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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 18 de agosto de 2016
En las casas hogar de nuestro país crecen miles de niños, niñas y adolescentes debido a que no cuentan con una familia estable o funcional. Durante su permanencia sus necesidades fisiológicas y de seguridad pueden ser cubiertas de manera suficiente: vestido, alimentación, descanso, salud y todas aquellas cosas necesarias para garantizar su sobrevivencia.
Lo que las instituciones no pueden cubrir adecuadamente son las necesidades de afiliación, de reconocimiento, de autorrealización. Es decir, aquellas más elevadas en la escala de las necesidades humanas; me refiero al afecto, la intimidad, el autorreconocimiento, la confianza, la seguridad, el éxito, la resolución de problemas complejos, la trascendencia.
Y no es que el personal de las instituciones no quiera dotarlos de ello. Lo que sucede es que el niño requiere, para su sano desarrollo, del acompañamiento personalizado de unos padres, tutores o guías que puedan caminar a su lado tejiendo un vínculo a través del cual transmitirle mensajes positivos que lo fortalezcan y le enseñen las habilidades necesarias para la vida. En un albergue tal cosa es imposible, son muchos niños para pocos adultos.
Por eso es una tragedia que ahí vivan jóvenes que hoy están cumpliendo su mayoría de edad, y que llegaron siendo unos bebés o infantes. Cada que conozco a uno de ellos me pregunto por qué nadie gestionó una opción familiar para él, por qué si lo internaron siendo tan pequeño no tuvo la oportunidad de una adopción, por qué aun ahora siendo adolescente no puede tener una familia que lo acoja, una familia que le permita experimentar relaciones humanas más estrechas.
Desafortunadamente nuestra idiosincrasia sigue considerando el internamiento de niños y niñas como un fin último, se sigue creyendo que la intervención con un niño en situación de maltrato, abandono o pobreza termina llevándolo a una casa hogar, olvidando que la Convención sobre los Derechos del Niño habla del derecho a vivir en una familia y no en una institución, olvidando que la Convención es ley en nuestro país.
Se pierde de vista que un niño en una institución es un niño encerrado entre cuatro paredes. Encierro que termina por excluirlo de la sociedad. Exclusión que resulta peligrosa porque lo convierte en un ser invisible, inexistente.
Sí, los niños encerrados no existen para la sociedad. ¿Acaso alguien sabe con precisión cuántos hay en nuestro país? No, nadie sabe. Sólo existen vagas y conservadoras aproximaciones derivadas de la recomendación de investigarlo que la ONU le hizo a nuestro país hace siete años.
Los niños encerrados no existen como sujetos de derecho. Acaso existen como un grupo con quien se puede practicar la caridad.
Muchos niños fueron encerrados originalmente para protegerlos de los abusos de sus padres. Con tal medida las autoridades les garantizaron el derecho a una vida libre de violencia, pero al abandonar sus casos terminaron violando otros de sus derechos, por ejemplo, a la convivencia familiar y comunitaria, a la participación, a la no discriminación, a la justicia, a la igualdad.
De acuerdo a las recomendaciones de organismos internacionales, se debe procurar que el cuidado residencial de un niño sea breve y que finalmente vuelva a un entorno familiar (al de origen si esto es benéfico para él o a otro en caso de que no lo sea); y en caso de que la alternativa definitiva sea la vida en la institución, se debe trazar, junto con él, un proyecto de vida que lo fortalezca.
Sin embargo, en nuestro país existen muchos niños encerrados de manera prolongada, injustificada o hasta innecesaria. ¿Por qué esta situación? Hace más de medio siglo un funcionario inglés concluyó que un caso de estancia prolongada por lo general es un caso de estancia breve que ha sido mal manejado.
Los niños encerrados de manera prolongada e injustificada existen, pues, porque sus asuntos han sido mal manejados. La pregunta es: ¿Quién se responsabiliza por estos malos manejos?
Dicha situación permanece en la oscuridad, en la invisibilidad. De ella sólo nos enteramos quienes convivimos con estos niños y adolescentes, o sea, unos cuantos. El resto de la sociedad no se entera de su existencia. Y este es, precisamente, uno de los principales peligros del encierro.
* Psicólogo / [email protected]
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