SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 14 de abril de 2017
Aun cuando desde el poder y las altas esferas de gobierno la nieguen o no puedan verla, la realidad, siempre terca, insiste en mostrar la presencia de los signos que la caracterizan y en demostrar la necedad e ignorancia de quienes la niegan.
Nos referimos a la crisis en que México y el sistema capitalista en su conjunto están inmersos; crisis que, como apuntamos en anterior colaboración, afecta a los países capitalistas y al mundo en general, por su internacionalización o por ser el sistema dominante, desde finales de la década de los sesenta o principio de los setenta del pasado siglo, con expresiones, lo apuntábamos también, no necesariamente idénticas en intensidad, tiempos de manifestación y con características que le imprimen las condiciones de cada país o región.
La implementación y aplicación de las políticas neoliberales responden a la necesidad del sistema de mitigar los efectos del agotamiento de lo que algunos consideraron la “época de oro del capitalismo”, etapa que comprendió los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, hasta el inicio de la crisis que referimos.
El auge del capitalismo en esos años “dorados” obedeció fundamentalmente a la reposición de la riqueza destruida durante los años de la guerra mundial y otros conflictos bélicos como las guerras de Corea y Vietnam, entre otros, lo que requirió de una demanda elevada de mano de obra, situación en la que los trabajadores lograron algunas conquistas y, al mismo tiempo, muchos fueron cooptados por mecanismos de control corporativos integrados a las empresas o al Estado; también, el Estado, a través de su participación directa en la economía, se convirtió en un importante generador de recursos y oportunidades para el capital, sobre todo el monopolista.
El fin de esa etapa algunos lo relacionan, sobre todo desde posiciones acríticas, con el aumento de los precios del petróleo en 1973 (que fortaleció a los monopolios petroleros transnacionales), hecho que pudo actuar como detonador de una situación que venía gestándose como consecuencia de las contradicciones y fenómenos propios del sistema y en la que influyeron, entre otros: la incapacidad del sistema para mantener altos niveles de empleo, la mayor explotación de los trabajadores (como resultado de los avances tecnológicos aplicados a los procesos de trabajo), la sobreproducción de bienes, la acentuada desigualdad, la extracción de los recursos materiales y financieros de países subdesarrollados y, aunque pudiera parecer inconexo, el ascenso de las luchas anticoloniales y de liberación en antiguas colonias y posesiones de algunos países europeos.
Algo significativo del fin de esa época y que muestra el agotamiento y la incapacidad del sistema para resolver los problemas que genera, fue la oleada casi mundial de movimientos juveniles de protestas contra las guerras, contra la cancelación de oportunidades de acceso a una vida digna y contra la imposición de añejos patrones de conducta que los excluían de la toma de decisiones que influían en sus vidas. En México vivimos esas expresiones de protesta entre 1968 y 1971, con respuestas violentas del Estado que cobraron muchas vidas de mujeres y hombres en plena juventud.
Y para colmo, la presente y añeja crisis es distinta de las clásicas que estudiaban y analizaban los estudiosos del sistema hasta la primera mitad del siglo pasado, que eran cíclicas y de carácter casi enteramente económico. No. La crisis actual tiene una característica adicional: es estructural; y dada la internacionalización que actualmente alcanzan las relaciones de producción capitalista y por su carácter hegemónico, alcanza, repetimos, a casi todo el planeta.
La crisis es, además de económica, política, social, cultural, moral, ambiental y afecta o condiciona todos los aspectos de la vida de nuestro pueblo y nuestro país, así como los de otros pueblos y países; es tal su alcance que algunos autores la califican como civilizatoria y su dimensión es tal que pone en peligro la existencia de la vida en el planeta, en su más amplio significado.
El neoliberalismo no es un proyecto nuevo. Es el proyecto del capital financiero para obtener la máxima ganancia sin importar las consecuencias y en el que el Estado reduce a su mínima expresión su intervención en la economía. En tiempos de la posguerra las condiciones sociales y políticas no fueron propicias para imponerlo, por esa razón se adoptaron políticas de corte keynesiano, que dieron origen al “Estado del bienestar” y en la medida en que éste agotaba sus posibilidades, la doctrina neoliberal fue fortaleciéndose en el terreno político y académico hasta que lo desplazó.
En México las políticas neoliberales comenzaron a implementarse durante la gestión presidencial de Miguel De la Madrid Hurtado (1982-1988). Una de sus primeras manifestaciones fue la transferencia al capital privado de algunos sectores de la industria petroquímica básica, hasta entonces manejados por el Estado y considerados parte del patrimonio nacional.
Desde ese tiempo, hasta la actualidad, todos los gobiernos han seguido fielmente los dictados de los organismos internacionales en la aplicación de las políticas y medidas que responden a intereses de los monopolios que controlan el capital financiero a escala mundial, sin importar cuan lesivas resulten para el pueblo y el país.
Por eso vemos que tras 35 años de la aplicación de tales políticas y medidas, el crecimiento económico es un raquítico 2%, cuando se requiere 6% sostenido; la creación de empleos es insuficiente para atender la demanda de la juventud que alcanza la edad laboral; el desempleo es equivalente entre 3 y 4 veces la cifra oficial de desocupación (3.6%), la que considera parámetros a modo para presentar índices bajos, alejados de la realidad; se incrementa la precariedad del empleo y del salario de los trabajadores, al grado que la “competitividad” del país la definen los niveles de salario cada vez más bajos; el sistema educativo está divorciado de las necesidades de desarrollo de nuestro pueblo; el crecimiento desbocado de la deuda pública implica la asignación de cada vez menos recursos a gastos sociales y a los necesarios para el desarrollo; la desigualdad va en aumento y con ella la injusticia, la corrupción, la impunidad, la violencia y la inseguridad, por citar algunos casos.
Si los anteriores no son signos de crisis, entonces quienes gobiernan el país viven una realidad totalmente opuesta a la de los gobernados, quienes algo tendremos que hacer porque es imposible que con tanto despojo a la nación y la cancelación del futuro a la niñez y a la juventud mexicana tengamos viabilidad como país.
Solamente habrá que decidir de qué lado estar: si del lado del deber o de la aparente comodidad que ofrece la subordinación.
* Alfonso Díaz Rey es integrante de la Cconstituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: José María Martínez / Cuartoscuro.
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