SOMOSMASS99
David Bacon* / SomosMass99
McFarland, CA. / Martes 7 de junio de 2016
Con playeras rojas, los trabajadores hacen fila para ir a votar. A veces ellos se llaman a sí mismos chapulines. Una broma entre los oaxaqueños.
Los chapulines son pequeños insectos parecidos a los saltamontes. Cuando están tostados con limón y ajo son un manjar, parte importante de la cultura indígena de Oaxaca, como el mezcal o las grandes tortillas llamadas tlayudas.
Uno de los trabajadores, de pie al borde de un campo de arándanos en el Valle de San Joaquín, se rió del nombre. «Somos personas muy humildes, como los chapulines, y hay muchos de nosotros que estamos todos amontonados en un plato». Otra razón por la que le gusta la similitud es el color -un plato de chapulines es de color marrón rojizo-. Apuntando hacia la línea de los trabajadores, hace un gesto: «Mira todas las camisetas».
Cientos de trabajadores se habían formado en dos largas filas antes del amanecer, listos para votar en una elección sindical la mañana del sábado (último de abril). Así que muchos llevaban playeras rojas con el águila negra de la Unión de Trabajadores Agrícolas, tantos que las pocas personas que no las portaban se hacían notar.
A medida que el sol salía, las líneas se movían lentamente hacia las urnas, y los trabajadores comenzaron a votar. A las once habían terminado.
Los recolectores de arándanos, con sus playeras rojas, salieron de las filas de arbustos, y luego se reunieron en un semicírculo para ver a un agente de la Junta de Relaciones Laborales Agrícolas hacer el recuento.
Tal como lo anunció: 347 contra 68 a favor de la unión, y los aplausos comenzaron. Los chapulines habían ganado.
Los jornaleros bromean acerca de su identidad indígena, pero una realidad menos agradable es la que los llevó a organizar un sindicato.
“La mayoría de las personas que trabajan aquí vienen de Oaxaca -mixtecos y zapotecos-”, explica Paulino Morelos, que viene de Putla. Como muchos de los 165 mil indígenas mexicanos migrantes en los campos de cultivo de California, un gran porcentaje no habla bien el español.
“El capataz los humilla”, dice. “Se burla de ellos y dice que trabajan como tortugas. Incluso si alguien es lento, estamos trabajando a destajo, no por hora, así que sólo se les paga por el trabajo que realizan. Pero siempre los presionan para trabajar más rápido. Carmela, otra capataz, dice que “los oaxacos no son buenos». «Oaxaco» y «oaxaquito» son términos despectivos para los indígenas de Oaxaca, que Morelos dice que escucha mucho.
El conflicto sobre el pago por pieza condujo a la rebelión de los trabajadores. En abril, al inicio de la temporada de pizca de arándanos, la compañía pagaba a los jornaleros 95 centavos la libra. A mediados de mayo el precio había caído a 70 centavos, luego a 65. Finalmente, el lunes 16 de mayo, la compañía anunció que había caído otra vez, ahora a 60 centavos. Los trabajadores se negaron a recolectar y llamaron a la empresa para que cambiara su decisión.
El propietario de la finca, The Klein Management Company, produce cajas de concha de arándanos que se venden bajo la marca Gourmet Trading Company. Al igual que la mayoría de los grandes productores, no emplea trabajadores directamente. En su lugar utiliza a un contratista, en este caso a Rigoberto Solorio.
En una dramática confrontación filmada por los trabajadores con sus teléfonos celulares, Solorio le dijo a la multitud a la orilla del sembradío: “Lo que puedo decir es esto, chicos: ‘No podemos subir el precio. Logramos lo que pudimos. No vamos a subirlo. Si quieren quedarse, quédense’”. Luego fue interrumpido por gritos de “¡vámonos!, ¡vámonos!”.
Del otro lado, Morelos cuenta: “Carmela nos dijo: ‘Si no quieren trabajar, sálganse’. Vi los coches abandonar el campo, entonces le dije: ‘Nosotros también nos vamos’. Otro capataz dijo: ‘Puede llevarse a la gente, pero no vuelva’. De todos modos nos fuimos”.
La huelga estaba en marcha.
Los huelguistas acudieron a la oficina local de la UFW y, a la mañana siguiente, los organizadores del sindicato se reunieron con todos los trabajadores que se habían congregado a la orilla del campo de cultivo. Un grupo se dirigió a las oficinas del Consejo de Relaciones del Trabajo Agrícola, que en California administra la Ley del Trabajo Agrícola. Pidieron la elección de una representación sindical dentro de las 48 horas siguientes, lo que la ley establece en caso de huelga.
