SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 14 de agosto de 2017
Cae la lluvia y en ella me refugio.
Necesito, hoy, escapar del sol y del sudor.
Escapar también del ruido.
No, no me refiero al camión de la basura. Ni a la ambulancia que pasa casi diario por la casa. Vamos, ni a la música estridente que pone mi hijo, ni a la la tele prendida en la sala, ni a los platos entrechocándose en la cocina, ni a los gritos de los niños en la calle.
Te hablo del ruido interior, el de la mente, del corazón. De los pensamientos obsesivos, del miedo a no tener, a no poder. De los calendarios internos, la ida a la escuela, al doctor, la comida para el domingo, ¿sopa aguada o sopa seca?, los resultados de los análisis, el dinero que hay que conseguir, el que ya se gastó, el perro que tiene pulgas, hay que bañarlo, la plancha que ya no sirve, los papeles que alguien tiene que organizar, la pila del teléfono, el cáncer del abuelo, la gripa del sobrino…
Abro la ventana, la misma que a veces no soporto que se toque, y respiro agua de cielo, respiro hierba renacida y nubes grises.
Y porque mi mente me sigue a todos lados, la vuelvo a cerrar.
Y pienso.
Pienso que todos deberíamos tener un escape, un algo que nos permita sobrellevar el día, y sobrellevar las noches. Un ratito de no pienso, no sé, no siento.
Sé que los chavos de al lado entrenan los miércoles por la noche, imagino que correr y pegarle a un balón es como tener una ventana abierta sobre la lluvia.
Igual, para los que fuman, esa primera bocanada de humo por la mañana ha de ser liberadora, los sueños y pesadillas se esfuman, un rato.
Las series en la tele, el juego de video, el libro que te gusta, el regaderazo nocturno… el chocolate, caray, el chocolate. Libertad de a ratitos, eso son todos esos momentos, libertad de a ratitos.

Foto: Gwenn-Aëlle Folange Téry / SomosMass99.
Y claro, me organizo. Que de algo sirva la pensada.
No fumo, no juego futbol. Comer chocolate me impide dormir, la regadera la usa otro de noche y leer no impide que mi mente vagabundee y se pierda en sus círculos enajenantes.
Entonces pongo música, los días de no-ventana. Pinto, si la luz es buena. Escribo, si tengo algo que decir.
Y tengo sobre mi mesa, frente a mi computadora, un plato hondo de Puebla, de los viejitos, de cuando la talavera era talavera a secas, no Made in Mexico. Dentro, hay unas hojas de higuera, la del jardín, secas. Huelen a libertad, huelen a infancia, la mía. Huelen a la casa familiar en Bretaña, allá en Europa. Remuevo tantito las hojas, con los dedos de la mano derecha, y hundo mi cara en ellas. Respiro, a fondo. Y regreso a casa.
Así escapo, cuando no llueve.
Y desde la semana pasada, tengo entre esas hojas, a una gaviota.
Esa gaviota habla de mar, del mío, el mar bretón, obscuro, frío, prisionero de la luna, -ayer fue luna llena-, y del viento helado.
Canta, como lo hacen las gaviotas, que no son pajarillos delicados de jardín o de jaula art-nouveau. Canta, como lo hacen esos animales, con voz ronca y chillante.
Vive en una cajita, es de papel blanco y negro, y entra en moción con la luz, al quitarle la tapa.
Me la regaló mi hermano.
Y entonces, cuando parece que la vida se me pudre, cuando los gritos de mi mente no me dejan respirar, acerco mi plato de talavera, remuevo las hojas, abro la cajita, y escucho, con los ojos cerrados.
Y escapo.
Me voy de mí.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Michael Gaida / Pixabay.
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