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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Miércoles 23 de marzo de 2016
El capital social es la acumulación de recursos potenciales ligados a la posesión de una red duradera de relaciones
Pierre Bourdieu
Los seres humanos nacimos y nos desarrollamos en grupos. Primero vivimos en ellos y después los introyectamos, los integramos a nuestro aparato mental para que vivan en nosotros como átomos sociales que conforman nuestra masa existencial.
Con el tiempo algunas personas significativas se van de nuestra vida: porque se mueren, porque se cambian de ciudad, porque se alejan, simplemente, por vicisitudes de la vida; no obstante, siguen viviendo en nuestro recuerdo, ocupando un espacio en nuestro corazón.
Y, de vez en cuando, hacemos el recuento de personas, instituciones y figuras importantes en nuestra vida, recuento de pérdidas y duelos, de proyectos en curso y proyectos truncados. Revisamos nuestros vínculos, cuáles se mantienen fuertes y cuáles fracturados. Hacemos una evaluación de nuestras relaciones amorosas, ambivalentes y conflictivas. Identificamos los roles sociales, familiares y laborales que jugamos: los asignados, los asumidos (con gusto o a regañadientes), los asignados y no asumidos, los asumidos sin haber sido asignado.
En dicho recuento hacemos conciencia del lugar actual que ocupan los otros en mí y el lugar que deseamos ocupen. Entonces tomamos el teléfono y llamamos al que sentíamos muy lejos, o tomamos la decisión de tomarle más distancia a un familiar o a un amigo que nos asfixia con su excesiva cercanía.
El hecho es que no podemos crecer solos. Somos animales gregarios. Nacimos y nos hacemos humanos en grupo. Y a mayor acumulación de recursos potenciales ligados a la posesión de una red duradera de relaciones, mayor riqueza interna, armonía, seguridad, paz, solidaridad. Es decir, mayor potencial para la salud, para la creatividad, para la ciudadanía.
Nuestra fortaleza está basada en la calidad de los vínculos humanos que poseemos. Y cuando no estamos suficientemente vinculados nos tornamos hoscos, tristes, pobres.
Por eso duele la pérdida de un miembro de nuestra red. Porque con cada pérdida, un hilo se cae, fragilizando nuestro sostén emocional.
Pero la muerte es parte de la vida. Cosa que aprendemos realmente cuando nos toca de cerca: un familiar, un amigo, un compañero cercano.
Cuando ocurren, las pérdidas nos exigen reacomodos y movimientos en nuestra personalidad, en nuestra subjetividad, en nuestra manera de ver la vida, en la manera de vivirla.
Una colega dice que poco a poco la vida nos enseña que ante los cambios y duelos hay un nuevo renacer donde hoy podemos saber y sentir que aquellas personas que algún día estuvieron con nosotros, son y serán siempre parte de nuestra respectiva vida y nos acompañarán teniendo ese lugar especial en nuestro corazón, en donde hoy también existe un espacio a lo nuevo que está por venir, basta, creo yo, con hacer los reacomodos internos correspondientes.
La muerte no avisa. La vida puede detenerse en cualquier momento. Por lo que, de acuerdo al psicoanalista, Eugène Enriquez, familiarizarnos con la muerte y meditar sobre la finitud de la vida, nos posibilita acceder al orden de lo viviente: ser creador sin ser paranoico, transgresor sin convertirse en perverso, apasionado sin impulso histérico, animado por una idea fija sin caer en la neurosis obsesiva, con un ideal sin tener necesidad de un ídolo, encantado por las ilusiones pero no capturado por ellas.
Ser conscientes de la finitud de la vida sostenidos por en una red social y familiar suficiente, es básico para una vida plena.
Los seres humanos vivimos en un tejido relacional donde respiramos y al que hacemos vivir. Por eso debemos cuidarlo, cultivarlo, fortalecerlo. Porque sin él no somos.
* Psicólogo / [email protected]
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