SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 12 de febrero de 2018
Uber
Décimo viaje en tres semanas.
Ya me harté de las preguntas obvias para iniciar conversación: ¿Y cuánto tiempo lleva en esto? ¿Y qué hacía antes? ¿Y el coche lo trabaja usted o es de otra persona?
Las respuestas son enriquecedoras: Llevo dos años, antes trabajaba en una fábrica, pero ya cumplí 55, ya no me dieron plaza. Sólo es un rato, estoy ayudando a un amigo, como tres meses, aprovecho que mis hijos están en la escuela. Tengo otro trabajo, éste es para la noche, trabajo en un banco y luego esto, no veo a mis hijos. Es muy bueno, trabajo cuando quiero, tengo tres departamentos, el mantenimiento sale caro…
Pero hoy no me nace preguntar.
Llevamos diez minutos, el waze dice que serán más de dos horas. El coche huele raro, a avestruz asoleada. Y estoy cansada.
El hombre que va manejando trae una playera café, yo, mil bufandas y abrigos. Claro, él está trabajando desde hace horas, yo no.
Y que se suelta a hablar él.
Mismas preguntas, pero sentido contrario: ¿Usted qué hace? ¿Viene de trabajar o de pasear? ¿Por qué hasta acá?
Y sale la plática. Todos se emocionan mucho cuando digo que soy escritora, y luego se apachurran cuando les explico que mis libros no se venden en librerías, que soy chiquita, muy chiquita.
Fluye la conversación: ¿De qué escribe?, ¿Cuál libro le gusta más?
Y que me lanzo a hablar de SomosMass99, el periódico que publica mi columna. Le explico el orgullo y la presión. Le hablo de cómo escojo mis temas.
Y el hombre no se pone a llorar. Ni a gritar. Baja la voz.
Cierro la ventana, es más importante oír para escuchar que morir en el tufo del avestruz.
Quiere que hable de él, o de hombres como él.
Su primera mujer lo golpeaba. Severamente. Lo maltrataba emocionalmente. Él era en ese entonces un hombre de unos treinta y algo, ella, una chavita.
Pero no es eso lo que él quiere denunciar. Total —dice—, me fui, me separé, formé otra familia, mi hijo no me lo deja ver, pero es como pan de todos los días para mucha gente, ¿sabe?
No.
Quiere que cuente su visita al MP.
Cómo fue llegar y decir en voz alta, frente a todos, lo que le estaba pasando. Notar las miradas escépticas, y luego las sonrisas burlonas. Quedarse sentado horas en medio del barullo y de los chistes procaces. Vamos, hasta la señorita que recoge identificaciones lo mira de reojo cada tanto, incrédula.
Quiere que diga su miedo primero, el miedo de que su mujer se entere. Su vergüenza, tantita, al explicar que es, según los cánones de nuestra sociedad, un dejado, un cobarde.
No nada más le pega su mujer, pero necesita, además, denunciar para poderse defender.

Quiere que diga su angustia al ver que pasan las horas y que nadie se le acerca. Angustia que muda de piel varias veces hasta ser sólo tristeza profunda.
Quiere que diga que tuvo hambre y sed, pero que se quedó sentado, esperando su turno.
Y quiere que diga el peso de sus piernas cuando decidió dejar el lugar.
Me recuerda el día en que golpearon a Anita, la señora que hace el aseo en casa. El novio. En el estacionamiento de un centro comercial. Después de cuidarla, limpiar sus heridas y darle mil abrazos, el mareado la llevó al MP.
No, señor, en estos casos se necesitan siete testigos.
Los cuales no consiguieron.
Pero eso es lo de menos.
La señora Anita dejó al golpeador. Salió de ese círculo de violencia.
Podría servir de lección formativa: ¿Cómo deshacerse de una situación que consideras embarazosa, de poco interés, o posible fuente de líos… para ti?
Ignorar voces e imágenes.
Exigir pruebas inalcanzables.
Recibir denuncias en un MP.
Gracias a la Maestra y Editora Ana María Sacristán por revisar este texto.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imágenes de portada e interiores: Pixabay.
Comparte en Facebook
Twittéalo








