitiera resignificar la vida y las relaciones humanas.
La respuesta al origen del mal, puede no ser espectacular. Lo espectacular es la incapacidad que hasta hoy ha mostrado la sociedad para relacionar la existencia de personas altamente destructivas y autodestructivas, con el abuso infantil.
Y mientras no le demos importancia a tal relación las intervenciones para la prevención y erradicación de la violencia no dejarán de ser medidas reactivas y paliativas a un problema que se generó con los años de maltrato en cualquiera de sus modalidades: físico, psicológico, sexual, negligencia, sobreprotección, espiritual, estructural, de género, colectivo, institucional y un largo etcétera.
Hoy se hace necesario defender a la población de los criminales. Pero mientras se consigue encarcelar (o ultimar) a algunos cuantos, la sociedad continúa produciendo miles más. ¿Por qué? Porque seguimos tratando mal a los niños y a las niñas. No hay que olvidar que como país ocupamos deshonrosos primeros lugares en el tema.
Es poco lo que estamos haciendo para el tamaño del problema. Y poco nos impactan hoy las escenas de destrucción cuyos protagonistas son hombres principalmente, aunque no exclusivamente, y paulatinamente dejamos de indignarnos ante los pequeños y los grandes atropellos humanos.
Es urgente parar la producción de personas violentas y peligrosas. Para lo cual, la clave está en el arranque de la vida.
Las propuestas de prevención derivadas de los estudios criminológicos, sugieren comenzar con la promoción de los buenos tratos a la infancia: cubrir sus necesidades de desarrollo de manera suficiente: físicas, emocionales, cognitivas, vinculares, sociales, espirituales…, respetar sus derechos.
Lo cual requiere, entre otras muchas cosas, promover las habilidades para la crianza en padres, madres y personas encargadas de la atención de niños y niñas, al mismo tiempo que el Estado genere las condiciones para que estas personas puedan cumplir con su rol parental/marental. Porque no se puede cumplir si los padres/madres no tienen trabajo o ingresos económicos mínimos necesarios para la subsistencia, o si sus jornadas de trabajo son de más de 10 horas diarias; o si no cuentan con acceso a la educación, salud, seguridad, etcétera.
Resulta más económico prevenir la violencia que atender sus consecuencias. Lo cual requiere de una fuerte inversión económica y humana. Sin embargo, ante la falta de tal inversión, sólo nos queda rezar, y, a ciertas personas, rumiar la posibilidad de la pena de muerte (práctica propia de la Edad Media).
* Psicólogo / [email protected]
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