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Mariposas en la fábrica; ven y sígueme

Sociedad País / Top News / 05/02/2016

SOMOSMASS99

 

Eliel Acevedo / Másde131

Puebla, Pue. / Jueves 4 de febrero de 2016

 

Ya decía Marx que el sistema capitalista era, en su unidad organizativa básica, la fábrica, enemigo de la creatividad y del desarrollo del potencial humano. Esa creatividad, como elemento dignificante del hombre y prueba fehaciente de que su potencial tiende al infinito, no puede ser otra cosa sino un signo de libertad de conciencia y pensamiento; una afrenta a un sistema que condena, insensible e irracionalmente, al ser humano a renunciar a eso que le hace ser, a aquello que le permite significarse y significar al mundo y al Otro.

INTERIORES  MARIPOSAS  (4)
El germen de la libertad de pensamiento, aparentemente abolida tras una cadena de montaje, vive, grita rebeldía.

La fábrica es, hoy todavía, sinónimo de explotación y alienación. La vorágine que vivifica un sistema en que la producción incesante sostiene una dinámica de consumo, que ya no es sólo económica sino cultural, persiste gracias a las manos amputadas, inutilizadas y a la constante inferiorización y destrucción de la creatividad de los trabajadores.

Sin embargo, el germen de esa libertad de pensamiento, aparentemente abolida después treinta años tras una cadena de montaje, un horno, una pila de vidrio o manejando contabilidad, vive, grita rebeldía.

Ese es, quizás, el hacer más importante de Ludicultura, buscar que mediante diversas actividades fuera de la rutina, fuera de la seriedad y, sobre todo, fuera de la repetición metódica, exista un reconocimiento entre aquellos que, juntos, ya no se reconocen más que como engranajes grises, como apéndices de carne en máquinas de acero.

Ludicultura es una asociación civil formada por jóvenes de Cholula, Puebla, que busca transformar una realidad social desigual, fragmentada y violenta, desde el arte, la cultura y la diversión. La importancia de su labor estiva precisamente en el encuentro que se da cuando un grupo de jóvenes, provenientes de una de las universidades privadas más importantes del país, se internan en la fábrica, en aquella laberíntica masa de concreto y acero que, como escribió Gorki, succiona la fuerza y mente de quienes, después de entrar y salir de ella durante unos cuantos años, se agotan y mueren.

El choque entre dinámicas de juego que buscan de forma prioritaria divertir para transformar y un contexto estructuralmente opresivo salta a la vista cuando Ludicultura lleva su labor a la fábrica.

No es que esta asociación trabaje exclusiva o prioritariamente en el círculo obrero, pues hace actividades en diversos contextos estudiantiles o infantiles y crea una especial relación-resultado en este sector que la lucha parece haber olvidado después de la caída del bloque socialista; y en otra fibra, la del pensamiento y la creatividad, sometidas ante poderosas fuerzas y corrientes de resistencia, como son los derechos humanos o el medio ambiente.

INTERIORES  MARIPOSAS  (5)
Es la fiesta de los obreros, el día en que cada fábrica puede detener la cadena de montaje y permitir que patrones y trabajadores compartan el pan, el tamal y el atole.

Es ahí, en la fábrica, donde un 12 de diciembre, durante la fiesta de Tonantzin, el convivio de los obreros y la labor de Ludicultura coincidieron y mostraron, quizás sin buscarlo específicamente que ahí donde campa la alienación y la opresión, es dónde la esperanza puede florecer, aún en los más pequeños detalles.

Aquel 12 de diciembre

Era la fiesta de Tonantzin Guadalupe. La marcha de los peregrinos cimbra el logos espiritual de México. Es el día en que se reafirma la divinidad de la Nación, su eterno destino escrito, por el dedo del mismo Dios, en los cielos. “No hizo tal cosa en ninguna otra Nación”, pontifica el pórtico de cada iglesia erigida en honor a Tonantzin, rememorando quizás ese choque de matrices civilizatorias que dio paso al doloroso mestizaje.

