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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 12 de marzo de 2018
Renuncio.
Otra vez, como todos los años en marzo.
El Día Internacional de la Mujer debería llevarme a hablar, a actuar, tantito más que de costumbre.
Pero las felicitaciones que recibo me llevan más bien a morder.
A ver si para la próxima felicitan a mi amigo Pablo por tener cáncer.
O a Ana por tener fibromialgia. A Alex por la porfiria. Y a su vecino por la diabetes.
¿Le sigo?
Lo peor del asunto, es que me parece que mordería a más mujeres que hombres…
Y luego está la larga lista de los hombres que se quejan porque a ellos no les toca un día tan especial.
Para empezar sí lo hay, es el 19 de noviembre. Y se busca lo mismitito que el 8 de marzo: igualdad, cero discriminación por género y reconocimiento de participación, buena y bonita, en la sociedad.
¿Que no se le hace tanto ruido? Ya sé.
¿Será porque los hombres maltratados, torturados, violados y asesinados, no lo son por su género?
¿O porque son menos los que sufren discriminación de género?
¿No ven que van de gane?
Renuncio entonces a explicar.
La que sí quiero explicar es una mujer que nació un 8 de marzo.
Que habría cumplido más de 90 años el jueves si su cuerpo no se hubiera cansado de funcionar.
Fue de las primeras que se animaron a parir sin dolor, sólo respirando. De las que trabajaban y corrían, con cuatro hijos, y la casa, y el marido, medio tradicional el hombre. De las que, a los 70 años, todavía esquiaba sobre el agua y lucía su traje de baño azul, el que combinaba con sus ojos.
De las que nos alentaba a todas, éramos varias, a seguir moviéndonos, a salir de casa. A pensar, aunque fuera haciendo sudokus. De la que se pintaba los ojos, tantito, y llevaba el cabello muy corto, fue de las primeras en cortarse el chongo tradicional de tiempos pasados.
De las que dejó un día a toda la familia sin comer. Se sentó en la sala de su casa, con una revista en la mano, y no se levantó. Todos pasaban y murmuraban, vamos hasta el marido. Y no, no hizo la comida, porque consideraba que no le tocaba a ella todo lo del hogar, porque nadie daba las gracias, y porque la mujer no debía ser esclava de las “labores femeninas”. Pero sobre todo, creo, porque ya nadie la veía, en su casa.
De las que trabajaban fuera de casa por un sueldo. Que ayudaba a mantener casa, hijos, coche y vacaciones. De las que no levantaba la mano en las juntas porque le daba flojera, “Siempre es lo mismo, lo quieren cambiar todo, y luego se dan cuenta de que no funciona”.
De las que parió entonces a 4 hijos, respirando nada más, y diciendo años después que eso del parto sin dolor era una falacia, que se debía llamar parto sin anestesia. Orgullosa sí, pero ingenua no.
Y la misma que parió un quinto hijo, o mejor dicho una primera hija, a la que le quitaron porque no estás casada, así es mejor. ¿Parto sin dolor?
El 8 de marzo es, fue, el cumpleaños de esa mujer. No la llamé, hace años que no se puede usar el teléfono para hablar con ella, cosas de la vida y de la muerte.
Ella me enseñó a leer, a escribir, vamos, hasta a bordar.
Con ella aprendí a ser maestra después. Y quiso que me trepara a sus esquíes, pero no me dejé.
Aunque no, nunca aprendí a no levantar la mano en las juntas.
8 de marzo, cumpleaños de mi maestra de primaria, luego colega, siempre amiga.
8 de marzo, gotita de tiempo en los días que llenan los años y las vidas.
8 de marzo, día en que las mujeres se ponen de pie y hablan fuerte, muchas, mirando a las que actúan todos los otros días del año, ignorando la fuerza propia.
8 de marzo, día en que me controlo para no morder a la gente bienintencionada…
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Dibujo La Madre Muerde / Autor: Hendrik Lentz.
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