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Alfonso Díaz Rey*
Domingo 8 de octubre de 2017
«Todos los días la gente se arregla
el cabello, ¿por qué no el corazón?»
Che
Hablar o escribir acerca del Che no es fácil. Siempre se corre el riesgo de quedarse corto o de tener una visión fragmentada y alejada de la realidad, sobre todo para quienes, como el que habla, a pesar de un conocimiento del tema a todas luces insuficiente, se aventuran a decir algo sobre un personaje de la talla del Che. Hecha la aclaración, vaya lo siguiente como una reflexión.
Tres días después del cobarde asesinato de Ernesto Guevara de la Serna, Walt Rostow, asesor del presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, envía a éste un memorando en el que dice: «Su muerte marca la desaparición de otro de los agresivos revolucionarios románticos […]. En el contexto latinoamericano, tendrá un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros».
Aun cuando por esos días los sectores dominantes en Estados Unidos, Latinoamérica y el Caribe celebraban con ánimo triunfalista la desaparición física del Che, y trataron por todos los medios de desmoralizar a las fuerzas progresistas en todo el mundo, ello no impidió que las luchas de los pueblos de Nuestra América, aunque en estado latente, se mantuvieran.
Y es que el Che, más que un mito, se había convertido en símbolo y ejemplo de congruencia entre pensamiento y acción, actitud que mostró en todos los momentos de su vida. Su condición y conciencia de revolucionario e internacionalista le permitieron comprender la real dimensión de la lucha contra el capitalismo y el imperialismo, lo que definió su posición al lado de los pueblos del mundo. A ello contribuyó el ambiente de lucha antimperialista que vivía el mundo; los símbolos de esa lucha eran Cuba y Vietnam.
Esa condición le llevó a cambiar una vida en Cuba, rodeado de su familia y del aprecio del pueblo, por la lucha en otras partes del mundo que reclamaban su concurso; un intento de explicar esa posición a sus hijos es su carta de despedida, en la que les dice:
«[…] Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario».
Sus cualidades y virtudes se manifestaron más allá de su actividad como combatiente. Hizo aportes a la teoría socialista revolucionaria (Apuntes críticos a la economía política, El socialismo y el Hombre en Cuba). Su avidez por el estudio, su eterna inconformidad y enorme espíritu crítico lo llevaron a cuestionar y polemizar acerca del dogmatismo y el burocratismo imperantes en la antigua Unión Soviética, desviaciones de las que señalaba su carácter reformista y contrarrevolucionario. A fines de la década de los 80 e inicio de la de los 90 del siglo pasado, la realidad le concedió la razón.
Fidel, en una velada en su memoria, el 15 de octubre de 1967, dijo:
«[…] Che reunía como revolucionario las virtudes que pueden definirse como la más cabal expresión de las virtudes de un revolucionario: hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola mancha. Constituyó por sus virtudes lo que puede llamarse un verdadero modelo de revolucionario».
Muchos autores, admiradores y estudiosos afirman que el Che fue un hombre que llegó desfasado al mundo, antes de tiempo. Sin embargo, si reparamos en lo que era el mundo en el que creció y se desarrolló Ernesto Guevara para convertirse en el Che, y en su actitud intelectual, comprenderemos cómo mediante el cuestionamiento de las condiciones imperantes en ese mundo, el riguroso análisis de sus contradicciones, causas, las luchas y el comportamiento de los pueblos, sobre todo los subdesarrollados y colonizados, ocurrió el desarrollo y afirmación de su conciencia revolucionaria y se convirtió en un ser humano que vivió siempre por encima de sus circunstancias. En ello tuvo singular relevancia su encuentro y vinculación con Fidel, que actuaron como poderoso catalizador.
Su vocación teórica lo condujo a indagar siempre el sentido de los elementos que constituían su entorno, a ser sumamente analítico y a buscar lo esencial en los problemas y situaciones que se le presentaban. Esa actitud, como apunta Fernando Martínez Heredia:
«[…] formará una mente capaz de inquirir, dudar, preguntar, desconfiar, derribar las prisiones de los lugares comunes, lo establecido, la reproducción de lo existente y lo que se considera posible, y atreverse a crear y ser original. En una palabra, ejercer la ciencia más difícil: la de la revolución».

