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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 26 de junio de 2017
No he tomado clases, eso de obedecerle a un maestro no se me da, seguir indicaciones es algo para lo que no sirvo. La autoridad no me conoce, yo no la reconozco.
La composición de mis cuadros es lírica, a veces le atino y otras de plano no. A menudo necesito consejos de alguien que sepa más que yo para que me explique por qué el barco que pinté se va a hundir si lo dejo así o por qué el techo de esa casita de campo parece arco de triunfo.

Y no, yo no compongo mis colores. Me sé la teoría de los colores primarios, que azul con amarillo es verde, que todos juntos son casi negro y ya.
Eso de analizar tonalidades, colores fríos y cálidos, medir tiempos de secado de la pintura y analizar fríamente perspectivas no es lo mío.
Entonces gasto. A lo loco. Tengo decenas de tubitos de pintura, de todos los colores. Diez azules diferentes, 15 rojos y algo como 12 verdes. Blancos, eso sí, sólo dos: titanio y zinc.
El blanco de titanio es fuerte, sólido. Se usa como base para los otros colores, seca igual de rápido que ellos y no domina. El de zinc tiene otro uso, se pone al final, para dar luces. O para un efecto craquelado, resulta que seca más lento que otras pinturas y en su rebelión, rompe todo a su paso.
El color que más trabajo me ha costado es el rosa. No, no es rojo con blanco. O mejor dicho el rosa que nace de esa unión no brilla, no vive. Es la prueba de que uno más uno a veces igual a cero.
Parece que soy libre al pintar, sin dueño. Pero resulta que la ignorancia pone trabas, invisibles, pero presentes.
Mirar las hojas de un árbol, y empeñarme en reproducir sus mil verdes, una y otra vez. Oler el mar y ver como los pinceles se rehúsan a traducir su movimiento. Clavar mi mirada en la tuya y no encontrar el trazo adecuado para su brillo.

Sentir el sol sobre mi lienzo y no poderlo capturar.
Cuando gana la impaciencia, salgo a caminar.
Vivo en una ciudad de millones de habitantes, lo menos que encuentro son árboles, viento y soles.
Pero colores hay.
La casa de enfrente, verde o azul, turquesa pues.
Las líneas que acaban de trazar por las calles, blancas. Las banquetas amarillas. Las elecciones de hace tres semanas no tienen nada que ver dicen, pura casualidad.
Me da risa. Recuerdo cuando en la avenida que lleva al campo militar número 1 de repente amanecía el pasto más verde, verde pastito, claro. Y como a las pocas horas pasaban coches elegantes con las ventanas cerradas, por aquello del olor a pintura, mi general.
Y me da más risa al ver cómo los puentes peatonales de por acá han estado cambiando de color.
Color bermellón. Carmín, escarlata, laca geranio, rojo, rojo, rojo.
Líquido carmesí que corre por las barras, por los escalones, anega el pincel y tiñe las manos.
Líquido rojo que cubre palabras, conciencias y circunstancias.
Si no tienen que ver las elecciones, ni el ganador, ni los generales, ¿tons…?
No le pregunté al que anda pintando, me vaya a contestar que nomás le dijeron, que de eso vive, que para eso le pagan.

No vaya a ser el mismo que fue a votar hace unas semanas porque nomás le dijeron, que porque le iban a dar una lanita, una tarjetita rosa, de ese mismo rosa que tanto me cuesta crear.
Sólo veo que allá por la frontera, entre el Estado y la Ciudad, los puentes no enrojecen. ¿Será que siguen la misma ley que las corbatas de sus dirigentes?
Y me vuelve a invadir la impaciencia.
Regreso a casa, pintando cremas.
* Gwenn-Aëlle Folange Tery es pintora y escritora.
Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Tery
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