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El nacimiento de una familia

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 09/11/2017

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 9 de noviembre de 2017

 

Conocí a un niño. Emilio. Ocho años de edad, con domicilio en la estación del tren. Su cama: un furgón. Desconoce las letras, lo mismo que el sabor de la carne. Conoce la calle, lo mismo que el hambre. Es un niño fuerte, inquieto, curioso, de rostro atractivo; con todas las ganas de ser feliz, de tener una “casa grande con techos de tabique que no se caigan nunca” y unos papás que le den seguridad, confianza, aceptación y protección constante. “Un papá que sea bombero y una mamá que sea policía” fue su modo de pedir unos padres buenos, protectores, unos héroes que se arriesguen y se la jueguen por él, que lo salven del peligro.

Conocí a un matrimonio. Sergio y Laura. Cuarenta años de edad y más de quince deseando un hijo. Una pareja madura, entusiasta, segura, sencilla, empática, solidaria, alegre y con todas las ganas de hacer feliz a otro ser humano.

Los presenté. Lo primero que hicieron fue darse regalos. Emilio les regaló una mirada tímida y un apretón de manos. Ellos le regalaron su apellido y una base firme. ¿Que cómo lo hicieron? Sergio conservaba con mucho cariño una etiqueta con su apellido estampado que su hermana le regaló muchos años atrás, la pegó en una chamarra especialmente elegida para Emilio, le ayudaron a ponérsela junto con unos tenis con foquitos. Emilio aceptó caminar de ahora en adelante estrenando linaje.

Lo segundo que hicieron fue sembrar con mucho cuidado una relación. ¿Cómo? Conociéndose. Pasaron un día en el zoológico donde Emilio estuvo feliz y confiando gracias al respeto y prudencia que sus potenciales papás le habían mostrado. Fue así como Emilio se atrevió a platicarles sobre su pasado, refiriéndose a sus papás biológicos como los “verdaderos”. Sergio y Laura se sintieron desconcertados e ilegítimos, no obstante lo asumieron con madurez, pues entendieron que no serían papás por asignación, sino después de un proceso.

Fueron varios encuentros y convivencias, a cada uno le seguía una breve despedida. En el albergue, Emilio contaba los días para volverlos a ver. En casa, Sergio y Laura sacaban de dudas y temores a sus familiares y amigos poco conocedores de lo que es adoptar a un niño: ¿Y si les sale malo o malagradecido?, ¿y si trae mala sangre?, ¿y si los demás niños lo critican?, ¿y si ustedes no llegan a quererlo como un hijo?… Mitos, estereotipos, etiquetas, desinformación…

Gracias a años de preparación en el tema, Sergio y Laura les daban respuestas atinadas y los contagiaban con su entusiasmo, ilusión y optimismo. ¿Tenían dudas y temores? Sí, como todos los papás primerizos que se toman en serio su labor.

Cuentan que con frecuencia ensayaban cómo educarían a Emilio, cómo contestarían a sus inquietudes y preguntas sobre el pasado: cómo le explicarían que sus papás biológicos lo abandonaron, que la sociedad permitió que viviera en un tren durante tanto tiempo sin comer calientito, sin ir a la escuela, sin montar una bicicleta; que fue víctima de un sistema; que él no tuvo la culpa de lo vivido, que la responsabilidad fue de los adultos carentes de recursos y competencias para comprender y satisfacer sus necesidades y respetar sus derechos.

Con el tiempo y la distancia fue naciendo el deseo y con el deseo vino el amor. Convivieron por un tiempo hasta que dieron el tercer paso: la adopción legal. Pero antes de irse con sus nuevos padres, Emilio dejó una carta con un mensaje de agradecimiento para el personal que lo cuidó en el centro de asistencia social. ¿Vivieron felices para siempre? No lo sé, pero hasta ahora lo han sido y ya pasaron varios años desde aquel día en que se miraron por primera vez.

Desde que son padres, Sergio y Laura han vivido la intensidad de la vida y han explorado nuevas situaciones. Desde la discriminación, cuando una maestra al darse cuenta que Emilio fue adoptado lo empezó a tratar como un niño de segunda clase dando la razón a los demás niños cuando había conflicto entre ellos, hasta el orgullo y felicidad al ver los logros de su hijo.

Actualmente Emilio es un niño resiliente, entusiasta, seguro, sencillo, empático, solidario, alegre y con todas las ganas de hacer feliz a otros seres humanos. Se parece a sus papás. Todas las noches cuando llega la hora de orar, lo hace de manera especial y espontánea por los niños que no tienen comida ni casa y pone énfasis en los niños que no tienen papás. Ruega y confía en que los niños que están en las calles, casas cuna o casas hogar pronto puedan tener una familia. Su sensibilidad, empatía, solidaridad y fortaleza son de su tamaño: muy grande. Él conoció el frío, por eso valora el calor. Lloró sólo, por eso valora la compañía. Encontró gente buena, por eso tiene esperanza.

En una ocasión Emilio se enojó porque su papá le llamó la atención. Le dijo que él no tenía porqué gritarle, después de todo no era su papá y pidió que lo regresara al centro de asistencia. A lo que el papá le contestó un tanto desesperado: “Si eso es lo que quieres, así será”. Lo subió al coche. Mientras conducía, en silencio anhelaba que el hijo se arrepintiera, mientras el hijo esperaba que el papá hiciera lo mismo. Después de vivir los minutos más largos de sus vidas, se fundieron en un abrazo cargado de gusto y susto por haberse conocido. Eso es amor, ¿no creen?


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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