SOMOSMASS99
Juan Manuel Villalobos
Viernes 3 de febrero de 2017
No fue la gota. Fue el vaso lo que derramó el presidente Peña al sumarse a la iniciativa patriotera, acarreando agua para su molino en busca de capital político cuando más lo necesita. México creyó haber encontrado su enemigo perfecto desde el pasado 8 de noviembre, cuando éste, en realidad, ha pernoctado en casa los últimos 100 años, liderado por su partido, el partido del presidente: poner la banderita mexicana como imagen de nuestras redes, la banderita PRI. La intención tiene el mismo tufo nacionalista con la que supuestamente combate el torpe adversario —que ha prohibido la entrada de refugiados a su país— que cree que quien ataca “América” es gente de afuera y no de adentro.
Un querido amigo, Antonio García, comenzó a divulgar en esas mismas redes —que hoy se han inundado con los colores nacionales y el lugar común, la orgullosa frase, vana y pueril, de “todos somos México” —, un texto con el mismo amor al país con la que otros muy cortos de miras han comenzado a expresar su patriotismo mal entendido, el patriotero.
Escribe García: La magia de Trump: tres embrujos. “Truco 1. ‘El distractor’. En los medios de comunicación hablan de Trump, Trump, Trump; ya se olvidaron del gasolinazo, los gobernadores prófugos, Ayotzinapa, la inflación, la violencia, los muertos… Truco 2. ‘El culpable’. Que los políticos mexicanos sean rateros e ineptos no es la razón de los males de este país. El culpable de TODO es Trump. Truco 3. ‘El muro’ (que ya existe desde hace muchos años). Que Trump diga que pagaremos su remodelación es un disparate. Pero la gran OFENSA (la mentada en términos coloquiales) es que los mexicanos le paguemos a nuestros políticos y jueces salarios y prestaciones mayores que los de sus pares en países más poderosos; que el promedio de los sueldos de la población esté por debajo de la media mundial, debajo de países más pobres; que nuestros compatriotas tengan que buscar la comida en otro país.”
La memoria del mexicano es tan corta, y tan tramposa, que se le ha olvidado que Javier Duarte, ex gobernador, no lo fue de Massachusetts o de Virginia, sino de Veracruz —Estado que dejó en la bancarrota y del que extrajo hasta el último ladrillo (malas noticias: ¡no fue Trump! Peores noticias: ¡sigue libre!)—, y que su extracción y formación no fue republicana, ni de extrema derecha americana —ni siquiera demócrata—, sino priísta, y que su pasaporte no es estadounidense, sino mexicano, y que su mentor, hasta hace una semana seguía viviendo del erario público, en Barcelona, como un rey, como suelen vivir los embajadores y los cónsules —no estadounidenses, sino mexicanos.
¿Es por ellos —y por sus similares de la clase política: Borge, Duarte bis, Herrera, Torre Cantú, Medina, Moreira, y el panista Padrés—, por los que el presidente y la comunidad de ese abstracto y acéfalo ente que son “las redes” nos ruegan poner la bandera mexicana como símbolo de unión? ¿Unión de qué, por qué, para qué? El mensaje nace tergiversado. Los internautas leen al revés, entienden poco y escupen mucho, los escasos que saben leer.
Este país, en efecto, necesita de la unión de todos, pero no para luchar contra un enemigo inventado, sino para combatir sus grandes males, su verdadero lastre, de al menos más de un siglo: la corrupción, el desfalco, la ineptitud, el analfabetismo, la brecha entre pobres y ricos; para derogar las canonjías de sus gobernantes, para someterlos a juicio político por sus excesos, para instaurar la muerte civil, para encarcelarlos por robar el dinero del erario público, tuyo, mío y de aquellos mexicanos que sí pagan impuestos y no buscan evadirlos —uno más de nuestros muros, ese sí, construido por mano de obra barata nacional y cuyas consecuencias también las pagamos mexicanos—, para tener una policía medianamente competente, un ejército en los cuarteles y al narco sometido.
La memoria es tan corta, que hay quien piensa que los asesinos de los estudiantes de Ayotzinapa, nacieron ellos en Wisconsin. No, los sicarios del PRD nacieron en Guerrero, algunos en Iguala, el Estado, la ciudad cuna de esa bandera de la que tantos se sienten orgullosos ahora y que hoy se quiere utilizar como símbolo de unión, no contra los asesinos ni contra las instituciones de gobierno que permitieron la matanza, sino contra un güero que gobierna con inofensivos tuits y palabrería soez, mientras que en México se gobierna con cuernos de chivo con balas que sí matan.
Le pedimos respeto a Trump por “nuestro” país, cuando en “nuestro” país aquí nadie respeta a nadie. Si alguien deja olvidado un bolso o un celular en la mesa de un restaurante, un cualquiera mexicano se lo roba, en vez de devolverlo a la gerencia; si un delegado, si un senador o gobernador extorsiona y ofrece prebendas, no hay juez que lo persiga ni público que lo encare; si nuestro bocado es la medida de nuestra mordida, nos atenemos a que la virgen guadalupana nos perdonará algún día.
Contra esos mexicanos, contra esos bárbaros, es contra los que Trump se imagina levantando un muro; contra los que a hierro matan y secuestran en este país, incluso desde las celdas, contra todo lo que el político made in México representa: contra el oportunismo, contra el fuero, contra el dinero mal habido, contra las casas blancas. O, oportuno es preguntarlo, “¿qué hubieran hecho ustedes?”
¿Estamos como para sentirnos orgullosos de este país, enalteciendo su bandera, al tiempo que le gritamos al rival imaginario, con alevosía: puutooooo? Menos banderas y más educación es lo que le falta a México. El muro no está en la frontera, el muro está en nuestra conciencia: esa es nuestra ratonera, la transparente muralla, como la llamó Octavio Paz, el poeta.
Foto de portada: Alberto Roa / Cuartoscuro.
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