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¿Juventud violenta o juventud agredida? Unidas de manera indisoluble

Diálogo Estado / Top News / 14/03/2018

SOMOSMASS99

 

Esther Sanginés*

Miércoles 14 de marzo de 2018

 

La agencia informativa del CONACYT publicó un artículo escrito por Génesis García Portayo, con el nombre “Juventud violenta y como resolverlo”[1], basado en una entrevista a la investigadora Elena Azaola Garrido que se ha especializado durante 40 años en los temas de violencia y criminalidad; ha estudiado la participación de las mujeres y los jóvenes en “conductas delictivas, políticas de seguridad, instituciones carcelarias y de policías”. Parte de un hecho: la violencia registrada, esa que se denuncia y se persigue, ha ido creciendo en México. Según el Banco Mundial la “tasa de homicidio juvenil se triplicó” de 2008 a 2010.

La doctora Azaola ha trabajado con “adolescentes en conflicto con la ley”, aquellos que están en la cárcel por haber cometido delitos graves o violentos. La investigadora y su equipo buscaron testimonios de las circunstancias vividas en el entorno de los jóvenes que los llevaron “a cometer delitos violentos por los cuales están culpados”, y explicaron algo que parece obvio, pero que no lo es “… un niño o niña que ha crecido en pobreza y con difícil o nulo acceso a educación de calidad y oportunidades que le permitan involucrarse en actividades productivas que fomenten su sano desarrollo, tiene una probabilidad alta de envolverse en un círculo de violencia que continuará en su vida adulta”.

También Azaola comunica que de acuerdo con las neurociencias, el cerebro termina de desarrollarse a los 20 años y que mientras este proceso “se mantenga vigente, los adolescentes presentan una serie de características que los hacen influenciables, maleables, todavía no tienen un pleno control de sus impulsos, son susceptibles a dejarse llevar por sus pares y no comprenden la trascendencia de sus actos en el largo plazo”. Esta certeza la lleva a concluir que la mayor proporción de los delitos en el mundo entero “recae” entre la población de adolescentes y jóvenes hasta los 29 y 30 años. Probablemente lo más interesante de su investigación sea la denuncia de lo que pasa cuando esos adolescentes ingresan a los circuitos de la justicia. Reproduzco:

“… en la primera etapa, que es la infancia, los niños estudiados han estado expuestos a múltiples circunstancias de vulnerabilidad, ya sea porque están en situación de pobreza, comienzan a trabajar desde pequeños, los padres tienen bajo nivel educativo, hay consumo de alcohol y drogas en la familia y los chicos siguen ese patrón o porque los padres u otros familiares han estado en prisión. A veces son niños que ya nacen en una familia que está metida en la delincuencia y de manera natural ingresan a esa actividad porque ya está en su entorno”.

Tienen razón cuando en el artículo escriben: “De acuerdo con la investigadora, mientras existan grupos delictivos que necesitan una mano de obra o reclutar a un ejército a su servicio, los jóvenes son mucho más susceptibles para ser involucrados por estas mismas características propias de la edad”. Mi cuestionamiento es que los líderes de esos grupos delictivos están libres.

A pesar de las fallas metodológicas del estudio, me parecen muy valiosas la conceptualización y algunas conclusiones: “Nosotros llamamos a las características de esa etapa vulnerabilidad primaria, lo que es muy lamentable es que encontramos que una vez que ellos entran a estas instituciones de justicia, los chicos son tratados mal por la policía, hay altos índices de violencia o tortura hacia ellos, lo que les deja severas huellas por los malos tratos de las autoridades”.

“Además de los malos tratos hacia los chicos, existe el hecho de que muchas de las instituciones penitenciarias no cuentan con los elementos suficientes a nivel material y humano que les permitan tener apoyo y salir adelante”. Las instituciones penitenciarias no les proporcionan ningún apoyo para salir del círculo en que se encuentran, no reciben educación, ni tienen programas que los capaciten para un trabajo u oficio, salen de la cárcel sin completar el nivel de estudios que les corresponde y con pocas habilidades para valerse por sí mismos de forma lícita, así que el delito vuelve a ser su opción de vida.

“La especialista mencionó que muchos de estos chicos tienen severos problemas por causa del abandono familiar o por la violencia sufrida en ese núcleo, además de toda una serie de desventajas y circunstancias de vulnerabilidad que cuando se topan con las instituciones de seguridad y de justicia, en lugar de resolver sus conflictos, se origina una vulnerabilidad secundaria”.

“Esta se suma a la vulnerabilidad primaria que ya tenían y estos chicos sí están en mayor riesgo de arraigarse en una carrera delictiva porque no están encontrando los elementos que ellos deberían tener para salir adelante en las instituciones que deberían proporcionárselas”.

Voy a referirme ahora a algunas fallas metodológicas. Sí, la forma como nos presentan el artículo tiene varios errores fundamentales que un investigador que vaya más allá del sentido común debe cuestionarse.