Ello lo condujo a una concepción de la teoría revolucionaria y de la revolución que no obstante partir del rico acervo teórico precedente, en lugar de utilizarlo dogmáticamente como recetario, explora y crea escenarios en los que el papel de la voluntad, la praxis, una conducta ejemplar, la convicción y cierta dosis de pasión, pueden, en palabras de Martínez Heredia:
«[…] prefigurar a la persona y la sociedad que deben forjarse en el horno de la revolución y de los procesos de liberación; apuntando a la conformación de un hombre nuevo que se desarrolle «por métodos distintos a los convencionales» y avance hacia la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación».
Su insistencia en el estudio y la formación de quienes serían la «columna vertebral de la Revolución» parte de un análisis autocrítico:
«El eje central de nuestros errores está en nuestra falta de sentimiento de la realidad en un momento dado, pero la herramienta que nos faltó, lo que fue embotando nuestra capacidad de percepción y convirtiendo al partido en un ente burocrático, poniendo en peligro la administración y la producción, fue la falta de cuadros desarrollados a nivel medio».
Para reforzar su carácter antidogmático, plantea:
«[…] no puede suponerse un cuadro que no tenga un alto desarrollo político, pero por desarrollo político no debe considerarse sólo el aprendizaje de la teoría marxista; debe también exigirse la responsabilidad del individuo por sus actos, la disciplina que coarte cualquier debilidad transitoria y que no esté reñida en una alta dosis de iniciativa, la preocupación constante por todos los problemas de la Revolución».
Y para alcanzar esa formación, propone:
«El desarrollo de un cuadro se logra en el quehacer diario; pero debe acometerse la tarea, además, de un modo sistemático en escuelas especiales, donde profesores competentes, ejemplos a la vez del alumnado, favorezcan el más rápido ascenso ideológico».
Para el Che, la disciplina juega un papel decisivo en la construcción de un nuevo orden y en la defensa de la Revolución. La desliga de cualquier tipo de sumisión o burocratismo. Expresa:
«No consideren a la disciplina como una actitud negativa, es decir, como la sumisión a la dirección administrativa, la disciplina ha de ser en esta etapa absolutamente dialéctica […] el discutir en cada nivel los problemas fundamentales del taller, de la fábrica (…) discutir colectivamente siempre, el participar de los trabajadores, a través de sus organismos, cada vez más, en la dirección de la fábrica […] y en vigilar constantemente que el aparato organizativo cumple también cada una de las reglas disciplinarias que debemos todos nosotros imponernos profundamente»
El estudio profundo de temas filosóficos condujo a que su aplicación de la dialéctica no fuera la misma que la de los manuales soviéticos de la época, los que conducían a posiciones deterministas y fatalistas que derivarían en grandes y graves errores, lo que a la postre sucedió.
De haber caído en ese tipo de posiciones en las que se «pierde la visión dialéctica del futuro como una posibilidad-probabilidad abierta por la acción, en el interior de la unidad y lucha de contrarios antagónicos», como apunta Iñaki Gil de San Vicente, en El Che del siglo XXI, no hubiera seguido a Fidel, embarcándose en el Granma, o el pueblo cubano hubiera renunciado a su Revolución, plegándose a los designios imperiales.
Como Fidel, que en junio de 1961 manifestara en reuniones con los intelectuales cubanos: «dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada», el Che era partidario de impulsar el pensamiento crítico. Al respecto, planteaba:
«Lo único que creo es una cosa, que nosotros [debemos] tener la suficiente capacidad como para destruir todas las opiniones contrarias sobre el argumento o si no, dejar que las opiniones se expresen. Opinión que haya que destruirla a palos es opinión que nos lleva ventaja […]. Eso es un problema que siempre debemos [tener en cuenta]. No es posible destruir las opiniones a palos y, precisamente, es lo que mata todo desarrollo, el desarrollo libre de la inteligencia».
El Che ataca la cosificación de la mujer y el hombre en el mundo dominado por el mercado. Dice:
«Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de la gente y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate […]. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia del individuo y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas […]. La mercancía es la célula económica de la sociedad; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia».
