SOMOSMASS99
Alonso Merino Lubetzky*
Lunes 23 de octubre de 2017
El capitalismo está en crisis. Quien lo ponga en duda, observe, reflexione y sienta. Por ahora no son necesarias ni la sociología, ni la economía, ni cuerpos de conocimiento afines. Recurramos, pues, a las capacidades humanas por excelencia de la observación, el pensamiento y la interpretación. Como es costumbre, hagamos un ejercicio inicial de preguntas:
¿En cuánto oscila tu ingreso mensual? ¿Cuánto tiempo diario inviertes para obtener ese ingreso (debes incluir no sólo el tiempo laborado, sino el tiempo de traslados al trabajo, el de comida para conservar tu energía y, puede ser, el tiempo de autoconvencimiento para seguir trabajando)? ¿Cuánto de tu ingreso mensual se diluye en la adquisición de la canasta básica? ¿Cuánto en transporte o traslados (gasolina, transporte público, transporte privado)? ¿Cuánto has invertido en educación (para garantizar un mejor sueldo a futuro), si es que lo has hecho (puedes haber estudiado en universidad pública, pero no significa que tu universidad salió gratis; gastaste en todo momento)? ¿Cuánto inviertes en cigarros, alcohol o terapia que te ayuden a sobrellevar la carga emocional de la joda cotidiana o como resultado de una desconcertante ansiedad? ¿Cuánto tiempo dedicas al ocio, al entretenimiento y al descanso en relación con el tiempo que trabajas? ¿Cuánto te descuenta el crédito hipotecario oficial y cuánto te queda para lo anterior? ¿Cuánto gastas en las visitas a los médicos o en medicinas a causa de algún padecimiento crónico? Ahora, cuando te diviertes, ¿cuánto gastas para ir al cine, al teatro, al bar, a la playa o para ir de viaje? ¿Cuánto inviertes en la mal llamada “adquisición de cultura”?
En resumen: ¿cuánto de tus ingresos está destinado a mantener las condiciones –o mantenerte en condiciones– para desempeñarte íntegramente en tu empleo y poder seguir trabajando (literalmente para levantarte en óptimas condiciones todos los días y llegar despierto a la línea de producción: llámesele fábrica, escuela, oficina o institución)?
¿Cuánto tiempo te queda de vida y cuánto dinero te resta? Las respuestas a las preguntas anteriores dependen, sin lugar a dudas, de muchos factores: dónde naciste, en qué barrio o colonia creciste, qué color de piel tienes, si eres mujer u hombre, si eres homosexual, heterosexual u otro, otra, otroa; cuál es tu origen, cuál es tu cultura, qué lengua hablas y cómo te vistes; de esos factores depende en mucha medida el tiempo laborado con respecto al ingreso, si eres empleado o empleador y también depende el acceso al empleo mismo.
Los hay quienes pueden afirmar que la mayor parte de su tiempo la invierten en ocio, en diversión, en viajes, en bares y en recreación pura, y que la menor parte de su vida se la dedican al trabajo. Para ellos puede ser lógico afirmar que el capitalismo es la mejor opción, así que también es razonable que conozcan y se orienten a partir de los preceptos del coaching, del entrepreneuring, del leadershipping y cosas por el estilo. Los más destacados dan conferencias de liderazgo a los que consideran adormecidos e ignorantes, fomentando valores para el emprendimiento y la superación personal.
Pero un mínimo y develado vistazo a la realidad nos muestra que esto no es así para las enormes mayorías. No es que formar líderes empresariales no sirva… pero no sirve. No todas las personas pueden crear una empresa exitosa; el capitalismo es monopólico por naturaleza (este dato y los que siguen sí nos los aportan la sociología y la economía). A lo mucho pueden crear pequeñas y medianas empresas que duran en promedio cinco años, y que sólo contribuyen a posicionar mejor en el mercado la oferta de los capitales con mayor capacidad productiva. Los pequeños tienen costos de producción altísimos que difícilmente pueden competir con los grandes, los cuales soportan enormes volúmenes de producción y reducen por lo tanto sus costos por unidad producida.
El camino que queda para las mayorías es el depender de un salario que, como vimos, se desvanece en cubrir las necesidades cotidianas y que no alcanza para mucho más –a las enormes mayorías no les alcanza ni para satisfacer las necesidades básicas. Tenemos, pues, un inútil intermediario: el dinero. Ya los hay quienes dirán que el dinero es útil, pues sin él no tendríamos ni lo poco que tenemos. Cierto. La lectura natural es que lo que ganamos no nos alcanza y que, por lo tanto, necesitamos ganar más.
Formas diversas del dinero como medio de cambio para la adquisición de bienes y servicios diversos, y el mercado como ese espacio donde el intercambio sucede, son tan antiguos como la humanidad misma, y son comunes a muchas culturas. La crítica radical al dinero y al mercado no es el caso, ya que sería obtuso reproducir ese tipo de razonamientos. El problema, de cuajo, es el desplazamiento de nuestra capacidad de hacer por el dinero y, en concreto, por la consecución de un salario. Por supuesto también el control de los mercados y de la producción misma, pero eso no es hoy nuestro tema.
