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La Constituyente Ciudadana Popular y la soberanía nacional

Diálogo Estado / Top News / 12/02/2016

SOMOSMASS99

 

Alfonso Díaz Rey*

 

En el marco del Capítulo México del Tribunal Permanente de los Pueblos se expusieron los diversos agravios que el Estado mexicano ha cometido contra el pueblo, en cuyo centro está la entrega de la soberanía nacional, por lo que en ese documento se emitieron una serie de recomendaciones a organismos internacionales y regionales, la sociedad civil internacional, medios de comunicación internacionales y a la sociedad civil mexicana; y en relación a ésta, la principal recomendación del tribunal fue «avanzar en la refundación de México”, misma que se ha convertido en el objetivo estratégico de nuestra organización: la Constituyente Ciudadana Popular (CCP).

¿En qué consiste la soberanía de una nación y cuándo se inició el proceso de su entrega en nuestro país?

Empecemos por recordar que la soberanía es una categoría histórica, por tanto, producto del proceso de desarrollo de los pueblos y de su cultura; como tal forma parte de los derechos fundamentales del hombre y de los pueblos, que son inviolables, lo que equivale a que nadie los debe impugnar y menos todavía transgredir; así, todos los pueblos tienen derecho a la libre autodeterminación, al respeto de su soberanía, a su integridad territorial y a su independencia política, económica y cultural, que por ello pasaron a ser parte de la ley suprema del país y fundamento que legitima las luchas que libró el pueblo de México contra las intervenciones extranjeras en el periodo juarista y del acto expropiatorio de sus recursos naturales en el periodo cardenista.

Sin embargo, lo ocurrido en las últimas tres décadas en la historia de nuestro país, insertas en la política neoliberal del capitalismo planetario, se ha caracterizado por la entrega del patrimonio nacional y los recursos naturales al capital monopólico, la mayor explotación a los trabajadores, el incremento de la represión contra movimientos populares, el crecimiento desmedido de la corrupción y el crimen organizado (en ocasiones en colusión con autoridades), la inseguridad generalizada en todo el territorio nacional, la acumulación exacerbada del capital en pocas manos, un raquítico crecimiento de la economía y el empleo y el empobrecimiento de la gran masa del pueblo.

Veamos lo que ha ocurrido en este periodo neoliberal:

El Estado hace de la «desviación del poder» su principal forma de actuación, en particular operando contra:

  1. La generación, reparto, ejercicio y desarrollo de las libertades individuales y colectivas.
  2. El derecho de un pueblo a existir y a su identidad nacional.
  3. El Derecho a la autodeterminación y el poder popular.
  4. La posibilidad de optar por un modelo político propio, dado que el proceso electoral se ha convertido en un simulacro de democracia y el poder legislativo, subordinado al ejecutivo y avalado por el judicial, han implementado, a espaldas del pueblo, una serie de «reformas» que pretenden legitimar a un régimen cívico-militar operando en el país como garante de la impunidad de las grandes empresas (transnacionales y locales) y sus agentes; del «remate» de las empresas estatales y sociales, incluyendo las de valor estratégico para la soberanía del país; la desregulación jurídica para incrementar la explotación de la  fuerza de trabajo y el despojo de nuestros recursos naturales que, recientemente, pretenden hacer extensivo al agua, un bien fundamental para la sobrevivencia de la población; provocando con todo ello la desarticulación social y económica del país y alterando la paz social en beneficio de la seguridad de los Estados Unidos y las transnacionales que aquí operan.

En estas últimas décadas la oligarquía mexicana y otros sectores de la gran burguesía, acabaron de transnacionalizarse, completando así su función subordinada a las corporaciones monopólicas extranjeras.

Estos sectores, tradicionalmente conservadores, se han convertido en la base de la ocupación interior que el imperio sustenta a través de distintos mecanismos, acuerdos y tratados concertados a espaldas del pueblo, como es el caso del plan Mérida y, por tanto, violatorios de la soberanía nacional.

El estado de guerra, miedo, terror y violencia permanente, disfrazado de combate a la delincuencia, tiene sus principales víctimas dentro de la sociedad civil como es el caso de Ayotzinapa y Tlatlaya y de los cientos de miles de víctimas por daños colaterales que han sido asesinados, desaparecidos y desplazados, que van de la mano de las fábricas de subjetividades de los medios de desinformación de Televisa, TV Azteca, buena parte de la prensa ”libre” y, en algunos casos, de escuelas y aun iglesias que distorsionan el ver y el sentir de pueblo.

Sólo quién no depende del arbitrio de otro para garantizar su subsistencia, puede considerarse verdaderamente independiente, soberano. Por eso más allá de la retórica de las Naciones Unidas sobre el colonialismo como un fenómeno del pasado, denunciamos que en México se vive una nueva forma de colonialismo, misma que pone como centro de las afectaciones no sólo a las generaciones presentes sino sobre todo a las generaciones futuras del país.

El capitalismo vive hoy una de sus crisis más profundas, con proyecciones económicas, políticas, ideológicas, ambientales y éticas que, como ha sido en el pasado, tratará de descargar sus más adversas consecuencias sobre los pueblos del planeta; pero si comprendemos que la batalla contra el imperialismo no tiene alcance meramente nacional sino internacional e internacionalista que reclama la acción conjunta  de los pueblos, si nos decidimos a luchar resueltamente hasta la victoria y si por encima de nuestras discrepancias somos capaces de unirnos, de cerrar filas ante el enemigo común y de convertir lo mejor de nuestra energía en acción, estamos seguros de que lograremos vencer y refundar nuestro México.

* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular en Salamanca, Guanajuato.






Luis López




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