SOMOSMASS99
Jack*
Martes 29 de mayo de 2018
Hace ya algunos meses que murió Puack, el pato de mi tía Patricia. Los mayores dicen que los animales son tan nobles que cuando saben de alguna emoción negativa como la envidia, la enemistad o cualquier mal general que surge para intentar dañar a su “amo”, ellos actúan en defensa, recibiendo el impacto del daño.
Puack pasó parte de ese fin de semana sin poder abrir su pico. Sin comer ni beber, sintiendo un fuerte dolor en su garganta a causa de una repentina y misteriosa inflamación. Se estrellaba contra los muros de la casa y emitía un sonido agudo que parecía más bien como un sofocado lamento. Me recordó a otra mascota que tuvieron hace tiempo; murió ciega y sumida en una aparente locura, debido a una avanzada enfermedad que la abrazó por la falta de sus vacunas al nacer.
No me gustan las mascotas, nunca me he considerado responsable ni para cuidar de mí mismo, además, considero la adquisición de una mascota como una responsabilidad tan grande como lo son los hijos. A pesar de eso, siempre que visitaba a mi tía y que Puack estaba presente, o que nos encontrábamos en el patio, él me saludaba de esa forma tan amable con su ¡Cua! ¡Cua! Será porque él siempre estaba hambriento y yo sentía tanta compasión por él, que terminaba por buscar algo de comida para alimentarlo.
Pero una mañana, al llegar a casa de mi tía y salir al patio, por primera vez vi el sufrimiento tomar forma y recorrer su pequeño y frágil cuerpo de pato. Agazapado en un rincón, el sonido que emitía desde la profundidad de su ser era cada vez menos audible y más pausado. Las plumas de gran parte de su cuerpo se desprendían como hojas que el viento se llevaba, o como las finas hebras que se desprenden de los dientes de león, al soplar sobre ellos.
Externé mi dolor, mi emoción y mi preocupación por él. Mi tía parecía no haberse dado cuenta de lo sucedido o, mejor dicho, de lo que estaba sucediendo. Dijo que llevaba en ese estado cosa de tres días. Entonces me pidió que le acompañara al veterinario. De alguna forma yo había presagiado la muerte del patito –no era la primera vez que la veía tan de cerca–. La vi cuando mi padre, hacía menos de diez años, y cuando un can al que habían atropellado en la esquina, afuera de mi casa, una mañana de primavera, entró por las rendijas del cancel, dio un par de vueltas en círculo mientras maullaba. Sus ojos extraviados me miraban como en una especie de suplica –sentí un gran temor, una aprensión que ya antes había experimentado–.Fingí no saber ni comprender qué sucedía o, tal vez, en verdad era un anhelo indescifrable, la última mirada que suplica un poco de amor y compasión.
Continuó aullando, chillando. La acción sucedió apenas en segundos que yo viví como minutos. Sentí algo que me apretaba en el pecho y calaba y que en ese momento no supe cómo evaluar o definir. Sus ojos continuaban observándome –en mi recuerdo, todavía está sufriendo, dando tumbos en el corral–. Terminó por recostarse frente a la puerta de ingreso a casa, al instante siguiente, vi cómo sus ojos se nublaron hasta extinguirse. Su cuerpo quedó tieso, tendido como el estuche vació de un objeto.
La muerte era para mí un estremecimiento repentino que te hacía volver en tus cabales. Una imagen cruda, fría y dolorosa. El impacto de un suceso inoportuno que en lo personal, solía aparecer cuando mi vida mejor se encontraba.
Todavía conservaba intacto el doloroso recuerdo de mi pasado –impregnado en la memoria de mi cuerpo– como un recordatorio hacia lo intrascendente de los fenómenos cotidianos. La muerte de mi padre había calado y me había marcado de tal manera que jamás podría olvidar aquella sensación, como una fuerte sacudida, era un recordatorio de que a cualquiera nos podía tocar. Esa mirada que parecía no mirar hacia ningún lugar.
Pasado el medio día, llevamos a Puack al veterinario, quien dijo limitarse exclusivamente a tratar perros y gatos. Explicó que, probablemente, especialistas de ese tipo de animales los encontraríamos en el zoológico o en una de las grandes cadenas veterinarias.
Volvimos a casa de mi tía. No podía compartir ni tampoco disimular la tristeza y el dolor por el cariño que sentía por el animalito. Ella en cambió, parecía desinteresada, disfrutar de un algo que yo no era capaz de descifrar ni interpretar. Reiteradas veces le había pedido que lo regalara a un lugar en donde pudieran brindarle la atención y el cuidado que ella no podía darle. Pero era cruel, egoísta.
Pensando en que por la tarde tendría la oportunidad de llevar al patito al zoológico, lo colocó en una caja en la que, como en un féretro, previamente lo envolvió en una camisa vieja y roída. Luego la cerró, amarrando cada una de las cejas de cartón, cerrando así su destino.
Para entonces, ya estaba por irme. Me despedí de él a sabiendas de que a mi regreso, no volvería a verlo. Que no encontraría de él sino un cuerpo frío e inerte; la piel de una serpiente al molar o simple energía que las fuerzas supremas de la naturaleza reclamaban como propias.
Me dio pesar y tristeza pensar en el destino de Puack. Pobre patito… compartí su dolor. Verle reducido, despreciado a morir en una celda vieja y descuidada de cartón. Extirpado –como un tumor– de su habitat, de su propia naturaleza. En la fortuna que debía tener mi tía porque atravesaba, entonces, una prolongada crisis de salud, economía, histeria y sobriedad, que parecía extenderse a todos los miembros de su hogar.
Lamentablemente, si era verdad lo que los mayores contaban sobre las mascotas, Puack había perecido bajo el yugo del sacrificio. Silenciado, sometido al lujo y a la vanidad que sólo los hombres eran capaces de practicar. Y en algunos meses, su existencia reducida, condenada al egoísta olvido de los adultos.
Con la pronta facilidad del reemplazo propio de los objetos averiados, estropeados, rotos, dignos de diversión y entretenimiento, mi tía, probablemente, se apeaba a disfrazar la enfermiza locura del capricho por el amor. La responsabilidad por el juego. Y pronto, Puack, –mi patito que no olvido y que probablemente jamás olvide– sería sustituido por otros dos.
* Jack, por supuesto, es el seudónimo de nuestro autor. Reservaremos su nombre real hasta que él lo decida. Lo que sí podemos decir es que estudió Letras Hispánicas, y que no sólo ama la literatura sino también el cine, los atardeceres y las nubes, ante las que de tarde en tarde se convierte en fotógrafo.
Foto de portada: Pixabay.
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