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Nadie debería decirte con quién tener sexo

Diálogo Global / Top News / 30/05/2018

SOMOSMASS99

 

Adelaida Loukota* / Nómada

Martes 29 de mayo de 2018

 


  • Todos hemos querido ser invisibles en algún momento de nuestra vida, pero hay quienes quieren ser visibles siempre para que comprendamos que su diferencia también es nuestra.

 

Mi adolescencia se resume en la frase que me dijo mi mamá después de que me rasuré una ceja porque perdí una apuesta cuando estaba en cuarto o quinto bachillerato: “no quiero verte, vos me das problemas psicológicos”. De hecho, supongo que lo habrá pensado muchas otras veces, pero no volvió a decírmelo.

Si la adolescencia es ese tiempo en que uno empieza a descubrir quién es realmente, hay algunas cosas de ese tiempo que me han acompañado para bien o para mal. En los 90 no estaba de moda el término “fat shaming” o “body shaming”, de estarlo solo me hubiera servido para darle nombre a lo que le dijo una chava sobre mí. Era uno de esos raros días en que podía ir sin uniforme al colegio, me puse un vestido largo y una chumpa de lona. Cuando llegamos a la cafetería la chata le dijo a mi amiga, frente a mí: “mirá que lindo se ve ese vestido con la chumpa, parece de Beverly Hills 90210, nosotras que somos delgadas deberíamos usarlo en lugar de ella”. Por supuesto, eso vino a reforzar una de las ideas de autoaceptación con las que he lidiado más tiempo. No necesariamente ser más delgada, siempre quise ser más pequeña.

Foto: Nómada.

Esa idea tal vez tiene que ver con que de niña me fascinaba ver ballet en la tele, mi hermana grande dice que me quedaba hipnotizada horas viendo los recitales que pasaban en el canal 5. Yo ni de broma tengo talla de bailarina de ballet, podría ser extremadamente delgada, pero me sobraría altura. Por cierto, en el colegio también me decían dinosaurio, porque además de la talla me falta esa agilidad y gracia para moverse por el espacio que tienen las bailarinas. Mi mamá siempre se tomó realmente en serio eso de que la falda del uniforme debía ir debajo de la rodilla, así que mi falda era por lo menos 15 cm más larga que las de mis compañeras. Mi papá me decía que me veía mejor sin maquillaje, que yo no necesitaba echarme colores artificiales en la cara, así que nunca me interesé por pintarme. Pasé de usar zapatitos Penny a Náuticos y después, cuando ya pude elegir, usé zapatos Rhino. En algún momento en tercero básico llegué a tener el pelo largo hasta la cintura y recuerdo una vez que las de mi clase me agarraron, me sentaron en un escritorio, me peinaron y maquillaron y me dijeron que por no hacerlo era que yo no le gustaba al chavo que me gustaba. Sí, nunca le gusté.

Creo que en cuarto bachillerato me corté el pelo a la altura del hombro, lo he tenido realmente corto, casi rapado, pero nunca lo volví a tener tan largo. No me gustan los tacones o cualquier zapato que me lastime los pies y me parece fatal que en las zapaterías solo tengan sandalias de tiritas con tacón, sin tacón, con suela corrida. No poseo una secadora de pelo y debería ir a revisar la bolsa de maquillaje porque más de algo debe estar vencido. Ahora tengo una idea un poco más clara de mí, aunque eso no quiere decir que haya dejado de buscarme y aunque ya no me duele siempre no tener talla de bailarina de ballet, eso no quiere decir que eventualmente no me duela. A pesar de todo, yo tuve la fortuna de no tener que preocuparme por explicarle a mis papás que me gustaban las personas de mi propio sexo, de no tener que justificar que era diferente, yo nunca tuve dudas sobre si era normal que me gustaran los chavos y no las chavas. Si yo siempre quise ser más chiquita e invisible fue por otras razones.