Hay una palabra que se mimetiza en la jerga cotidiana que alude a todo lo que el ser humano puede hacer sin la intermediación del dinero o del mercado: subsistencia. Iván Illich en los ochenta aportó con su obra El trabajo fantasma una reflexión incisiva acerca de la subsistencia. En concreto, sobre las actividades y valores vernáculos frente a las actividades y valores que responden al modo industrial de organización de la vida. También las feministas Maria Mies, Veronika Benthold-Thomsen, Vandana Shiva y Claudia Von Werlhof han hecho numerosas aportaciones a la reivindicación del término, para referirse a todas aquellas opciones civilizatorias segregadas y subordinadas que han sufrido procesos de colonización a causa del capitalismo, de la modernidad occidental y del patriarcado, así como para denunciar el daño ejercido sobre la naturaleza en sí misma.
Como tal, no me refiero al desuso de la palabra subsistencia, sino a su uso a la prisa. Tal vez a su empleo injusto y discriminatorio. En otro lugar argumento que es posible que su similitud léxica con el término subdesarrollo sea una de las razones, entendiéndolo como una condición que es atribuida a los países y sociedades del “Tercer Mundo”. Tal vez ese endeble empleo del término se lo debemos a la academia, que ha generado conceptos tales como salario de subsistencia y agricultura de subsistencia, entre otros, para referirse a condiciones paupérrimas de vida y de participación dentro la producción por parte de obreros y campesinos, respectivamente. Ahora no importa tanto el origen de esta injusticia terminológica, sino su ausencia actual para construir alternativas sociales.
Cuando en el habla común decimos de alguien o de algo que subsiste, decimos que permanece, que perdura, que se mantiene y, en últimos términos, que vive. Y es que, antes de que la subsistencia sea sustantivo, es verbo, y se conoce mejor en el andar mismo.
Dispensará el/la lector/a, pero transitemos de momento, no sin miedo a sanciones, por el socorrido camino de definir para entender. Así, el origen etimológico de la subsistencia es el verbo subsistir, que deriva del latín subsistĕre y que significa “detenerse”, “hacer alto”. Subsistĕre, a su vez, deriva de sistĕre que indica “colocar”, “estar” o “fijarse en el mundo”. Subsistir y existir pertenecen al mismo campo semántico. ¿Quién puede cuestionar, entonces, que subsistencia es un sinónimo de vida?
Algunos diccionarios de la lengua española como el DLE de la RAE, el Oxford de lengua española y el de la Academia Mexicana de la Lengua, definen de manera general a la subsistencia como la “permanencia, estabilidad y conservación de alguien o de algo” o como el “conjunto de los medios necesarios para el mantenimiento de la vida”. ¿Dónde queda entonces enraizado el también común empleo del término para referirse a la ausencia de ese “conjunto de medios necesarios para el mantenimiento de la vida”, ligándola sobre todo a la llana supervivencia y, por lo tanto, a la pobreza?
¿Has pensado que sin dinero nos quedan nuestras manos, nuestros pies, nuestros músculos, nuestro cerebro? ¿Que antes que el dinero están nuestras relaciones y nuestros valores forjados comunitariamente? ¿Has pensado que sin él nos quedan nuestras redes de familiares, amigos, conocidos y de encuentros ocasionales? ¿Has pensando en que el capital le queda chico a la naturaleza cuando éste lo único que provoca es su destrucción? ¿Has pensado que cuando las manos de un campesino siembran, en primera instancia siembran semillas y no dinero, y que lo que comes en tu mesa es producto de una enorme cadena de haceres que están motivados no tanto por el ingreso, sino por la necesidad de la vida? ¿En qué fragmento de la larga línea de la historia perdimos nuestra capacidad de comer, vestir, construir, crear, amar, compartir, aprender, transitar, nacer y morir sin el dinero como intermediario, que sólo da muestras de privar a la población de esos que –los reconozcan o no los organismos internacionales– son nuestros derechos más esenciales?
Sugiero, entonces, traer de las tinieblas el concepto de subsistencia para construir opciones al capitalismo o, en su defecto, para nombrar con fuerza toda aquella propuesta que reivindique a la vida por encima del capital y del poder que le es útil para controlar nuestra existencia. Me sumo al reclamo illicheano de retornar a los valores de subsistencia ante la ausencia de valores otros, libres del ánimo de lucro y de la impotencia que induce el trabajo asalariado.
* Gestor intercultural y trabajador comunitario. Integrante activo de la Red de Apoyo al CIG en Guanajuato. Co-fundador de Hilando Utopías. Educación para la comunalidad y el buen vivir.
Foto de portada: Pixabay.
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