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Elogio de la cordura: Rogelio Naranjo

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 16/11/2016

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PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

 

“¿Cuál es el rostro de la clase gobernante? ¿Posee un rostro

ajeno a la caricatura, el poster o la foto publicitaria?… Táctica de huida

o de autohomenaje: si a  la distancia las intimidaciones crecen, la clase

dirigente evita hasta lo último verse atrapada en el detalle, en esa

intolerable vulgarización que es la contigüidad”.

(Carlos Monsiváis en el prólogo de Elogio de la cordura)

 

 

Murió el pasado viernes en la noche, a los 79 años de edad, el caricaturista Rogelio Naranjo. Me entero de la noticia y como suele ocurrir cuando alguien se va y he seguido por muchos años su obra, acudo a mi librero y rescato de él, Elogio de la cordura, aquel libro que Naranjo publicara en 1979 y en donde hace una selección de su vasto, casi interminable trabajo.

De aquella legendaria generación de caricaturistas conformada por Rogelio Naranjo, Rius, Abel Quezada y Helioflores, fue el primero el que más captó mi atención en mi juventud. Sus retratos publicados en la revista Proceso (que fue donde lo empecé a seguir) me comunicaban un diálogo divertido y reivindicatorio con el poder político mexicano, me permitían esa contigüidad de la que escribía Monsiváis como recurso que desnuda a la clase dirigente.

Era, es poderosa la obra retratista de Naranjo, tenía la capacidad de poner cualquier expresión gestual y corporal en las imágenes de presidentes, gobernadores, líderes sindicales, empresarios y caciques, imágenes que iban desde lo ridículo hasta la posibilidad de generar una reflexión que pasaba por la risa burlona, hasta la sonrisa amarga al saber que Naranjo también comunicaba la triste y demoledora realidad mexicana.

Sus dibujos eran  un duro contraste entre el cinismo de quien detenta el poder y el sufrimiento de la pobreza encarnada en los indígenas, campesinos, obreros y migrantes. Los primeros aparecían siempre obesos, cínicos y pletóricos de suciedad moral; los segundos, presentados en los huesos, esqueletos dolientes en harapos, degradados por los excesos del poder.

La caricatura política es de alguna manera, una especie de venganza popular para quien se siente agredido por aquellos que toman las decisiones que definen el rumbo de un país, pero los monos de sus autores son también la invitación pensar, analizar y definir esa realidad de lo que somos como país o pretendemos ser de cara hacia el futuro.

No sólo se emite desde la caricatura una mera visión del absurdo y la situación surrealista, es también la búsqueda de complicidad  de quien mira, de quien observa la imagen y se le pide al mismo tiempo que opine, que ponga su propia viñeta personal en la burla que el cartón propone todos los días.

Naranjo, escribía Monsiváis, “quien pasaba como caricaturista, no ha hecho la caricatura (la reducción al absurdo) sino el retrato (la expresión más lógica y esencial de la clase gobernante). Él es retratista en la índole de George Grosz: dador de cercanías, visión extrema que de las fisonomías aparentes extrae las fisonomías recónditas”.

Si el dadaísmo, del cual fue parte Grosz, -el pintor alemán al que se refiere Monsiváis- se burlaba de los artistas burgueses y sus obras, Naranjo acudía a esas fisonomías recónditas para burlarse de los políticos.

Pero al menos en el arte burgués, había una plena manifestación artística como en Hollywood y su cine encontramos verdaderas obras sublimes aún dentro del  mainstream del dinero. Naranjo, por el contrario, nos recordó en sus cartones que la miseria moral de la clase gobernante y empresarial no puede sino producir asco y desprecio permanente.

Se ha ido pues, el gran artista del retrato político en México. Seguiremos acudiendo a su ácido humor para pensar a Don Rogelio como alguien que entendió la realidad mexicana como pocos y que supo dejarla plasmada en imágenes indelebles que la historia pondrá sobre la mesa para que el futuro entienda de qué se trataba este país.

Descanse en paz, Naranjo.

[email protected]  

 

Foto de portada: Archivo / Juan Pablo Zamora / Cuartoscuro. 

 






Luis López




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