Adelaida Loukota de Adolescente. | Foto: Nómada.

Hace unos días leí la columna de Luis Eduardo Barrueto El prejuicio contra las personas LGBT no se va a eliminar solo: Sumate vos también y las respuestas que obtuvo. La columna dice cosas ciertas, que vivimos en una sociedad que le niega derechos a parte de la población por prejuicios y que esos prejuicios no se van a acabar solos. Luego leí algunos de los comentarios y ahí están ejemplificados varios estereotipos y prejuicios, muchos protagonizados por el mismo señor. Alguien tuvo la paciencia de contestarle todo el tiempo, yo lo leí y me fui, pero sus palabras se quedaron dándome vueltas en la cabeza por varios días. En el primer comentario le dice a Barrueto que él habla así porque no se ha acostado con una mujer, que debería probar, luego habla de las deliciosas caderas y pechos de las mujeres. En otro comentario dice que la maldición de los homosexuales es que quieren ser mujeres y nunca lo van a lograr. Su último comentario es una lista de “cualidades” que para él tienen las mujeres, las de verdad, no esas harpías feministas.

A ese señor y a cualquiera que piense que esos comentarios contienen algo de verdad les puedo decir que no. Los homosexuales son hombres a los que les gusta acostarse con hombres. Se excitan, por ejemplo, al pensar en la penetración anal o cuando ven fotos de tipos desnudos, fotos de penes. Sí, hay hombres que son el rudo macho peludo, espalda plateada a los que les gustan otros machos rudos; los hay nerds, ejecutivos, deportistas, bailarines, de los que saben mucho de mecánica y los que no. Los homosexuales son hombres normales, así como las lesbianas son mujeres normales a las que les gusta acostarse con mujeres. Ellas tampoco necesitan acostarse con un hombre y a muchas les parece una abominación el uso de un arnés con un pene de plástico. Cada persona en este mundo tiene sus fobias y sus filias, ¿por qué les negamos derechos a algunos porque no se acuestan con quienes “deberían”?

Es cierto que hay algunos hombres a quienes les gusta vestirse de mujer, otros que son Drag Queens, pero para el caso también hay tipos heterosexuales a los que les gusta vestirse de muñecas de látex y ni quien los juzgue. Habrá algunos que quieran ser mujeres y seguro se someterán a dolorosos procedimientos para lograrlo, pero ni son todos ni deberíamos tener una sociedad que decida o no darle derechos a las personas por lo que hacen con su propio cuerpo. Como dato adicional, si dejamos de ver el mundo desde la pelusa de nuestro ombligo, también vamos a entender que las relaciones homosexuales funcionan diferente, ya dejen de preguntarse “¿quién es el hombre y quién la “mujer”?” cuando vean una pareja gay.

La buena noticia para el señor del comentario es que no debe preocuparse por atraer la atención de alguna harpía feminista, una vez que estableció la lista de cosas que le gustan de las mujeres, seguramente encontrará a alguien que cumpla con sus requisitos. El problema está cuando él o cualquiera quiere imponernos la lista, cuando debemos llenar una serie de requisitos para ser aceptados en la sociedad. No se trata de que todos vamos a volvernos gays o de que la sociedad vaya en camino al libertinaje absoluto. Si empecé esto hablando de mí misma y de lo que me dolió en la adolescencia, es porque creo que todos estamos buscándonos constantemente, tratando de definirnos como personas. Todos nos hemos sentido invisibles alguna vez o hemos buscado serlo, ahora hay personas que quieren ser visibles para que comprendamos que su diferencia también es nuestra y que, al final, nadie tiene debería decirte a quién amar, con quién tener sexo o qué derechos te tocan por hacerlo.


* Adelaida Loukota conoció los cómics porque un día se empachó de literatura, aunque nunca dejó de creer que se puede cambiar al mundo con un lector a la vez. Ama el cine y los dulces de anís.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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