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Qué hermoso sería volverse árbol y alcanzar el cielo

Somos Audio / Top News / 31/05/2017

SOMOSMASS99

 

La Mojarra* / SomosMass99

Miércoles 31 de mayo de 2017

 

 

 

Querida amiga, por fin logro balbucearte algo de John. Buena suerte arreglándolo… No pude evitar llorar y reír al recordarlo.

 

¿Quién es tu hermano? El vecino más cercano.

Dicho popular cubano.

 

Mi nombre es Margarita, pero ésta no es mi historia, es la de John Douglas Pérez, mi amigo. Conocí a John en mayo de 2008, cuando comencé a trabajar en la propiedad donde él alquilaba un apartamento acá en Florida, USA. Vivía solo y noté que su vecina era quien siempre traía el cheque de la renta. Como a los tres meses llamó a la oficina para pedir que alguien pasara a su unidad a colectar el cheque. Le dije que yo misma iría. Él vivía en una unidad en el segundo piso, y me pidió revisar su correo. Noté que su correo estaba muy acumulado, pero no quise entrometerme, a pesar de mi naturaleza metiche.

A los pocos días me pidió que volviese a revisar su correo, lo hice y noté que la basura se acumulaba junto a la puerta, así que me ofrecí a llevarla al contenedor. Poco a poco me pidió más favores y terminé conociendo su historia:

John había nacido en Montreal, Canadá, una provincia que parcialmente mantiene el inglés como lengua, aunque casi todo Montreal habla francés. Su familia había emigrado de España a Venezuela, de ahí a Barbados y finalmente a Canadá, y John no hablaba ni pizca de español. Tenía tres hijas y era doblemente divorciado. No había visto ni hablado con sus hijas en mucho tiempo. Hice varias publicaciones tratando de localizarlas, recibí ayuda de muchas personas y aun así no hubo respuesta.

Mi Amistad con John se tornó muy familiar, mi familia iba a verlo ya que él no salía nunca de su apartamento, yo me encargaba de todo: surtir su despensa, ir al banco, pagar sus cuentas de servicios, etc. John había venido de Canadá a los USA después de su primer divorcio, él mismo reconoció que su alcoholismo y su trabajo rompieron su familia. Él había sido trailero hasta que un accidente lo dejo impedido para seguir trabajando. Recibía su pensión de Canadá y tenía sus ahorros, vivía muy sencillamente. Aquí en Florida comenzó a vivir como un “Dandy” decía él, un caballero bohemio y coqueto, hasta que conoció a su segunda esposa y sintió que le quisieron cortar las alas… Así que se divorciaron.

Cuando lo conocí su vecina lo atendía, pero súbitamente la ayuda terminó, ahí fue donde yo entré en escena y descubrí que, cada noche, John bebía para no ser consciente de su soledad. Hasta que un día sufrió una caída y se rompió la cadera, él se negó a ir al médico. Pero como empleada de la propiedad, era mi obligación llamar a una ambulancia. John no hablaba mucho de sí mismo, pero pasó cuatro meses en el hospital y a todos les dijo que yo era su hija y mis hijos, sus nietos. Nunca pudimos localizar a su familia para ver si podría regresar a Canadá, ya que allá los servicios médicos son gratuitos. Su estancia en el hospital se convirtió en un infierno: el hospital acumulaba casi un millón de dólares en deuda y no veía yo interés de los médicos por que él se recuperara. Ya no era su cadera, ésa se había reparado con una operación. Pero estaba triste, esperaba con ansias el momento en que me veía cruzar la puerta de su habitación cada tarde después de mi trabajo, ¡mayor era su alegría cuando mi hija me acompañaba! Finalmente comenzó a recibir morfina, creo que su depresión se volvió su peor enemiga, ésta fue causada porque, al no tener familiares directos en este país y al estar su residencia “Green Card” vencida, lo cual no lo hacía elegible a servicios, el estado decidió declararlo legalmente incompetente, ni siquiera me permitieron pelear al Sistema. A los tres días, John fue trasladado a un hospicio, lugar a donde llevan a los enfermos terminales.

Cuando llegamos mi esposo y yo, la enfermera nos dijo que estaba en fase terminal. Parecía dormido, le hablé muy quedo y vi su garganta moviéndose, sabía que yo estaba ahí, con él… Para despedirlo, le dijimos palabras de amor y fuerza, le aseguramos que todo estaría bien y que podía ir en paz… Mientras mi esposo y yo lo abrazábamos, John murió…

Como consuelo, finalmente pude recibir sus cenizas, las tenía en la sala y mi familia lo saludaba, pero tenía que buscar un lugar para que reposaran. Un día, mi hija y yo estábamos sentadas en el jardín, contemplando un gran roble que mi esposo sembró hace más de 20 años y mientras disfrutábamos del canto de los pájaros y la quietud, mi hija expresó que qué hermoso sería volverse árbol y alcanzar el cielo, con ramas llenas de pájaros cantando. Nos miramos y sonreímos… Nos acercamos al tronco del árbol y descubrimos dos raíces formando un Corazón, o un abrazo…

Ahí descansa John.

Y cuando los pájaros cantan o las ramas se mueven con el viento, siempre le sonreímos al árbol.


* Este relato forma parte del proyecto Somos La Mojarra, vivencias y anécdotas de los dos lados. Lo hacen Margarita Claro, desde los Estados Unidos, y Gwenn-Aëlle Folange, en México.

Relatado por Margarita Claro / Voz: Gwenn-Aëlle Folange

Fotos de audio e interiores: Somos La Mojarra

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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