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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 28 de abril de 2017
Nuevamente el energúmeno del norte amenaza con retirar a su país del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN). El argumento: el TLCAN es perjudicial para Estados Unidos.
Esa fue una de sus promesas de campaña y desde que asumió la presidencia de su país ha sido tema recurrente, utilizado más como amenaza y ante la cual los que nos dijeron que sí sabían gobernar se ponen a temblar y a buscar una renegociación, en la que los vecinos del norte, tal como en la elaboración y firma del tratado inicial, saldrán ganando.
La amenaza de Trump, desde los tiempos de su campaña política previa a las elecciones, se basa en supuestos perjuicios a los trabajadores norteamericanos a raíz de la firma e implementación del TLCAN entre Estados Unidos, Canadá y México, argumento por demás absurdo ya que ese tipo de tratados los impone el capital en busca de mayores ganancias, por lo que los pueblos quedan al margen de esas decisiones.
Me explico: Si en Estados Unidos se perdieron miles de plazas de trabajo, fue porque las empresas norteamericanas trasladaron al sur de la frontera las actividades que empleaban mano de obra intensiva y porque pagarían a los trabajadores mexicanos entre 11 y 13 veces menos que lo que pagan en su país; además de contar con atractivos plazos de exención de impuestos, infraestructura con cargo al erario y recursos asegurados, como el agua y energéticos; lo que incrementaría sus ganancias.
Y México, ¿qué ganó?
Antes de la firma del TLCAN, que formó parte de la modernización que requería el país para desarrollarse y formar parte del primer mundo, México era autosuficiente en la producción de alimentos, ahora importamos la mitad de lo que comemos y los campesinos fueron condenados a la pobreza y la miseria; la nación tenía, en teoría, soberanía sobre tierras, aguas, subsuelo y espacio aéreo comprendidos en el territorio nacional, ahora parte muy importante de esa soberanía se ha cedido al capital privado, aun antes de que se modificaran las leyes para regularizar actos que cuando se realizaron fueron abiertamente violatorios del marco constitucional; los trabajadores mexicanos, aunque explotados, mantenían ciertas conquistas laborales y sociales que les permitían una vida menos indigna que en la actualidad, y aunque el TLCAN en un tiempo generó empleos, estos fueron precarios y rápidamente los trabajadores perdieron capacidad de negociación frente a los patrones, hasta que la modificación de las leyes laborales, reforma laboral le llamaron, dio al traste con los derechos y conquistas de los trabajadores.
¿Y se beneficiarán el pueblo y los trabajadores norteamericanos?
Es cierto que se recuperarán empleos, pero nadie asegura que los salarios sean al menos iguales, en cuanto al poder adquisitivo, que antes del TLCAN. Otra cosa: los capitales que retornen a Estados Unidos lo harán porque de alguna manera van a ganar más que en las condiciones previas a su retorno, por la simple y sencilla razón que el capital opera para ganar.
¿Y, de donde saldrán esas ganancias?
Solamente podrán salir de quienes trabajan. Una forma podría ser vía reducción de impuestos a las empresas, déficit que el fisco buscará compensar a costa de los trabajadores y el pueblo en general, medidas que en su conjunto pudieren reflejarse en un detrimento de conquistas sociales y de las condiciones de vida y trabajo del pueblo norteamericano. Lo que sí es un hecho: el capital no perderá.
Y si Estados Unidos se retira del TLCAN, para nosotros, ¿regresará todo a ser como antes?
Ni en sueños. La posición de México en su relación con Estados Unidos, salvo en contados momentos de la historia, ha sido de debilidad, dependencia y subordinación, condición que se ha profundizado desde que inició la imposición de las políticas neoliberales, no sólo respecto de ese país sino del gran capital financiero y los monopolios asociad os a éste.
Entonces, ¿estamos condenados a vivir subordinados a los designios de otros?
Eso depende de qué tan capaces seamos, como pueblo, de organizarnos y unirnos para sacudirnos a la oligarquía y a los políticos que nos han gobernado, aliados y en ocasiones sirvientes del gran capital, y decidirnos a recuperar nuestra soberanía y ser los dueños de nuestro futuro.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Pixabay
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