Por supuesto que lo que dice la investigadora es cierto, pero es una verdad a medias, pues la pobreza tiene una larga historia y no explica el crecimiento exponencial de la violencia.

Primer error del artículo, en él se generalizan conclusiones cuando el estudio sólo consideró a los delincuentes que están en las cárceles.

Segundo error, para generalizar conclusiones debieron haberse considerado la cantidad de delincuentes que no pisan los reclusorios porque o tienen más experiencia en los delitos o están amafiados con los policías y el sistema judicial.

Para generalizar conclusiones, además de estudiar a quienes están en la cárcel debió haberse investigado la cantidad de delitos que quedan impunes.

La investigación sería válida si redujera las conclusiones al ámbito de la población estudiada, por ejemplo si nos dijera:

Cuando un niño o niña “que ha crecido en pobreza y con difícil o nulo acceso a educación de calidad y oportunidades que le permitan involucrarse en actividades productivas que fomenten su sano desarrollo”, comete un delito, tiene una probabilidad alta de ser detenido por la policía y envolverse en un círculo de violencia que continuará en su vida adulta.

Aun así habría que matizar, ¿cuánto es una probabilidad alta? como no nos dice cuál es la probabilidad, tendríamos que especular. ¿Se trata de un 10, un 20, un 50 o un 70% de probabilidad? Una probabilidad alta puede significar que muchos jóvenes que han crecido en ese medio y con esas características están en riesgo de convertirse en delincuentes, pero muchos otros no. ¿Cuántos a pesar de tener todo en contra tienen probabilidad de no ser delincuentes? Conocemos muchas historias de jóvenes que han remontado sus orígenes.

Un problema grave es que si se ve a los niños y jóvenes en condiciones de pobreza y violencia como futuros delincuentes y así se les trata, se les está programando para ello. En estas condiciones los jóvenes que ingresan a la cárcel, violentados, torturados, sin alternativa, al ser liberados continúan con una vida de violencia y delitos mayores. Más terrible es que se crea un estereotipo del delincuente, el joven pobre, moreno, no importa si es estudiante o trabajador y se le etiqueta como sospechoso.

Cuando aceptamos ese estereotipo nos convertimos en cómplices de la criminalización de los jóvenes, de que se condene y torture a inocentes a partir de criterios racistas y clasistas, como en el reciente caso del joven estudiante Marco Antonio Sánchez Flores, donde se manifestó en toda su crudeza la delincuencia policiaca. Curiosamente, uno de los mejores análisis fue publicado en el diario español El País [2].

Y surgen algunas preguntas, ¿de verdad son ellos los que cometen la mayor parte de los delitos? O, ¿son a ellos a los que se persigue y se consigna?

En México los grandes delitos, como las desapariciones forzosas, los asesinatos selectivos, la trata de blancas, los secuestros, la extorsión; quedan impunes en la mayor parte de los casos. Lo grave es que en el artículo se hacen conclusiones generales, sin considerar la impunidad de los más grandes delincuentes del país ni la complicidad de las autoridades. Ni tampoco de los delincuentes que andan sueltos, aquellos que condenan y dejan salir.

La investigación social es compleja, para validar resultados se requiere darle la vuelta a las primeras conclusiones y a las preguntas, es necesario superar el sentido común aunque se parta de él.

Los que trabajamos en investigación no podemos olvidar la reflexión de Ernesto Sábato: “El mundo de la experiencia doméstica es tan reducido frente al universo, los datos de los sentidos son tan engañosos, los reflejos condicionados son tan poco proféticos, que el mejor método para averiguar nuevas verdades es asegurar lo contrario de lo que aconseja el sentido común” [3].

Lo terrible es que las cifras de la violencia en México son escalofriantes, que la inseguridad y la impunidad van de la mano; es indispensable actuar y organizarnos. Como ciudadanos nos toca trabajar para reconstruir el país, para dejar de culpar únicamente a los jóvenes pobres y a los adolescentes de una situación que ellos no han generado. No olvidemos el poema atribuido a Bertolt Bretcht, pero que parece ser de Martin Niemöller [4].

Por mi vinieron: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista,/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista,/ Cuando vinieron a buscar a los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío,/ Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.”


[1] Gatica Portayo Génesis, “Juventud violenta y como resolverlo” en Revista Virtual CONACYT, Agencia Informativa, México, Enero 2018, http://conacytprensa.mx/index.php/ciencia/humanidades/19155-juventud-violenta-y-como-resolverlo

[2] https://elpais.com/internacional/2018/02/05/mexico/1517851970_655791.html

[3] Sábato Ernesto, “El Sentido Común” en: Chávez Arredondo Nemesio, Compilador, Todo por saber. Ensayos de cultura científica, México, UNAM, 1999, p.213.

[4] Sordo Medina Jesús, Bertolt Brecht: «Y por mi vinieron…», por Martin Niemöller, pastor protestante, http://www.homohominisacrares.net/php/articulos.php?num_revista=16&cod_articulo=137

* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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