Breaking

¿Cómo respiran los muertos?

Para Ver, Oír y Comer / Somos Audio / SOMOS PALABRAS / Top News / 30/05/2018

SOMOSMASS99

 

Jorge Omar Muñoz Martínez

Miércoles 30 de mayo de 2018

 

Jorge Omar Muñoz nació en León, Guanajuato, el 9 de octubre de 1994. Es egresado de la Facultad en Cultura y Arte de la Universidad de Guanajuato y estudiante del seminario en creación literaria Xavier Villaurrutia. Ha publicado cuentos en revistas locales como el Canto del ahuehuete y ganado un segundo lugar en el concurso literario Espiral en Guanajuato capital.





¿Cómo respiran los muertos?

La víspera de la fiesta de los alzados en el pueblo de San Bartolo es de los días más distintos que tienen a lo largo del año. La vida da señales de actividad cuando las chimeneas comienzan a escupir humo al cielo y el olor a guayabas cocidas impregna los patios de las casas abiertas. El sonido de las campanas de la parroquia inaugura las mañanas, que al escucharse a lo lejos, simula a un murmullo que trae el viento. La cercanía del pueblo con el cerro del Mictlán hace que el frío se disperse entre las calles, sin impedir que la gente deje de colocar hilos de banderines de poste en poste. Mientras que el ruido que hacen las camionetas cuando las encienden asusta a los chivos que corren por el pueblo como si fuera un gran corral.

La primera vez que vine aquí, la gente miraba a los foráneos con recelo. Se secreteaban y procuraban eludirlos aunque tuvieran que rodear una cuadra. El miedo parecía escurrírseles por la mirada. No los culpo, para esas fechas había muerto Salomé, la hija del alcalde. Cuando eso sucedió las personas desconfiaban de todos. Nadie sabía con exactitud cómo desapareció o cómo murió, y si alguien sabía algo, nadie se atrevía a preguntar. No hubo declaraciones, pues el alcalde desapareció sin dejar rastro. El cuerpo de la mujer apareció tres días después, flotando en un maizal a 8 metros del suelo.

Una panadera no paraba de sonreír cuando le preguntaba por los sucesos de aquellos días.

– ¿De verdad no sabes nada? – Le pregunté a la mujer-

– Es que el que sabe contarlo mejor es mi abuelo. Mire, si me espera un rato, lo llevo con él.

Cuando me dijo eso me atuve a mi experiencia como periodista para saber que el “rato” de un comerciante involucra un rango de tiempo indeterminado. Dejé de esperarla después de media hora. (Error que aclaré al final de esta nota).

Pese ser las once de la mañana, los puestos de buñuelos ya atiborraban las aceras que daban al centro del pueblo. Pude alcanzar a distinguir a algunas personas con las cámaras fotográficas desenvainadas, credenciales que los avalaban como extranjeros y, desde luego, eran el estímulo que necesitaban los comerciantes para afinar sus gargantas y ganar dinero: “¡Pásele!”, “¡Si hay, si hay!”, “¡Mira que sabrosos están, güerito!”; eran las voces que alborotaban aquella calle. Por esa misma zona está la casa de don Alfredo, el embalsamador. Su esposa me recibió y me condujo por el interior de su casa hasta un lugar que quizá hasta hace poco había llamado jardín. Aún podía distinguir el pasto pugnando por sobrevivir en un pedazo de tierra donde ahora se erguía una choza de cemento. La penumbra era absoluta en el interior, pues las ventanas estaban cubiertas por unas mantas negras. La poca luz que había ahí era gracias a los azulejos, que reflejaban la luz del exterior por algunos hoyos en las mantas. Don Alfredo prefiere no tener focos y trabajar con poca luz. Pretende que cuando menos por un instante, los muertos puedan sentir lo que antes era estar bajo tierra. Su presencia es fácil de notar: sus pants y chamarra verde fosforescentes semejan un anuncio de luz led que uno podría ver a kilómetros de distancia. Está entusiasta y responde a todo con una sonrisa de oreja a oreja.

– (GR) ¿Siempre se ha ganado la vida de esta manera?

– (A) Antes vendía huevitos y leche, pero en una sequía se me fue todo mi ganado. Perdí tanto que la cantidad de animales que enterré me hizo bueno con las cosas muertas.

– ¿Es más difícil colocar a un muerto en el cielo en vez de en la tierra?

