Breaking

De acoso y lubricación

Diálogo País / Top News / 22/01/2018

SOMOSMASS99

 

ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry

Lunes 22 de enero de 2017

 

Hace unos 30 años, yo era la representante sindical de los maestros de primaria en la escuela en la que trabajaba.

Probablemente porque era joven y creía que el mundo se puede cambiar con palabras.

Y seguramente porque ninguno de mis compañeros lo quería hacer ya.

En secundaria la representante era una maestra de matemáticas. Ella llegaba siempre con carpetas llenas de números, ecuaciones tal vez, que el administrador ignoraba con un simple gesto de la mano. Finanzas contra matemáticas, un duelo viciado.

Recuerdo que una vez hicimos huelga. Una huelga chiquita, nada que ver con las de la UNAM.

Teníamos las manos atadas. En nuestro contrato estaba estipulado que podíamos ejercer nuestro derecho a huelga el primero de agosto. De todos los años.

Claro, cuando no hay clases.

Entonces optamos por lo simbólico.

Llegamos a trabajar vestidos de rojo y negro.

No sirvió de gran cosa, lo más relevante fue que estrené una blusita roja. Comprada en un almacén que pertenecía, pertenece, a las mismas personas dueñas de aquella escuela.

Pero el símbolo ahí estaba. No cambió nada, pero sí importó.

Igual que lo de las mujeres que se acaban de vestir de negro para su ceremonia de entrega de premios en los Estados Unidos.

Foto: Regeneración Libertaria.

Decir “No” es una prerrogativa del ser humano. A los perros y a las mulas los vamos arreando. También dicen que no, pero nadie escucha.

Recuerdo un beso robado. El único de mi vida, nunca he sido blanco de piropos en la calle, o de miradas furtivas, nunca se me ha insinuado nadie sexualmente. O tan poquito…

1985, año nuevo, fiesta en casa de desconocidos, todos bien chiquillos. Llega un chavo y le pregunta al mareado si me puede besar. Textual. Y el mareado dice que sí. Y me plantan un besotote en la boca.

¿Por qué no me encabroné? ¿Por joven? ¿Porque no me sentí agredida? ¿Por no captar que el permiso se me debía de pedir a mí y no a mi acompañante masculino, dueño de mi cuerpo por lo visto? ¿O porque el beso estuvo rico?

No sé. Ya no soy la que era, cualquier explicación tendría tintes de señora de casi cuatro décadas más que la chavita de aquella noche.

En cambio, hace dos años, sí exploté.

Estábamos con un doctor, de esos que asustan, porque agreden con cada palabra. El mareado sentadito a la izquierda, yo a la derecha, muy derechita, no me fuera el médico a reprochar mi postura. Tercera cita, a veces me tardo en decir No.

Y pregunta uno de los hombres, el que es doctor, al otro hombre, el que no es el paciente:

“Y ya lubrica bien su esposa?”

Sí entiendo que, como primer catador del asunto, el mareado puede opinar.

¿Pero qué no mi lubricación, o falta de, me pertenece?

¿Por qué me enojé esta vez?

¿Porque ya crecí?

¿Porque aquel beso robado se me quedó atorado en la garganta y en la memoria?

¿Porque ya sé más?

¿Porque mis problemas de lubricación sólo son una pequeña parte de mis problemas físicos?

¿Porque era una manera expedita de no regresar con ese doctor, especialista en insensibilidad? Emocional, no vaginal.

No calculo bien qué parte de mí se sintió agredida por ser mujer, propiedad de, y qué parte se sintió carne de matadero, sin importar el género. ¿Qué influyó más, mi feminismo o mi humanidad?

 

Otro ejemplo, vivido por mí, la misma que no recibe piropos, ni es por lo visto acosada ni deseada ni nada.

Metro de la CDMx. Perdida, claro… Entre mi pobre sentido de la orientación, mi vista deficiente y mi nerviosismo habitual cuando salgo sola, – por agorafobia, no porque soy mujer -, el metro me es un laberinto sin fin. Como lo es todo laberinto que se respeta.

Pedí instrucciones. Un señor propuso llevarme hasta mi destino, voy cerquita, no se preocupe.

Luego supe que el hombre me paseó por debajo de la tierra durante kilómetros que no venían al caso.

Subiendo las escaleras, muy amable, me puso la mano en la cintura. Para protegerme de tanta gente. Yo sabía que eso era falso, me incomodó terriblemente.

Pero no hice nada, no dije nada.

Cuando me dejó, en Av. Universidad, me preguntó si me podía besar. Y lo hizo. En la mejilla.

Y no hice nada, no dije nada.

¿Por qué?

¿Por qué me sentí tan mal, si finalmente, sólo hizo lo que hizo aquel chavo en año nuevo? Es más, me pidió permiso a mí, no a mi papá, o a mi hermano.

Identifico que no supe si realmente se estaba aprovechando tan gravemente como para armar un escándalo.

Identifico que el posible escándalo me dio miedo.

Identifico que tenía miedo por aquello del laberinto.

Identifico un miedo inexplicable para quienes no lo sienten.

Identifico que a veces, nos quedamos callados.

 

Hace unas semanas, encuentro de escritores en Papantla. Visita obligada del Tajín.

Yo, usando bastón porque así ha sido estos últimos meses, parada frente a la entrada, monumental. Los demás, comprando artesanía, admirando el lugar.

Un hombre, escritor, conocido mío, llegó, y me dio el brazo. Protesté, No, no es necesario, sólo te voy a atrasar, pero no le importó.

Y volamos, que el hombre no captó que yo no camino a velocidad normal.

Y no, no me sentí agredida.

Me sentí acompañada.

¿Por qué? ¿Porque lo conozco? ¿Por su mirada? ¿Por la obviedad de la naturaleza del gesto?

Foto: Ciencia Aplicada Doto.

No he logrado todavía definir la escala de la gravedad de un acoso, de una provocación. Los grados cambian según la necesidad que tengo de la presencia de quién me agrede. Según, por lo visto, de mis edades emocionales e intelectuales.

Todo es símbolo.

El lugar, la ropa, el gesto, la mirada.

No hay manera, digo yo, de estar de acuerdo en todo con unas, las gringas, o con otras, las francesas.

Todo es cuestión de vibra. Ni todo es acoso, ni todo es erotismo.

Y definitivamente, defenderse de un acosador, patrón, médico, abogado, maestro, novio, esposo, padre, madre, – hombre o mujer -, no es cuestión de feminismo.

Es cuestión de discernimiento, conveniencias, vivencias y momento.

A menos claro, que seas un niño, una niña


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Imagen de portada: Testimonio de Acoso Sexual en la Ciudad de México. | Dibujo: Gwenn-Aëlle Folange Téry






Luis López




Entrada Anterior

Solsticio de Invierno, aquello que se nos olvida

Siguiente Entrada

Los nuevos "Morenos"





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Solsticio de Invierno, aquello que se nos olvida

SOMOSMASS99   Redacción / SomosMass99 Ciudad de México / Lunes 22 de enero de 2018   La obra Solsticio...

22/01/2018