SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 7 de julio de 2016
En el acto del perdón participan dos: ofensor y ofendido. Y en la vida nos toca jugar ambos roles.
En ocasiones tengo la impresión de que nuestra sociedad enfatiza el ejercicio del perdón más que el de la justicia; exige más al ofendido que al ofensor: para el primero existen infinidad de sugerencias: “Perdónalo, no sabía lo que hacía”, “Te maltrataba porque era ignorante”, “Perdona para que vivas en paz”… Y pocas consignas suele haber para el segundo más allá de: “Pide disculpas”.
Creo que sirve de muy poco pedir disculpas o perdón, solamente. Pero eso es lo que más se sigue enseñando en nuestra cultura.
Cuando un niño agrede a otro y a sus padres sólo se les ocurre exigirle que pida perdón, se instala el riesgo de la impunidad: he visto con cierta frecuencia que en estos casos lo que suele suceder es que en las siguientes ofensas el niño sólo se limita a pedir disculpas, y cada vez con mayor ligereza y sin ir más allá, sin siquiera hacerse el propósito de no repetir el acto. Años más tarde hasta se disculpa por anticipado, convirtiéndose en una de esas personas que antes de pisar pidén perdón en lugar de fijarse por dónde camina.
Es por eso que deberíamos enseñar a los niños y a las niñas a evitar dañar al prójimo en lugar de andar disculpándose sin ton ni son, y, si por equivocación o incompetencia lastiman a alguien, entonces acostumbrémosles a reparar la falta, a resarcir el daño, en lugar de sólo excusarse.
También es importante enseñarlos a respetar sus propios sentimientos cuando les toca ser ofendidos porque, dicho sea de paso, obligarlos a que perdonen como exigencia moral no garantiza buen resultado. ¿Por qué? Porque forzar el perdón no hace ningún bien al agredido, sólo absuelve al agresor.
Por eso el perdón no es algo que deba exigirse ni forzarse para que ocurra. Sucede que este sólo puede emerger como resultado de un proceso vivencial que implica la vivencia de un arrebato de múltiples sentimientos derivados de la ofensa (frustración, odio, tristeza, desilusión…) para que después deje de ser algo importante, y cada persona tiene su ritmo.
De ahí que el perdón debe nacer de la persona agredida ―en el momento en que esté en condiciones de hacerlo― y no de la solicitud de quien agrede. A la primera le robaron la calma, es la que necesita el bienestar. La segunda trastocó la vida de otro ser humano; encontrar la calma pidiendo perdón, solamente, es una manera pasiva, poco comprometida y hasta convenenciera, porque está más en función de sí mismo que en función de la persona a la que ofendió.
Al respecto decía Nietzsche, “es más agradable ofender y pedir perdón después, que ser ofendido y conceder el perdón. El que hace lo primero manifiesta una prueba de su poder, primero, y después, de su bondad de carácter. El otro, si no quiere pasar por inhumano, está obligado a perdonar…”
Por lo anterior, es preferible que el agresor en lugar de pedir indulgencia reconozca su falta y la comunique al agredido para que éste pueda darle un sentido a su experiencia dolorosa; posteriormente el ofensor debería resarcir el daño provocado. Esto es más justo y útil para ambos.
No hagamos del perdón, pues, una práctica banal, tampoco una trampa. No tergiversemos su sentido. Responsabilicemos del daño provocado al ofensor en lugar de apelar al “borrón y cuenta nueva”, instrumento de fragilización del ofendido.
El “perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” ya está instalado en el colectivo imaginario, ahora trabajemos en la instalación del “me responsabilizo de mis agravios, me hago cargo del perjuicio y lo reparo”. Tomemos en nuestras manos los asuntos humanos: si afectamos al prójimo, contribuyamos a que recupere la paz con actos concretos.
* Psicólogo / [email protected]
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