– Es lo mismo, sólo que ahora amarras con una riata lo que antes ponías en una caja. Y mire, lo bueno es que ahora morir es más barato (ríe) antes tenías que comprar un hoyo en un cementerio y un cuadro de madera para meterte. Ahora con que tengas un lazo, te hagan un hoyo en el pie y te amarren bien de algo  disfrutas de la dicha de morir gratis.

– ¿Que a un muerto la amarren en cualquier lugar y que se descomponga en el aire, no trae enfermedades?

–Pues aquí no hay problemas de eso, patrón. Así como flotamos cuando la petateamos igual va cayendo allá arriba lo que se pudre. Si un brazo se desprende del cuerpo se sube y de allá arriba no vuelve a bajar.

– ¿Cree que este fenómeno sólo suceda aquí?

– Bueno, pos quién sabe porque no pasa en otros lares, verdá. Si sólo hablamos de aquí, yo creo que la tierra se cansa ¿no? Se imagina cuántos muertos la han obligado a tragarse durante tantos años. A lo mejor la tierra ya es más sangre y hueso molido que tierra. Probablemente se está purificando, pero sabrá Dios.

Durante el tiempo que estuve hablando con él, escuchaba un ruido, similar al que hacen las rocas cuando se estrellan con fuerza en el concreto. Al invitarme a recorrer su casa, me percaté que detrás de la choza había un árbol seco, aun con la suficiente fuerza en sus ramas como para que de ellas se sostuvieran  cuatro cuerpos embalsamados. El ruido que escuchaba era el golpeteo que hacia la cabeza de uno de ellos con la pared de la choza.

– ¡Este es un pueblo consagrado al cielo! ¡Único! Que entrega al éter sus cuerpos como los ángeles entregan sus alas a la dicha del señor…

Eran las palabras que salían de una parroquia cuando pasé cerca de ella. Concordé con la persona que dijo eso, este lugar es único.  No hay otro en la república donde suceda este fenómeno. La noticia de los muertos que flotan permaneció oculta hasta que un grupo de delincuentes decidió que el mejor lugar para enterrar a sus víctimas era el pueblo de San Bartolo. Nunca se fijaron que en cuestión de minutos los cuerpos se levantaron. En horas, el internet estaba repleto de videos con cadáveres que flotaban sobre la carretera que daba a la capital; las noticias nacionales hicieron del morbo una potencia turística y en días el pueblo doblaba con personas curiosas el número de sus habitantes.

– El suceso de los alzados ha traído una derrama económica que este pueblo ni en sueños se hubiera podido imaginar.

El secretario de turismo comenta que la derrama económica que ha dejado este suceso es una cuestión de cifras millonarias. El festival de los alzados fue un proyecto propuesto por el sacerdote de la parroquia Manuel Rodríguez y respaldado por la comunidad. El primer año el evento fue todo un éxito, para este año el proyecto logró conseguir fondos federales y el festival fue anunciado a nivel internacional. Carros alegóricos y globos aerostáticos son parte de las caravanas que  acompañarán a las familias y sus cadáveres de la explanada de la parroquia hasta el panteón.

– Hace algunas horas, tanto los poderes municipales como los estatales han firmado una serie de acuerdos con la empresa Starbucks y el consorcio hotelero One, para que coloquen alguna de sus tiendas aquí. Eso va traer mejoras al turismo y al empleo por igual.

Mientras me despedía de la sonrisa victoriosa del secretario de turismo, afuera de sus oficinas me topé con una pareja de ancianos que lleva días buscando solución a sus peticiones:

– Ahora resulta que las muertes de nuestros familiares deben ser exhibidas a todo mundo nada más para que se diviertan otros, aparte nosotros no vamos a ver ni un solo peso de la derrama económica de la que tanto se llenan la boca esos hijos de la chingada.

Margarita y su esposo Octavio llevan toda su vida viviendo en San Bartolo. Acaban de perder a su único hijo en un accidente de auto, ellos pugnan por tener un funeral privado, algo que según sus palabras “Parece una petición de otro mundo”.

– Este festival está hecho nada más para sacarle dinero al pueblo, entre el padrecito ese de la parroquia y el gobierno siempre han sido bien abusados en esas mañas. Sabemos que dos no hacen la diferencia contra el mundo, pero  aquí vamos a andar como una comezón en los huevos que no se podrán rascar sin verse ridículos.