Y aún así es día de fiesta. Es la fiesta de los obreros, el día en que cada fábrica puede detener la cadena de montaje y permitir que, por unas horas, patrones y trabajadores compartan el pan, el tamal y el atole. Y fue el día en que Ludicultura llegó a la Antigua Fábrica de Vidrio La Luz. De pronto, sales del círculo principal de la Ciudad de Puebla, el camino pierde el asfalto, las casas se convierten en obra negra y encuentras la vía del tren. Es la periferia. Hay esqueletos de coches donde se amontona la basura, los perros, costillas visibles, muestran los dientes a los desconocidos y restos de escombros hacen las veces de adoquín a tramos del camino que lleva a la fábrica.

Montones hechos de pedazos de vidrio se amontonan aquí y allá, rodeando la ermita de Guadalupe, adornada con globos y flores frescas; con los brazos abiertos recibe a los trabajadores de la fábrica quienes llegan y, reservados ante los extraños, se agrupan aquí y allá. Aun así, es un día diferente; todos visten sus mejores ropas y no llegan solos, van con ellos esposas, hijos, nietos y hermanas.

La fiesta, nos dicen, tendrá que esperar, pues ese día, a fin de aprovechar el asueto, los patrones les llenan la mañana de talleres, desde el uso de los tanques de oxígeno hasta salud reproductiva, pero, después la fábrica regala comida; habrá tamales, atole, mucho pan y las rifas, esos placebos con el que el patrón busca aliviar la conciencia, con los que busca liberarse, por una jornada, de lo que representa oprimir, mitigar y calmar aquello que quizás no tiene nombre en sus entrañas y que está unido a la transversalidad del capital que representa, porque una cosa es una rifa, gasto de un día, un refrigerador o una tele, que no es lo mismo a aumentar en dos o tres pesos el salario, eso es impensable.

Ludicultura entra en el bloque de los talleres; como si la sirena sonase, a las once en punto todos toman sus asientos en el salón social esperando instrucciones; en sus caras se ve la espera de que sea un taller como todos los demás, vomitar información e irnos, como todos. La instrucción es simple, nada de pupitres, ni proyector ni equipo de sonido, no vamos a estudiar; hoy vamos a vivir el Nican Mopohua jugando.

Se forman los grupos, hay señores y señoras mayores, jóvenes y adolescentes, estos últimos sin siquiera haber alcanzado la mayoría de edad. Las dinámicas no hacen sino desconcertar; ¿y esto cómo lo hacemos? ¿esto cómo se juega?, no queremos jugar, nos da pena. Sin embargo, llega el cenit de la actividad: vamos a hacer una mariposa de origami. Todos vamos a participar, y todos debemos hacer una, para, posteriormente, escribir un deseo, un miedo y un logro.

Don José tiene sesenta y cinco años; lleva treinta de los mismos trabajando el vidrio. Sus manos, me dice, son torpes para hacer lo que el joven del frente (el instructor) pide. Él, me dice, nunca ha hecho algo así en su vida, y me asegura que no puede hacerlo, que él sólo sabe manejar vidrio.

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A pesar de todo, las alas se multiplican; nacen de las manos quemadas y de los dedos inutilizados, cortados, quemados.

Otra señora, más al fondo, se paraliza de impotencia, no puede hacer la mariposa porque hace pocos días se ha quemado la mano con el vidrio; tiene uno de los dedos en carne viva, y duele, nos dice, muchísimo. Y es que el horno debe estar a más de mil grados centígrados, me dice don José, y, en ocasiones, el vidrio salpica.

Alguien más tampoco puede manejar el pequeño pedazo de papel verde pasto que tiene en las manos, uno de sus dedos hace ya tiempo que no le sirve. Y es que la contradicción trabajo/capital vive en esas manos; vive como pecado social hecho estructura y es testigo y afrenta de esa salvación, tan difícil de creer hoy, que sólo llega por medio de los oprimidos.

Los hombres del horno, que trabajan y que, quizás, creyendo en esa esperanzadora y alegre salvación o en la misma Tonantzin, subvierten una estructura en la que prima la secular resignación; subvierten como lo hizo ese joven obrero de Nazaret, creyendo en lo posible que hoy en día es desafío.

A pesar de todo, las alas se multiplican; nacen de las manos quemadas y de los dedos inutilizados, cortados innumerables veces, quemados otras tantas. Una de las trabajadoras se frustra, pues la actividad lo requiere y ella no sabe escribir. Uno de los facilitadores intenta ayudarla, pero la señora está completamente convencida: es que no puedo, no puedo, yo sólo sé manejar vidrio.