Plantea terminar con el fetichismo de la mercancía y con la ley del valor como una vía para desarrollar las potencialidades de la mujer y el hombre nuevos. ¿Cómo? El Che nos dice:
«En el esquema de Marx se concebía el período de transición como resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior se ha visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen las ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin. En éstos, el capitalismo se ha desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos, de un modo u otro, sobre el pueblo, pero no son sus propias contradicciones las que, agotadas todas las posibilidades, hacen saltar el sistema. La lucha de liberación contra un opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra, cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotados, los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales, son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el resto».
La congruencia entre pensamiento y acción, la acción consciente, presente en el Che, lo convirtieron en un peligro de primer orden para las clases dominantes y el imperio; por esa razón, tras su captura en la Quebrada del Yuro y la confirmación de su identidad, ordenaron su asesinato y la desaparición de su cuerpo. Ignorantes de la fuerza de las ideas creyeron que éstas caerían con él.
Por la misma razón, desde posiciones de derecha se le sataniza al igual que a sus ideas; lo presentan como un aventurero y si bien le va, es considerado como un personaje del pasado cuyos ideales fracasaron; por tanto, anacrónico.
Otra manera en que intentan neutralizarlo es fragmentándolo, ya sea como un emblema moral, un romántico personaje que como el Quijote iba desfaziendo entuertos, un mito o un ícono en mantas y camisetas.
Por ello, para comprender al Che no deben separarse los diversos componentes de su concepción del mundo, ellos se complementan y refuerzan; de otra manera será difícil advertir el porqué, a medio siglo de su desaparición física, su pensamiento y legado revolucionario conservan plena vigencia y, alejados de todo dogma, están abiertos a las nuevas generaciones a profundizar en sus enseñanzas para la construcción de un mundo nuevo.
Para conmemorar los 50 años de su caída, qué mejor homenaje que la difusión de su legado para «[…] ver a las nuevas generaciones creyendo y luchando por otro mundo posible, donde la solidaridad sea hábito, no virtud; la práctica de la justicia una exigencia ética; el socialismo el nombre político del amor» (Frei Betto, en la conmemoración del 80 aniversario de su natalicio).
Y como pensar es tan urgente como hacer, retomemos al Che y llevemos a la práctica el pensamiento creador.
Bibliografía
Garcés, Homar. Che, más allá del mito. Aporrea, 8 de octubre de 2015. https://www.aporrea.org/internacionales/a215113.html
Che. Carta de despedida a sus hijos. EcuRed https://www.ecured.cu/Anexo:Carta_de_despedida_del_Che_a_sus_hijos
Hernández, Milena. Breve recuento por la vida del Che. Centro de Estudios Che Guevara. Cubadebate. 10 de julio de 2012. http://www.cubadebate.cu/especiales/2012/07/10/breve-recuento-por-la-vida-del-che/#.Wb78GfPyi1s
Martínez Heredia, F. Che: el Pensador, la Teoría y el Legado. http://www.cubadebate.cu/especiales/2013/06/23/che-el-pensador-la-teoria-la-critica-y-el-legado/#.WcAe2_Pyi1s
Ramis, Álvaro. La esperanza del Che Guevara, Punto Final, edición Nº 861, 30 de septiembre 2016. www.puntofinal.cl
Che. El cuadro, columna vertebral de la Revolución. Revista Cuba Socialista, septiembre 1962 http://amauta.lahaine.org/?p=1789
Pogolotti, Graziella. El Che nos invita a pensar. Juventud Rebelde, 06-10-2012. Tomado de: http://connuestraamerica.blogspot.mx/2012/11/el-che-nos-invita-pensar.html
Gil de San Vicente, Iñaki. El Che del siglo XXI. Editorial Trinchera C.A Primera Ed. Venezuela, 2016 Versión digital en: http://lhblog.nuevaradio.org/b2-img/inaki_chexxi.pdf
Texto que será leído en un coloquio sobre el Che, en León, Guanajuato, hoy 8 de octubre de 2017, organizado por el antropólogo José Rodríguez Macías.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía de Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Anatomía de la Historia.
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