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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 9 de febrero de 2018
Desde finales de la Primera Guerra mundial (1918) hasta la disolución de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (1991), el argumento utilizado por el imperialismo norteamericano, con sus aliados y sirvientes, para mantener su dominio e intervenir en diversas regiones del mundo, fue la «amenaza» del comunismo, personificada principalmente por la Unión Soviética; en 1949 sumaron a China a la lista maligna. Al triunfo de su revolución (1959), Cuba fue convertida en parte importante de esa amenaza, sobre todo para la zona de América Latina y el Caribe.
A la caída de la Unión Soviética y el campo socialista de Europa oriental, fue necesario construir una nueva amenaza, encarnada esta vez por el terrorismo internacional y asociada a los países árabes, amenaza que enfrentaron con invasiones o intervenciones en Afganistán, Irak, Libia, Siria, entre otros países. En este lado del mundo, en Nuestra América, el malo de la película continua siendo Cuba; después del ascenso de Hugo Chávez a la presidencia de la república (1999), Venezuela fue incluida en esa lista.
Ahora, a casi tres décadas del inicio de la caída del campo socialista en Europa, el desvanecimiento de la amenaza terrorista árabe y, sobre todo, la pérdida de hegemonía de Estados Unidos en el terreno económico, con China, y en el militar, con Rusia y China, retoman a estos dos países y los convierten en los monstruos que quieren apoderarse de los recursos y las economías de los pueblos de Nuestra América.
Esa pérdida de hegemonía y la resistencia de amplios sectores de los pueblos a ser el «patio trasero» de Estados Unidos, trae nuevamente al escenario político latinoamericano y caribeño a la «Doctrina Monroe», reflejo del espíritu expansionista de ese país desde que las trece colonias se independizaron de Inglaterra.
Es en el contexto de esa doctrina que Estados Unidos fundamenta su trato a nuestros países. Se sienten con el derecho de imponer su visión del mundo y sus intereses a los demás; tienen el descaro de descalificar a quienes no comparten su distorsionada concepción de democracia y libertad y, lo que es más grave, abierta y directamente promueven el derrocamiento de gobiernos que se oponen al dominio imperial, como son los casos de su injerencismo en Venezuela y el bloqueo a Cuba.
Fue en ese contexto que el secretario de Estado del imperio, Rex Tillerson, realizó una reciente gira por algunos países latinoamericanos, cuyos gobiernos son dóciles sirvientes del grupo dominante y gobierno norteamericanos y de las clases dominantes locales. No fue casualidad que poco antes del inicio de ese viaje expresara:
«[…] algunas veces olvidamos la importancia de la Doctrina Monroe y lo que significa para nuestro hemisferio por lo que creo que es hoy tan relevante como cuando se escribió».
Ante la declinación de Estados Unidos como gran potencia, sobre todo como la única, y el despertar de los pueblos en América Latina y el Caribe, quieren espantarnos con los rusos y los chinos que vienen a despojarnos de nuestras riquezas, cuando en realidad el temor del imperio es en el sentido de que nuestros pueblos recuperen lo que ellos nos han usurpado desde que se independizaron y se sintieron con derechos sobre todo el continente.
Lo obvio es que los gobiernos de ese país, incluido el actual, no tienen la más peregrina idea de lo que son los pueblos de América Latina y del Caribe, no obstante el dominio que han ejercido sobre ellos con el único fin de despojarlos de sus recursos. Quizá por ello, cuando en una época se hablaba de la política del buen vecino entre México y Estados Unidos, alguien dijo que nosotros éramos los buenos y ellos los vecinos.
* Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Rex Tillerson, secretario de Estado de los Estados Unidos. | Foto: Pixabay.
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