Las mariposas alzan el vuelo; se deben pegar a lo largo de toda la pared del salón de la fábrica. Don José hizo tres mariposas y me confía: voy a pegar dos, porque me llevo una, por fin tengo algo que puedo enseñarles a mis nietas, porque todo este tiempo pensé que sólo sería yo para trabajar el vidrio, y con esto veo que no. Sus ojos reflejan, ligeramente vidriosos, emoción; esa ilusión de descubrir que la vida no se agota en el horno.

Durante la primera dinámica, todo era silencio y murmullos, ahora, pegando las mariposas, hay gritos, risas; es como si nosotros, los extraños nos hubiésemos fundido con el entorno, y ellos hablan como si nosotros y los patrones no estuviéramos allí.

Un hombre mayor que don José pega una enorme mariposa verde, sus manos, encallecidas y temblorosas, ponen a volar una mariposa que dice un miedo: el jefe. Un adolescente, acompañado de su hermana, acompaña, silencioso, a don José, quien pegará sus mariposas un poco más allá, cerca de la entrada. Tiene diecisiete años y lleva seis meses trabajando en la fábrica porque no le queda de otra.

INTERIORES  MARIPOSAS  (6)
Nadie se conforma con una sola mariposa, hacen tres o cinco, y les escriben, por todas partes lo que quieren o lo que temen.

Leer más, un aumento de sueldo, ser más valiente con el jefe, rezan los deseos. La pared, antes gris y sin revocar, es ahora un mosaico multicolor, un camino de mariposas. Inunda la fábrica y parecen traer la alegría y el consuelo de Tonantzin.

No es un taller como los demás, dicen. Nadie se conforma con una sola mariposa, hacen tres o cinco, y les escriben, por todas partes lo que quieren o lo que temen, en una suerte de catarsis en la que los plumones no son suficientes y apenas alcanzan cinta y pared para pegar las figuras, papel doblado que no es vidrio, que no necesita calentarse a más de mil grados y que no requiere de diversas sustancias químicas para moldearse.

Aparecen los celulares, quieren tener constancia de lo que hicieron; se retratan delante de sus mariposas, con ellas, bajo ellas; ya han dejado de preguntarnos si pueden hacer más o escribir más, la actividad, la técnica y la pared ahora, por ese pequeño instante y bajo las narices de los patrones, allí presentes mirando, son suyas. Es el día en que la fábrica es suya, Guadalupe come con ellos, es su madre y es obrera, ese día descansan de la jornada laboral ella y ellos, es el día de fiesta que, por más que los patrones llenen de cursos y talleres, no pueden arrebatarles.

El pan y el chocolate empiezan a circular; aquél en servilletas y éste en vasos de cristal que los trabajadores han hecho. Y es que también ellos han hecho las figuras de vidrio que los patrones nos regalan para reconocer nuestra labor aquél día; y quizás es por ello que, al final, todos nos miraban como afirmando que la fábrica es más de ellos que de los patrones mismos, pues de ellos es todo lo que ahí se ha hecho, esos vasos, esos reconocimientos, esas voces y esa fiesta son por ellos; ellos viven la fábrica y se hacen acompañar de Tonantzin cuando van a soplar el vidrio, cuando se acercan al horno; y es que ella está con ellos como nunca lo estará con el patrón, porque el patrón no se quema ni pierde la movilidad de los dedos.

Las mariposas volaron entre ellos, llevaron las palabras que casi nunca se pronuncian allí, sueños y miedos, a los ojos de sus demás compañeros. Las miradas, entre trago y trago de chocolate recorrían y volvían a recorrer cada mariposa; los grupos, hasta entonces separados, se atomizaron, todos hablaban de lo que deseaban y por qué lo deseaban.

¿En qué medida Ludicultura fue determinante para ello?, no lo sé. Sin embargo, sí sé que hizo que un hombre que pensó que su vida se reducía a trabajar el vidrio se conmovió hasta las lágrimas al percatarse de que hizo algo que no pensó que pudiera hacer. Yo pensé que yo no sabía nada, me dijo don José antes de partir, pero hoy puedo enseñarles esto a mis nietos y a mis hijas, que son maestras de preescolar, y señaló con su mano hacia el corazón, donde llevaba, en la bolsa de la camisa, su mariposa.






Luis López




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