SOMOSMASS99
Alfonso Díaz Rey*
Viernes 2 de febrero de 2018
Un espacio común al que cotidianamente acudimos sin darle mayor importancia es la calle. Ese territorio que en los asentamientos humanos donde impera un mínimo de racionalidad comunica nuestros espacios con los de otros y es, en ocasiones, un elemento de identidad en algunas comunidades. Es también un lugar de convivencia.
Aun cuando es un espacio de comunicación no es exclusivo para vehículos, como intentan hacernos creer; como espacio común pertenece a todos por igual, es un área pública, por tanto, del pueblo.
Igual que las plazas públicas, es también el lugar donde la población manifiesta su admiración por personajes relevantes en distintas ramas del quehacer humano, el respeto por los símbolos propios de su identidad y, también, sus acuerdos o desacuerdos con las acciones de gobierno y la conducción política de la sociedad.
Cuando en una sociedad la propaganda de quienes tienen el poder y el gobierno pinta una realidad diferente a la que vive y padece el pueblo, la calle y las plazas públicas se convierten en espacios de protesta y hasta de lucha por reivindicaciones para cambiar esa realidad por una que favorezca a la mayoría de la población. En este caso la calle se torna un espacio estratégico.
A este último escenario teme el grupo en el poder, razón por la que intenta, utilizando todos los medios a su alcance, quitarnos las calles, desmovilizarnos, desunirnos y evitar que nos organicemos, cosa que en parte ha logrado debido a la enorme atomización y desarticulación de los movimientos sociales y populares, a la incapacidad para llegar a acuerdos que vayan más allá de las cuestiones inmediatas o contestatarias y a la prevalencia de intereses particulares y de grupo.
Ante esta situación surge la necesidad de crear mecanismos de articulación que, con base en coincidencias y el mayor respeto a individuos y organizaciones, puedan conducirnos a la elaboración de un programa que contemple las necesidades y refleje los anhelos de amplios sectores sociales, incorpore sus demandas y, algo importante, tenga metas y objetivos alcanzables. Este programa, en la medida en que vincule y convoque a la mayor cantidad posible de compatriotas, será el elemento alrededor del cual se desplieguen esfuerzos por objetivos comunes que puedan conducirnos a transformar una realidad que en estos momentos nos es adversa.
Esos mecanismos de articulación, como parte de un complejo proceso social, pueden iniciar con formas de apropiación de espacios que pudieran parecernos intrascendentes, como la calle en que vivimos, la pequeña plaza o parque públicos de nuestra comunidad, nuestro barrio, etc.; el sólo hecho de que como pueblo nos apropiemos de ellos, abrirá un horizonte de las posibilidades que ofrece la organización con claridad de objetivos.
De esa manera estaríamos ejerciendo una facultad que pertenece únicamente a los pueblos: la soberanía. Y una vez entendida ésta podríamos, dentro de ese complejo proceso social, intentar apropiarnos, además de las calles y plazas públicas, de nuestras comunidades, regiones y de nuestro país, para definir y crear colectivamente las condiciones en las que construiríamos una sociedad que pueda vivir con dignidad, equidad, justicia y felicidad.
Cuando el pueblo se apropia de las calles y las plazas, el poder tiembla.
*Alfonso Díaz Rey es miembro de la Constituyente Ciudadana Popular y del Frente Regional en Defensa de la Soberanía en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Pixabay.
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