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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 10 de abril de 2018
“Si hay algo intenso en la vida es la maternidad”. Este pensamiento apareció en mi mente hace un año aproximadamente, resultado de una jornada laboral y editorial.
Por la mañana estuve facilitando un taller intensivo, cuyo objetivo fue proporcionar herramientas de Disciplina Positiva al personal de una institución educativa, en su mayoría mujeres. En dicho espacio las participantes no sólo se conectaron con su labor en el aula, sino también con su labor como madres.
Al autoanalizar y autoevaluar su práctica materna, aparecieron infinidad de sentimientos. Dos de estos con intensidad: culpa e inseguridad, sentimientos que gracias a su adecuada gestión, se convirtieron en aliados del buen trato: el primero terminó siendo una brújula para la reparación del daño y el segundo en el motor para apropiarse de métodos basados en la comprensión del ser humano, sus necesidades y derechos, así como en los aportes que las ciencias humanas han hecho en las últimas décadas.
De ahí me fui a la presentación del libro “Letras de Legrac”, un libro sobre psicoterapia grupal y salud mental. La exposición de mi colega Daniela Garibi me volvió a conectar con la complejidad y la intensidad de la maternidad. Si las dudas, incertidumbres, ansiedades y sentimientos mostrados por las mamás y maestras del taller de la mañana ya eran fuertes, las de éstas subieron unos escalones más: “Así es el autismo… es como una ventana donde ellos se asoman a veces y tú tienes que estar ahí, para no tratarlos como a un mueble”, botón de muestra de las múltiples implicaciones expuestas por Garibi acerca de la crianza de un niño o una niña con dicha condición.
“Estar ahí… siempre, esperando que se asomen”, qué labor. Tener un hijo o una hija que no responde a los mimos y sonrisas, o responde muy poco, y aun así no desertar del rol es un acto de gran valor (en las dos acepciones de la palabra: valioso y valiente).
Saliendo de la presentación de “Letras de Legrac” llegó a mis manos el libro “Matrices”, de la psicóloga Lilia Martínez—la cual me concedió el honor de agregar un comentario a su obra—. Se trata de monólogos de mujeres acerca de su maternidad, donde encontré un escalón más en la intensidad de la vivencia maternal.
“Me gustaría formar parte de grupos de chats y hablar con otras mamás sobre colegios, berrinches, lactancia, sobrepeso, las salidas con amigas, el marido… Pero no, yo puedo contarles de visitas al hospital, de los incontables pinchazos en sus brazos y las cicatrices en su cuerpo; todo en busca de una cura que no llega y en la que tengo puesta mi vida”, dice una de estas mamás cuyo hijo fue diagnosticado a los dos años de edad con “un mal genético que lo apagaría poco a poco hasta hacerlo morir”.
“Podría compartir”, continúa, “recuerdos amargos de los niños que no juegan con mi hijo, de los sitios y actividades donde no puede participar porque necesita cuidado especial. Puedo describir las miradas de extrañeza, reproducir las palabras de rechazo que recibe día a día, porque lo consideran ruidoso; puedo hablarles del club que tenemos él, sus juguetes y yo”.
¿Existe algo peor que ver morir a tu hijo? Sí: morir antes que él cuando tiene una enfermedad terminal o una condición del tipo, autismo: “Nosotras vemos las leyes naturales de un modo un poco diferente de cómo las ven otras mamás. Muchas de ellas anhelan ver crecer a sus hijos y no les asusta el paso del tiempo; en nuestro caso hay una sensación de no tener permiso para morir. Nosotras compartimos un deseo: vivir un día más, es decir, morir un día después de que nuestros hijos mueran, y dejar la vida con la certidumbre de que pudimos cuidarlos y acompañarlos hasta el final; un día más para decirles adiós”. Uf.
La complejidad e intensidad de la maternidad apareció en mi mente a unos días de una fecha que me genera mucha ambivalencia: el 10 de mayo, Día de las Madres. Una conmemoración de un día, en un país, en una sociedad que no les garantiza las condiciones para dicho ejercicio durante todo el año.
La maternidad, una función de la que depende la civilización, un trabajo que exige muchos recursos para su ejercicio y que hoy no son una constante, un rol al que no debería depositársele la responsabilidad exclusiva del cuidado, sino que debería estar en equilibrio con la asunción de la paternidad respectiva, y contar con toda una red de otras mujeres, hombres e instituciones activas, una actividad que no debería ser individual sino comunitaria, social, y reconocida con acciones, programas y políticas públicas suficientes, no sólo con conmemoraciones fugaces.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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