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Beneficios de los videojuegos

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 09/06/2016

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©Gaudencio Rodríguez Juárez

Jueves 9 de junio de 2016

 

Muchos padres contemporáneos manifiestan cierta antipatía por los videojuegos, antipatía que choca con el entusiasmo que muestran sus respectivos hijos —más que las hijas— al jugar con estos.

Los padres de hoy somos una generación coyuntural. Simpatizamos con los juguetes con que crecimos, es decir, más tradicionales que electrónicos: pelotas, muñecas, carritos, juegos de té, canicas…; y aun cuando ya existían los videojuegos, su acceso no era tan fácil, no había uno en cada casa, sino que las “maquinitas” en los salones recreativos o en los estanquillos eran la posibilidad para quienes tenían suficientes monedas.

Nuestros hijos, en cambio, crecieron teledirigidos, expuestos a las pantallas: primero la televisión, después los videojuegos, enseguida la computadora, tabletas, iPhone… y con ello el acceso a las redes sociales.

A nosotros los videojuegos y las redes sociales nos agarraron a medio camino, a ellos desde el comienzo, razón por la cual dan la impresión de traer un chip integrado para el manejo de los aparatos electrónicos en general (la verdad es que no traen tal chip, sino sólo la curiosidad para la exploración propia del ser humano que se une al poder estimulante de las pantallas: muchos colores, mucho movimiento, mucho ruido, muchos estímulos, pues); mientras que para nosotros resultaron algo desconocido al llegar más tarde a nuestras vidas.

Y, precisamente, es el miedo a lo desconocido lo que genera la antipatía, ansiedad, suspicacia, miedo. De ahí nuestros cuestionamientos: ¿los videojuegos son buenos o malos? ¿Qué le hacen a las mentes de nuestros hijos? ¿Los vuelve torpes, violentos, aislados, insensibles, enajenados, apáticos…? Al verlos tan entusiasmados, casi hipnotizados ante la pantalla, nos preguntamos si eso está bien.

Aunque las consecuencias a largo plazo de tales prácticas aún se investigan, algo ha quedado claro: los videojuegos no son buenos ni malos per se. Es el uso el que determina el resultado. Utilizados de forma adecuada aportan importantes beneficios al desarrollo infantil.

¿Qué es un uso adecuado? Jugar por periodos cortos no antes de los dos o tres años de edad (cuatro o cinco horas a la semana sugieren los expertos para niños de edad escolar en adelante) y supervisados, con los juegos recomendados para la edad que indican las especificaciones que trae el empaque, evitando los que tienen temas de violencia y optando por juegos instructivos, de preferencia jugando en grupo —y de vez en cuando con los papás involucrados para que estos enseñen y modelen la resolución de situaciones, la respuesta adecuada a la frustración cuando pierden o cuando no consiguen un punto o superar un nivel…—, tomándolo como una de las múltiples posibilidades en cuanto a tipo de juego y no la única.

Siendo así, ¿cuáles son sus beneficios? Los siguientes son algunos de ellos: adquisición de habilidades motoras, de lenguaje y cognitivas del tipo atención, concentración, memoria, causa-efecto, deducción; estimulación de los sentidos, así como capacidad de razonamiento y discernimiento entre dos cosas o situaciones, reconocimiento de formas y colores. Claro que lo mismos beneficios se obtienen de otro tipo de juegos, por ejemplo, los de mesa.

He notado que cuando los niños cuentan con otras modalidades alternativas al videojuego, terminan por regular, ellos mismos, el tiempo y el tipo de juego: después de unos minutos de videojuego se desconectan espontáneamente de éste para ir a la búsqueda de sus amigos y cambiar de actividad.

Un problema contemporáneo tal vez sea que no estamos construyendo ciudades, rutinas, dinámicas y ocasiones para que los niños y las niñas tengan suficientes alternativas: las rutinas cotidianas y las dinámicas laborales nos alejan de ellos, lo mismo que el cansancio y el estrés, por lo que la convivencia y el juego familiar no es una opción suficiente; en las grandes ciudades no hay espacios adecuados ni seguros para que jueguen libremente, entonces se recluyen en las pantallas; debido a la cuestión demográfica no siempre hay más niños en el vecindario para jugar en grupo de manera espontánea (o sí hay, pero todos se encuentran en sus respectivos talleres o cursos extraescolares a los que se les inscribe para dotarlos de más habilidades, me dijo atinadamente una mamá). Ante este tipo de limitaciones a muchos niños y niñas no les queda más que conectarse en exceso a los videojuegos. Y es el exceso el factor de riesgo, no el videojuego.

Psicólogo / [email protected]






Luis López




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