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Diálogo País / Top News / 18/12/2017

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 18 de diciembre de 2017

 

De chicos se nos enseñó a separar la Noche Buena de la Navidad.

Decía mi papá que una era cuestión de fe y la otra de mundanidad. Las dos de amor.

Extraño esos días. Supongo que son días de extrañar, claro, pero me hace falta realmente la separación de asuntos. Lo que es reflexión y lo que es fiesta.

Y eso que la señora Iglesia y yo no nos llevamos…

Foto: Gwenn-Aëlle Folange.

El 24, íbamos todos a Misa de Gallo, que en ese entonces era a las doce en punto. Muy orgullosos, escuchábamos a mi papá cantar Minuit Chrétien, que es algo así como “Es media noche, Hombre de Fe, es un momento especial”. Mi papá tenía voz de monasterio, de cantos antiguos, de rituales vikingos también. Cantaba solo, de pie entre los bancos. Había de hecho cambiado la letra de la canción, diciendo que Dios nos quiere de pie, no de rodillas.

Tampoco era fanático de la iglesia…

Luego, regresábamos a casa y había una cena sencilla, chocolate caliente y pan tipo brioche que hace mi mamá, rico, con olor a mantequilla. Mi papá ponía al niño Jesús en su cunita y ya, todos a dormir. Bueno yo vomitaba, el chocolate caliente me produce ese efecto, desde que lo huelo en la cocina. Vamos, si una vez vomité saliendo de misa, nada más de pensarlo.

Ya al día siguiente había regalos, abrazos, invitados y risas.

En casa se servían ostiones, que me hacen el mismo efecto que el dichoso chocolate, y unas salchichas extrañas de pescado, deliciosas. A veces morcilla de ternera, blanca, con puré de manzanas. Luego el pavo, claro, dorado y relleno de ciruelas, castañas y hierbas de olor, cebolla, ajo, estragón, pimienta. Y pastel de chocolate, siempre, uno que también hace mi mamá y que lleva nuez molida en lugar de harina. Crema chantilly, licores y café.

Venían amigos de mis papás. Reíamos y se prendía la chimenea.

Luego, el tiempo pasó. Los amigos dejaron de venir, la celebración se volvió a veces más solemne, otras más rutinaria.

La familia creció, el año pasado se puso la mesa en el patio, ya no cabemos en el comedor. Hay niños ilusionados otra vez.

Ya no comemos ostiones. Ni morcilla de ternera. Vaya, ni pavo.

Cambian los tiempos, cambian los gustos.

Foto: Gwenn-Aëlle Folange.

En las dos celebraciones, mi mamá ponía, sigue poniendo, una vela muy gruesa, roja, adornada con hojas verdes. La misma vela año tras año. Es la vela del ausente. Del que no está.

Por la razón que sea.

Quizás esté de viaje. O en otra casa. O de cascarrabias.

O enfermo. O muerto.

O en silencio de pelea eterna, que entre familias es el más duro.

O en un lugar que nadie conoce, perdió, desaparecido.

 

Al prender la vela se hace un silencio especial. Todos piensan en alguna persona, o en varias. Todos suspiran por dentro, que por fuera la sonrisa es obligatoria.

Y mandan un pensamiento de esos bonitos, llenos de nostalgia.

Llenos de La vida sigue.

Foto: Maryvonne Folange.

Este año digo muy alto que la vida no sigue. La vida es.

Llena de contradicciones, de noches solemnes seguidas de fiestas y brindis, de nostalgias y alegrías profundas, de velas prendidas y de tristezas.

Me atrevo este año a disfrutar profundamente el pastel de frutas, bañado de ron, la pasta cubierta de crema, el chicharrón de la botana, la presencia del mareado, la sonrisa de mis hijos, la mirada de mis hermanos, los chistes de mi madre, el cobijo de la familia.

Las flores de nochebuena estrenando colores y la manzanilla sencilla para remojar las ciruelas.

Y a los ausentes, les prendo una vela, muy roja, muy dentro de mí.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.






Luis López




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