Breaking

David Foster Wallace y la paradoja de la felicidad

Diálogo Estado / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 05/10/2016

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz

Miércoles 5 de octubre de 2016

 

La gran tragedia del ser humano es buscar la felicidad y pensarla como tal en los términos en que Aristóteles justamente cuestionaba dicha búsqueda de la buena vida: los placeres, los honores y el lucro.

El filósofo de la antigua Grecia argumentaba que tales elementos no podían ser factores de la felicidad en tanto que no pueden ser considerados bienes supremos con autosuficiencia porque tal característica, decía Aristóteles, sólo puede ser alcanzada por las personas virtuosas y dichas personas son entonces las únicas capaces de alcanzar la felicidad o la buena vida.

Es entonces este sempiterno discernimiento entre “el ser” y “el tener”: ¿cuál es esencialmente la condición primera para ser feliz? El mundo ligero (Gilles Lipovetsky) y el mundo líquido (Zygmunt Bauman), han aprisionado al ser humano en la garras del consumo, de lo inmediato, de lo light y le han hecho creer que “el tener” es el mandamiento exacto de la felicidad.

David Foster Wallace lo sabía, el escritor norteamericano fue un duro crítico de la era que habitamos y padecemos. David sufría depresión, no era feliz. Un 12 de septiembre de 2008, a los 46 años de edad, sucumbió a los demonios de su mente. Se colgó en el garage de su casa y puso fin a su vida que en el aspecto del tener, muchas personas habrían confundido con el estado ideal de la felicidad y el germen de la envidia por lo que Foster Wallace tenía en su momento.

David nos dio con su suicidio una bofetada monumental que parece decirnos: “no es así, estúpida humanidad, no es así”.

David Foster Wallace tenía y mucho para ser considerado un hombre al que no le faltaba nada y sí le sobraba para dar a manos llenas: era considerado “el escritor más grande y genial de su generación”, con La broma infinita, el joven escritor estadounidense alcanzó la cúspide de aquello que suele llamarse una obra maestra de las letras, una obra que hoy es considerada obra de culto para todos los seguidores fieles del atormentado artista (entre los cuales me cuento).

Reconocido como un escritor de esos que las generaciones de cualquier época sólo dan a cuenta gotas con la magnitud de calidad que sólo Foster Wallace mostraba, no fue sin embargo  suficiente para decirle al escritor que a sus 46 años, iba rumbo a la gloria de las letras y la culminación en su futuro quizá con un Premio Nobel.

David no pudo más, él sabía que Aristóteles tenía razón, sus logros, sus honores, no fueron autosuficientes, no se sentía entonces un virtuoso y sí, por el contrario, incapaz de ser feliz.

Pero sus letras y su intelecto fueron también un oasis para quienes encontraron en ello una fuente de lecciones de vida. Foster Wallace pudo ser paradójico, pero en esas aparentes contradicciones entre su actuar y su pensar, nos dejaba también un sinfín de razones para reflexionar y pensar nuestra propia existencia.

Es memorable entonces aquel discurso que pronunció a los estudiantes de Kenyon College en los Estados Unidos, ahí, el escritor les dijo, entre varias cosas, una expresión que siempre tendrá una arista de reflexión profunda sin desperdicio, una reflexión sobre el verdadero valor y sentido de la Educación, una reflexión sobre las razones para “no querer darse un tiro en la cabeza”:

“Nada de esto se trata de moral, religión, dogma o sofisticadas preguntas sobre la vida después de la muerte. La cuestión aquí, es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza. Es sobre el verdadero valor de la educación, que no tiene que ver con calificaciones o títulos sino con la simple conciencia –conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a simple vista alrededor de nosotros, que tenemos que recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: esto es agua, esto es agua”.

“Esto es agua”, es el título de aquel memorable discurso, mismo que debiera ser incluso una lectura obligada para quienes se dedican al acto permanente de educar: maestros, estudiantes de educación, padres de familia, un texto máximo sobre la posibilidad de ser feliz y pensar en las formas más solidarias de alcanzar la autosuficiencia de la virtud, de la buena vida, aquello que relacionamos más con “el ser” antes que “el tener”, aquello que nos impedirá darnos un tiro en la cabeza a los 30 o incluso a los 50.

David Foster Wallace no pudo evitarlo, dijo adiós hace ocho años a pesar incluso del amor que lo rodeaba: profesor universitario querido por sus alumnos, con una esposa solidaria, amigos entrañables, lectores fieles que lo idolatraban.

¿Qué le hacía falta a David para ser feliz? Sólo él lo sabría, sólo él supo las razones para abandonar el mundo en una de esas muertes que parecen innecesarias y absurdas.

Quizá y como lo apunté en un texto sobre el mismo Wallace en este mismo espacio hace ya un año, quizá David pensó que nada más había qué hacer en su vida porque había cumplido con ella, que su ciclo había concluido y en esa decisión se sintió satisfecho. Seguro no es así, pero quisiera pensar que probablemente así fue.

Pero el mítico escritor nos dejó tarea: tratar de redefinir la felicidad y sus condiciones, porque en la respuesta, habremos de querer la vida, de lo contrario, habremos de pasarla mal, muy mal.

Gracias, David Foster Wallace.

[email protected]






Luis López




Entrada Anterior

Rescatan a 6,055 personas y hallan 22 cadáveres en el Mediterráneo en un día

Siguiente Entrada

Muda, poesía para sentir los pensamientos





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Rescatan a 6,055 personas y hallan 22 cadáveres en el Mediterráneo en un día

SOMOSMASS99   Desalambre / eldiario.es Martes 4 de octubre de 2016   Más de 6.000 migrantes y refugiados...

05/10/2016