SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Miércoles 25 de mayo de 2016
El conductor estelar de Televisa, Joaquín López Dóriga, anunció el lunes por la noche en su noticiero nocturno, que ya se va, que después de 16 años de aparecer en la pantalla chica de los televidentes mexicanos, es tiempo de irse a cristalizar otros proyectos en la misma televisora.
Dentro del medio, sus allegados le dicen “el teacher” y el teacher tuvo a su vez como maestro y jefe al ya fallecido Jacobo Zabludovsky. Esa fue y es su escuela, vocero del oficialismo y empleado de una empresa que ha promovido por décadas el atraso cultural de este país.
Supongo que el sobrenombre docente que le atribuyen, se debe a que se le reconoce el buen oficio reporteril y su olfato para detectar donde se encuentra la noticia y difundirla con oportunidad, supongo que su labor también ha sido escuela para muchos reporteros de Televisa que lo admiran y lo idolatran.
Las virtudes en su trabajo no le han faltado, ha realizado labores periodísticas que van desde el haber hecho cobertura en guerras como Vietnam e Irak, cubrir el golpe de Estado al presidente chileno Salvador Allende, la muerte de Francisco Franco, sin olvidar sus entrevistas a presidentes de diversos países y escritores de prestigio internacional.
De eso se debiera hablar sobre un periodista, pero a López Dóriga se le nubla la propia historia profesional porque siempre será recordado por ser una voz cercana a los intereses del poder político y los del monopolio televisivo para el que ha trabajado buena parte de su vida profesional.
Y ser parte de esa historia acarrea otro tipo de memoria que el futuro le tiene preparado al periodista. Apenas unos minutos después de que el comunicador había anunciado su retiro de la pantalla para el próximo mes de agosto, Milenio, el diario para el que escribe una columna, le hizo un flaco favor al publicar los “momentos más emblemáticos en El Noticiero”.
Ahí, el diario recuerda la participación de López Dóriga en aquel penoso espectáculo del Ice Bucket Challenge, una entrevista con un cantante de bajos niveles como Cristian Castro, sus exabruptos en una ocasión en que no le avisaron que estaba al aire y el desliz idiomático que tuvo con el actor Anthony Hopkins a quien le quiso preguntar en inglés porqué su nueva película se llamaba El Rito y su ya famosa pronunciación, “Juay de rito”, se convirtió en viral en apenas unas cuantas horas.
El escritor peruano, Mario Vargas Llosa, ya lo había advertido en su ensayo La civilización del espectáculo: los espectadores “no tienen memoria, son crueles y sin remordimientos” y López Dóriga le abona a esa crueldad con sus propios comentarios en las redes sociales.
Con uno de sus más recientes comentario en Twitter, el periodista se arrastra más aún a ser recordado no como un periodista serio, sí como el mensajero mayor de sus jefes en Televisa en su pleito eterno contra Carlos Slim:
“Ganó al que le convenía al «consorcio» y sus cronistas no dicen nada. Casi todo México es territorio Telcel”. Se refería a la semifinal del fútbol mexicano entre León y Pachuca, equipos en donde el dueño de Telmex es accionista. Los cibernautas, claro está, le tundieron. “El burro hablando de orejas”.
Y la demanda que la empresaria María Asunción Aramburuzabala interpuso en contra de la esposa del conductor por extorsión de cinco millones de dólares y la amenaza que López Dóriga le lanzó al decirle que “sabría lo que es tener el rigor de todos los medios sobre ella”, según reportaron varios medios de comunicación.
¿Cómo es que será recordado Joaquín López Dóriga al final de su vida, de su carrera? No habrá memoria que lo dignifique, habrá de ser víctima de sus propios deslices comunicativos y su cercanía con los intereses que representan poco o nada a un periodismo que se precie de ser serio y responsable.
“Juay de rito”, Joaquín, “Juay de rito”.
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