Los gritos de la muchedumbre dan inicio al desfile. Las personas se agolpan unas a otras con tal de tener un mejor espacio para ver con claridad. La música de los carros alegóricos enardece al público cercano y aumenta las expectativas de los que esperan su arribo. Los padres suben a los hombros a sus hijos cuando pasan los catrines en zancos entregando globos. Vendedores ambulantes llevan frituras entre la multitud con la habilidad de un malabarista. Una mujer sale desmayada en los brazos de su esposo, mientras un grupo de curiosos ignora el espectáculo con tal de no perderse el destino de aquella mujer.  No hay diferencias entre el público y el espectáculo, la atención es voluble, el show está en lo que uno decida ver. Por fin aparecen “Los Pegasos”. Cadáveres de caballos pintados de blanco y con el lomo aún macizo como para cargar a un vivo. Se puede disfrutar de un paseo en ellos si se tienen 150 pesos en el bolsillo. Después de pasar los globos aerostáticos, los altares de muerto en movimiento, la asociación nacional del charro, las mojigangas, el conglomerado de Low riders para la paz y la banda de guerra tropical; llegan los plañideros y sus muertos. Los cadáveres flotan amarrados de los pies y los sostienen unas camionetas repletas de coronas fúnebres. Sus familiares (que llevan el mote de plañideros) siguen las camionetas a pie vestidos con ropas negras. Unos hacen honor a su nombre y no paran de llorar, otros prefieren relegar su dolor para luego y saludan a la multitud sonriendo. Los cuerpos serán colocados en el cementerio. Eso no es algo que le agrade a gran parte de la población, ellos prefieren mantener la nueva condición humana tal como está y se pretende que la mitad de los fondos recabados en el festival de este año se invierta en un fondo para crear un bosque donde el pueblo pueda amarrar a sus difuntos sin ninguna restricción.

Mientras salía de aquel tumulto para volver a mi hotel, una mujer me alcanzó por la espalda: era la panadera. Me había estado buscando desde la última vez que nos vimos y hasta ahora había podido dar conmigo. Me llevó hasta la parte de atrás de la parroquia, a unas bancas que durante el día era imposible que alguien se sentara por la ausencia de sombra, pero que esa noche eran tan acogedoras como para que un hombre me esperara para hablar. La mujer partió de inmediato y me dejó solo con él.

Fumaba y las ascuas del cigarro me dejaban entrever las grecas de sus arrugas, sus ojos permanecían ajenos a los míos, pues la sombra de su sombrero me los vedaba pese a estar sentados cerca de un faro. No había nada en la calle y la algarabía del festival apenas se escuchaba. Su voz acaparó la calle y al cruzar nuestras sombras creí que la suya había engullido a la mía:

– ¿Sabe por qué la muerte prefiere que no sean enterrados los cadáveres? (No respondí a su pregunta). Aquí la muerte amó a alguien, a alguien que no quiso olvidar nunca. Sabía que ese amor moriría y su rostro y todo lo que ella significaba se ocultaría para siempre dentro de un agujero en la tierra. Entonces la muerte habló con el cielo y le suplicó que tomara el lugar de la tierra para recibir a su amada y verla por siempre. El cielo accedió, no sin antes advertirle que no era de la mujer de lo que se había enamorado sino de algo más. La muerte, sin intentar indagar más en lo que le habían dicho, comenzó visitar a su amada en el firmamento. No tardo en descubrir que el cielo tenía razón, no era esa mujer lo que quería, era la sensación que provocaba en él. Era el amor, estaba enamorado del amor mismo. La muerte preguntó al cielo dónde podía encontrarlo de nuevo si esa mujer ya no lo tenía. El cielo desconocía la respuesta, entonces la muerte le pidió un último favor: que en San Bartolo siguiera llevándose a los muertos porque era probable que si ahí había amado algún día, el amor también ahí moriría para estar con él por siempre.

El anciano no dijo más, no dijo su nombre, ni tampoco a qué se dedicaba. Se levantó de la banca y se perdió doblando la esquina de la parroquia. ¿Qué habrá sido de él?


Foto de interiores: Pixabay.






Luis López




Entrada Anterior

Vuelve DESPERTARES, un espectáculo con lo mejor de la danza

Siguiente Entrada

La lucha electoral de Guanajuato





0 Comentario


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Vuelve DESPERTARES, un espectáculo con lo mejor de la danza

SOMOSMASS99   Rausati / SomosMass99 Ciudad de México / Miércoles 30 de mayo de 2018   DESPERTARES, espectáculo...

30/05/2018