SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez
Jueves 9 de febrero de 2017
Un cliente me preguntó si era posible cambiar la hora de una reunión de trabajo que teníamos pactada con varios días de anticipación. No dude en aceptar el cambio a pesar de que me implicaba hacer algunos movimientos en mi agenda pues su motivo era muy potente: su hijo adolescente pasó a la final de futbol intercolegial y este era un momento muy esperado por ellos.
Decidí acceder al cambio de horario porque estoy convencido que los hombres debemos facilitarnos las cosas para que podamos participar más de la vida de los hijos, de las hijas, de la pareja, de las amistades, y de todos aquellos espacios que contribuyan a nuestra humanización.
Las sociedades industrializadas fueron (y siguen siendo) diseñadas por los hombres para los hombres, mejor dicho, para la economía (que resulta ser de los hombres). Tal cosa tiene muchas ventajas para nosotros, al mismo tiempo que coarta aspectos trascendentes de nuestra personalidad, de nuestra vida.
Por ejemplo, el sistema laboral está hecho para que los hombres nos incluyamos con facilidad. Pero está basado en el supuesto de que nos podemos desprender fácilmente de la vida familiar. Y, desafortunadamente, seguimos respondiendo a esa expectativa.
Las empresas e instituciones necesitan que su personal “se ponga la camiseta” y responda a sus metas, tiempos, requerimientos… Pero en muchos casos este planteamiento cae en el exceso y hasta en el abuso, además de que suele venir acompañado de expresiones tales como: “en este lugar de trabajo hay hora de entrada pero no hay hora de salida”, lo cual puede ser cumplido más fácilmente por hombres que por mujeres con hijos.
De ahí que los puestos con exigencias de esta dimensión sigan siendo ofrecidos a los hombres pues “las mujeres en cuanto se embarazan, o su hijo se enferma, o las llaman de la escuela… dejan el barco”, suele decirse con cierto tono de reclamo cuando optan por los hijos y no por la empresa.
Algunos beneficios para los hombres en el ámbito laboral son: mayores facilidades para acceder a puestos directivos, mejores sueldos, etcétera. Pero también implica pérdidas importantes. Una de ellas es, precisamente, la renuncia a la vida en familia, a las amistades, a los espacio de ocio, de convivencia, de encuentros humanos.
Hace muchos años tomé un diplomado en Alta Dirección al cual asistían directivos de grandes empresas transnacionales, poseedores de sendos currículos, dotados de habilidades gerenciales, administrativas, contables, de comunicación, liderazgo, coordinación de equipos que, honestamente, me preguntaba por qué estaban tomando un diplomado que ellos mismos podrían impartir.
Se trataba de hombres exitosos en el plano laboral, conocedores del mundo, con muchas horas de vuelo (y carretera). Fui un privilegiado porque pude aprender mucho de ellos acerca del tema (en ocasiones más que del profesor en turno). En las clases se movían como pez en el agua: dominaban los conceptos, generaban ideas, proponían alternativas…
Pero esa era una faceta de su personalidad, solamente. Fue en los recesos, cuando podíamos charlar acerca de nosotros (pero sólo un poco, porque los hombres casi no hablamos de “nuestras cosas”, de nuestros sentimientos, de nuestra intimidad) cuando conocí la factura que habían pagado para sostener dicho éxito laboral: se trataba de hombres que prácticamente habían vendido su alma a la empresa: viajaban por ella, estudiaban por ella… vivían para ella.
Trabajaban de sol a sol entre semana, y fines de semana, también, pues no faltaban un congreso, un curso, una campaña, un lanzamiento del nuevo producto o cualquier otro proyecto por cubrir. Resultado: ausencia casi total de la casa, de la vida en pareja, de los hijos. Más de alguno vivía esto con significativa tristeza. Hombres en un mundo construido por hombres. Atrapados en nuestra propia ratonera.
Hombres que tenemos la posibilidad de construir un mundo diferente, uno donde exista espacio y tiempo suficiente para mantener en armonía nuestras diversas esferas de vida sin tener que sacrificar los vínculos humanos en aras de la producción, un mundo donde no funcionemos como máquinas de producción, sino como personas sensibles. Lo cual puede comenzar por facilitarnos las agendas unos a otros, por renunciar a aquellos puestos que nos roban la vida y nos impiden cumplir con la crianza, el cuidado y la convivencia con los hijos e hijas, o, mejor aún, diseñar dichos puestos para que el equilibrio entre trabajo y familia sea una realidad. Queda la invitación.
Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Dominio público de Pixabay.
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