Agentes del Consejo acudieron al campo y realizaron un conteo del número de huelguistas. Determinaron que 424 de los empleados de la compañía estaban involucrados -mucho más que la mayoría requerida-. Después de más discusiones, la elección fue fijada para el sábado siguiente. Mientras tanto, los trabajadores volvieron al trabajo.
Jessica Ruiz, quien lideró al primer grupo de jornaleros que abandonó los campos de cultivo, dice: “También tuvimos el problema de que bajaron el precio después de que regresamos al trabajo. No supimos siquiera cuál era, sólo nos prometieron que al final del día nos dirían”.
Si bien la causa inmediata de la huelga era la disminución del precio unitario, los trabajadores también tenían otras quejas. Ruiz dice que el recorte salarial le habría significado más de 50 dólares a la semana, a partir de un promedio de 700 por cheque de pago. Y para conseguir ese cheque, ella y sus compañeros debían trabajar siete días a la semana.
“Ni siquiera nos dejaron tomar el Día de la Madre”, dice. “Mi hijo tiene sólo seis meses de edad y este fue mi primer día de las madres. Me dijeron que si no trabajaba el domingo no podía venir el lunes”.
A pesar de una reciente decisión judicial que ordena que incluso a los trabajadores por destajo se les deben pagar los descansos, el primer día que se les remuneró en los campos Klein fue el de la jornada de la elección sindical. Ruiz y Morelos, además, se quejaron del agua proporcionada por la empresa. Morelos dice que sabía como a detergente, mientras que Ruiz comentó: “El agua sabe como a petróleo».
La huelga y la campaña sindical en Klein Management son parte de un movimiento aún mayor entre los indígenas de México que laboran como jornaleros agrícolas, y que se está extendiendo por toda la costa del Pacífico. Durante los últimos tres años, los paros de triquis y mixtecos que se dedican a la pizca de arándanos han llegado a las Granjas Sakuma en Burlington, Washington. Los jornaleros organizaron un sindicato independiente, Familias Unidas por la Justicia, y lanzaron un boicot contra Driscoll’s, el distribuidor de arándanos más grande del mundo.
En el Valle de San Quintín, en Baja California, México, hace un año miles de jornaleros agrícolas que recolectan fresas y arándanos se manifestaron durante tres semanas y también se organizaron en un sindicato independiente. Se unieron al boicot a Driscoll’s, que también distribuye las bayas del mayor productor de la zona, BerryMex.
Los indígenas mexicanos son la primera fuerza laboral a lo largo de la costa del Pacífico. Provienen de varias docenas de ciudades de Oaxaca y partes de Puebla, Chiapas y Michoacán. Los trabajadores tienen hermanos, hermanas, tíos, tías, padres y niños trabajando en los valles agrícolas a lo largo de la costa. Tantas personas de Oaxaca han llegado a California que su sobrenombre para este estado es Oaxacalifornia.
Por tanto, las noticias sobre el conflicto en la zona se propagaron a otras. Cuando los trabajadores de Baja California se declararon en huelga, Rosalía Martínez, recolectora de chícharos de Greenfield en el Valle Salinas, California, dijo que se enteró a través de Facebook. “Trabajé allí varios años en la pizca de tomates. Estamos de acuerdo con lo que hicieron. Venimos de los mismos pueblos. Somos indígenas y tenemos que hacer lo que sea por seguir dándoles de comer a nuestros hijos, sin importar lo que paguen. Pero si no trabajamos y no hay cosecha, tampoco hay nada para los productores”.
Para irse a la huelga, los jornaleros de Klein Management no se inspiraron en las que hayan ocurrido en otros lugares, sino en las brutales condiciones económicas que deben enfrentar como jornaleros indígenas en California. De todos los trabajadores agrícolas del estado, los indígenas, porque han llegado recientemente, son a los que menos se les paga. De acuerdo con el estudio Trabajadores Agrícolas Indígenas, realizado por el demógrafo Rick Mines, el ingreso familiar promedio en 2008 fue de 13.750 dólare por familia y 22.500 para una familia mestiza (no indígena). Ninguno de los dos es un salario digno, pero la diferencia refleja la discriminación estructural contra los indígenas.
Mines descubrió que un tercio de los trabajadores indígenas que pudo consultar ganaba más del salario mínimo, otro tercio percibía exactamente el mínimo y un tercio más tenía ingresos por debajo del mínimo, que representa un salario ilegal. Los bajos salarios, a su vez, tienen un efecto dramático en las condiciones de vida. La mayoría de las familias indígenas viven en estrechos departamentos, en habitaciones de moteles, garages y remolques. En algunos valles viven en chozas, tiendas de campaña o incluso debajo de los árboles y en los propios campos de cultivo.
