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Nuestro viacrucis

Diálogo Global / Top News / 28/03/2018

SOMOSMASS99

 

Agustín Ramírez*

Miércoles 28 de marzo de 2018

 

Según el rito tradicional y más ampliamente practicado, son catorce las estaciones con las cuales está marcada la ruta que recorrió Jesús para llegar al Monte Calvario y finalmente ser sepultado. Cada episodio representa un acto en el que se pone de manifiesto alguna debilidad o virtud del ser humano. El Viacrucis lo vemos siempre de manera ilustrada en las paredes de todos los templos católicos y es el rezo común el viernes de la Semana Santa. Asimismo, alguna o varias de sus estaciones han sido adaptadas para su escenificación ese mismo día en los templos y sus alrededores.

Guardando las proporciones debidas, todos vivimos nuestro Viacrucis individualmente, en algunos casos de manera más sufrida y en otros de forma más llevadera. A la vez, como parte de una colectividad, quienes vivimos en uno u otro país padecemos colectivamente las penurias propias del nivel de desarrollo y organización que como sociedad hemos sido capaces de alcanzar.

En el Viacrucis tradicional, la primera estación corresponde al evento en el que Jesús es enjuiciado y sentenciado a muerte. Ese acto nos hace recordar el estado actual del sistema de justicia en México. Las procuradurías, las agencias del ministerio público y las barandillas policíacas se caracterizan por el burocratismo, la corrupción y la insensibilidad con quienes viven la desgracia de involucrarse en problemas judiciales.

Uno de los preceptos fundamentales del derecho internacional moderno es el de la presunción de inocencia, según el cual todos somos inocentes mientras no se pruebe nuestra culpabilidad en la comisión de algún delito. En México este derecho se encuentra asentado en la leyes pero en su aplicación es poco menos que letra muerta. Como un ejemplo de la discriminación, la indolencia y la injusticia con las que se aplican las leyes en México, tenemos el caso de las tres indígenas otomíes del vecino estado de Querétaro que fueron sentenciadas a 21 años de cárcel por haber secuestrado a seis agentes de la desaparecida AFI. Después de soportar injustamente 37 meses de cárcel, Jacinta Francisco Marcial fue finalmente liberada sin establecerse algún medio para la reparación del daño que se le ocasionó debido a esa prolongada e injusta detención, mientras que Alberta Alcántara Juan y Teresa González Cornelio continuaron en la cárcel seis meses más. Tuvieron que transcurrir casi once años después de su injusta detención para que el Procurador General de la República en 2017 se viera obligado a pedir disculpa pública y reconocer la inocencia de las tres mujeres.

La piedad, la gratitud y la solidaridad se manifiestan en el Viacrucis en la ayuda espontánea que a Jesús le proporcionó Simón el Cireneo al llevar la Cruz a cuestas durante una buena parte del trayecto. Hoy entre nosotros lo que predomina es el egoísmo y el individualismo, el afán de triunfo a toda costa, importando muy poco el interés común. Los resultados están a la vista, la sociedad profundamente dividida por la enorme desigualdad que impide la búsqueda y el establecimiento de un proyecto de nación en el que todos podamos convivir en armonía. En el pecado estamos llevando ahora la penitencia, la grave y creciente inseguridad que actualmente predomina es la consecuencia de esa división tan acentuada.

La generosidad está presente en el Viacrucis en todo momento, pero se refleja con mayor intensidad en aquella estación en la que Jesús expresa palabras de consuelo para las mujeres que se lamentan y conduelen por el martirio al cual él es sometido. En estos tiempos, en México, la generosidad y la humildad están completamente ausentes en los individuos que se han encumbrado tanto en los cargos públicos como en las grandes empresas de todo tipo. Nuestro país es uno de los que tienen mayor potencialidad de crecimiento y desarrollo. Nuestros recursos naturales, nuestra posición geográfica y geopolítica, las condiciones climatológicas imperantes en nuestro territorio y la energía de un pueblo noble y trabajador son condiciones que históricamente han sido desaprovechadas debido a la mezquindad y codicia de unos cuantos.

En esta época, nuestro Viacrucis lo debemos sentir todos en la pobreza extrema que aqueja a decenas de millones de mexicanos1; en el desaliento y extravío que conduce a una buena proporción de nuestros jóvenes a tomar el camino del alcoholismo, la drogadicción y las actividades criminales; en las severas enfermedades crónico-degenerativas que tienden a extenderse entre nuestros adultos mayores y nuestros niños; en los dañinos efectos de la criminalidad que se vive de manera desenfrenada en buena parte de nuestro país; en la ausencia de alternativas viables de solución que desde  hace un buen tiempo ha provocado el éxodo de muchas familias mexicanas hacia otros países.

El Viacrucis tradicional termina con la estación en la que Jesús es sepultado. En la versión moderna, instaurada por Juan Paulo II en 1991, se ha agregado aquella estación en la cual Jesús resucita de entre los muertos. En estos dos episodios la virtud fundamental es la Fe. Esta debe ser ahora nuestra principal fortaleza. Fe en el ser supremo, cualquiera que éste sea, para todos los creyentes. Pero, también y quizás más importante en estos momentos, Fe en nosotros mismos.


[1] Entre 2008 y 2016 la pobreza en México aumentó 3.9 millones de personas, al pasar de 49.5 a 53.4 millones de pobres (Fuente CONEVAL, www.coneval.org.mx/Medicion/Paginas/PobrezaInicio.aspx)

* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Foto de portada: Ben Kerckx / Pixabay.






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