Al igual que los activistas de la UFW que apoyan a los trabajadores de McFarland, Aquiles Hernández comparte la experiencia del migrante oaxaqueño. Su familia emigró de Santa María Tindu y desde niño trabajó en los campos de caña en Veracruz. Más tarde se convirtió en profesor en la Ciudad de México y perteneció al ala izquierda del sindicato de maestros, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
“Tuvimos un plantón afuera de la Secretaría de Educación”, recuerda. “Tres de nosotros fuimos despedidos -nos quitaron las clases porque éramos activos en las protestas- y estuve en la cárcel durante 72 días”.
Concepción García, migrante mixteca de Coatecas, Oaxaca, fue enviada a la UFW cuando empezó la huelga en McFarland. Entiende la presión que había sobre los huelguistas porque ella experimentó la misma historia. «Trabajé en Sinaloa cuando era un niña, pues empecé cuando apenas tenía nueve años de edad», recuerda. «He visto un montón de niños en los campos, mucha necesidad y sufrimiento. Así que me encanta enseñarle a nuestra gente sobre sus derechos. No estamos en México ahora, ya no vivimos esos tiempos.
“He visto demasiadas humillaciones y discriminación contra los indígenas”, añade. “Toda mi familia trabaja en los campos de Madera y he visto mucha injusticia. La gente te agrede y tienes que ir a trabajar de todos modos. Si no tienes papeles, el capataz amenaza con despedirte si no haces lo que él quiere”.
García ha trabajado durante dos años para la compañía Pacific Tripe E, una de las grandes productoras de tomate. Debido a que hay un contrato con la empresa, ella puede tomarse un permiso para ir a trabajar en una campaña sindical. Es el caso de otros activistas enviados a McFarland.
Édgar Urías es el secretario general del comité sindical en los campos de cultivo de zetas (hongos) en Gilroy, organización que ayudó a formar en 2011. Juan Mauricio, a su vez, ha trabajado con su esposa en los campos de fresa del Corporativo Dole desde el 2005. “Por el mismo trabajo que realizo”, dice, “aquí las jornaleras ganan mucho menos”.
El sábado previo a la elección, el vicepresidente de la UFW, Armando Elenes, dijo en el Bakersfield Californian: “Si ellos votan por sindicalizarse, de inmediato abordaremos el tema de los salarios. Entonces, probablemente, fuera de temporada negociaremos un nuevo contrato”. En un comunicado el primer día de huelga, la empresa previó que solamente quedarían tres semanas de pizca.
La mayoría en la elección sindical podría convencer a la compañía para negociar. pero But Klein, propietario de Klein Management, declaró al reportero de California Louis Henry: “El mercado es el mercado. Es lo que establece los precios. Incluso si hay un contrato sindical y negociamos un precio, es lo mismo. El mercado es el mercado”.
Sin embargo, el sindicato posee una herramienta que puede llevar a negociaciones más fructíferas. En California la ley ordena que si el sindicato y la empresa no se ponen de acuerdo, los sindicalistas pueden llamar a un mediador. Esa persona sopesa las propuestas de cada una de las partes y entonces realiza una propuesta de acuerdo. Y si el Consejo de Relaciones del Trabajo Agrícola lo ratifica, entonces el informe del mediador se convierte en contrato sindical.
Esa medida fue agregada en la reforma de la Ley de Relaciones Laborales Agrícolas de 2002. Esa ley data en sí desde 1975. La mediación obligatoria, no obstante, fue impugnada por uno de los más grandes productores de California, Garawan Farms, y el caso está ahora en el Tribunal Supremo del Estado.
Días antes de la elección Klein Management contrató a un asesor laboral, el conocido antisindicalista Tony Raimundo, quien fue acusado de comportamiento poco ético en el caso de Gerawan Farms. Con todo, Klein declaró: “La compañía está orgullosa de proveer buenos empleos y bien remunerados cada temporada”.
Quien responde es Jessica Ruiz: “Trabajamos en pleno sol todos los días y trabajamos duro. No tengo problema con el trabajo, en absoluto. Mi problema es con las cosas que ellos nos hacen. He esperado mucho tiempo por esto. Estoy muy orgullosa de mi pueblo y de lo que hemos hecho. Cuando saqué a la gente (del campo de cultivo) uno de los dueños me dijo que me enviaría a la cárcel. Pero ellos no van a pararnos”.
* David Bacon es un escritor y fotógrafo documentalista de California, EE.UU. Ex dirigente sindical, ahora se dedica a documentar temas laborales, de la economía global, la guerra, la migración y la lucha por los derechos humanos. En Oaxaca ha ofrecido charlas sobre migración e investigado la movilidad humana desde ese estado hacia los Estados Unidos. Su último libro, El derecho a quedarse en casa (Beacon Press, 2013), discute alternativas a la migración forzada y la criminalización de los migrantes.
Traducción SomosMass99





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