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Agustín Ramírez Agundis*
Miércoles 20 de junio de 2018
La frase que da título a esta nota podría parecer una de uso común y, por lo tanto, sin mayor trascendencia. En realidad no lo es. Tiene mucha relevancia. El trabajo, la chamba como le llamamos de manera coloquial, es un elemento esencial para la dignidad de cualquier persona.
La Constitución en su Artículo 123 señala: “Toda persona tiene derecho al trabajo digno y socialmente útil; al efecto, se promoverán la creación de empleos y la organización social del trabajo, conforme a la ley”. Por otra parte, el Artículo 3 de la Ley Federal del Trabajo establece: “El trabajo es un derecho y un deber sociales. No es artículo de comercio, exige respeto para las libertades y dignidad de quien lo presta y debe efectuarse en condiciones que aseguren la vida, la salud y un nivel económico decoroso para el trabajador y su familia”.
Eso señalan la Constitución y la Ley, pero qué sucede en la realidad: ¿En qué medida y de qué manera los mexicanos podemos ejercer el derecho al trabajo hoy día? ¿Todos los mexicanos en edad productiva disponemos de una plaza de trabajo? ¿Quienes la tenemos consideramos que esa plaza reúne las características que establece el Art. 3 de la Ley Federal del Trabajo?
Para darnos una idea de cómo anda el empleo en México conviene tener presentes algunos datos. Las cifras oficiales correspondientes al primer trimestre de este año nos dicen que en total somos 124.2 millones de mexicanos, de los cuales 92.6 millones tenemos más de 15 años y 54.5 millones estamos en condiciones de trabajar y queremos hacerlo (Población Económicamente Activa). De quienes queremos y podemos trabajar, 52.8 millones estamos ocupados y el resto, 1.7 millones de personas con necesidad y disponibilidad de trabajar, no laboraron ni siquiera una hora durante todo un mes, a pesar de dedicarse a buscar trabajo.
De esos 52.8 millones de mexicanos ocupados, 30 millones trabajan en la informalidad, es decir, carecen de seguridad social (servicio de salud, fondo de vivienda, fondo de retiro), no crean antigüedad, y los derechos y las prestaciones que por ley les corresponden (vacaciones, reparto de utilidades, etc.) quedan al arbitrio o buena voluntad del patrón.
En el caso de Guanajuato, el INEGI da cuenta de más de 89 mil personas desocupadas y 2.4 millones de personas ocupadas, de las cuales el 55.2% (un millón 374 mil) laboran en la informalidad.
De los casi 53 millones de mexicanos ocupados, cerca de 3 millones no perciben ningún ingreso, más de 8 millones y medio reciben cuando mucho un salario mínimo y poco más de 15 millones reciben entre uno y dos salarios mínimos. Es decir, más de 26 millones de personas ocupadas tienen un ingreso que no rebasa los dos salarios mínimos (menos de 180 pesos diarios en este momento).
En resumen, el trabajo en México es escaso, mal pagado y un porcentaje considerable (arriba del 60%) en la informalidad, con todo lo que ello significa. Desde luego, la problemática es más grave de lo que esas cifras nos dicen, ya que los parámetros están definidos con el propósito de enmascarar la gravedad de la situación, tal es el caso de ese criterio consistente en considerar a una persona como ocupada cuando trabajó al menos una hora al mes.
Un estado que no sea capaz de generar las condiciones mínimas para garantizar el derecho al trabajo para todos sus ciudadanos está destinado a convertirse en un estado fallido. El trabajo es un elemento fundamental para que, por una parte, el individuo satisfaga sus necesidades materiales, intelectuales, culturales y espirituales, y, por la otra, contribuya al desarrollo mismo de la sociedad, de manera que se sienta integrado a ella. El trabajo enaltece y dignifica al ser humano; la negación del derecho al trabajo lo envilece y lo denigra.
Algunos de los rasgos que nos caracterizan a los mexicanos son la creatividad y el espíritu de lucha ante la adversidad. Ante la falta de empleo no son pocos quienes ponen en práctica todo tipo de artimañas para salir adelante, quizás con actividades que no son del todo legales, pero tampoco de plano ilegales. Tal es el caso de los viene-viene, franeleros, lavacoches, comerciantes de crucero, cantantes callejeros, comerciantes de baratijas no siempre de procedencia lícita, recolectores en la basura de material reciclable, entre otros, que bien podrían catalogarse según el léxico oficial en el apartado de emprendedores o trabajadores por su cuenta.
En ese apartado hay casos inverosímiles, como el de personas que van caminando sobre la vía del ferrocarril recogiendo los clavos o cuñas con los que se sujetan los rieles a los durmientes de madera (en Mercado Libre se ofrecen 6 clavos por al menos 200 pesos); el de las personas que rellenan los baches de las calles y solicitan una aportación voluntaria a los automovilistas; el de jóvenes que van casa por casa ofreciendo el servicio de fumigación con un aspersor de plástico como único equipamiento; el de quienes encalan los troncos de los árboles y solicitan una contribución monetaria a los vecinos de la zona.
Como fuente de empleo está también esa verdadera industria que se encarga de la producción, distribución y comercialización de distintos productos que violan las leyes de propiedad intelectual, dando trabajo a muchas personas, predominando el empleo de jóvenes.
Es probable que las personas que se emplean en tareas como las señaladas no sean del todo conscientes de la ilegalidad de las mismas. Lo que sí es evidente es que las entidades gubernamentales encargadas de vigilar y sancionar estas actividades han decidido hacerse de la vista gorda y tolerarlas sabiendo que no tienen alternativas que ofrecer a todos esos jóvenes.
Con mayor grado de ilegalidad está el caso de quienes de plano hurtan medidores del agua potable, medidores de la CFE, tubos y conexiones de gas, cables eléctricos, rejillas del drenaje, etc. Después, en la lista estarían actividades propiamente delincuenciales y luego las criminales.
Ante tal situación, viene a la mente aquello que enunció Morelos hace casi 205 años, en sus Sentimientos de la Nación: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.
Los últimos gobernantes han hecho oídos sordos y ojos ciegos ante postulados como éste. Han claudicado de su responsabilidad de atender ante todo el interés público nacional y se han convertido en amantes y promotores de doctrinas económicas que anteponen las pretensiones de la gran empresa creyendo ingenuamente que ésta será capaz de generar los empleos que la población demanda, creencia que sólo ha quedado en eso, los resultados están a la vista.
También, viene al caso lo que escribió José María Luis Mora en 1827: “Cuando faltan los medios de pagar los gastos públicos y de dar ocupación al jornalero, no puede haber administración que contenga los crímenes que necesariamente deben multiplicarse. La razón es sencillísima: la necesidad imperiosa de la subsistencia diaria es absolutamente indeclinable, superior a cuantas pueden imaginarse y la primera de todas. Aquél o aquéllos, pues, que no alcancen a satisfacerla por los medios legales, necesariamente se han de valer de los ilícitos, y convertirse en malhechores que en tiempos revueltos formarán cuadrillas y tomarán un carácter político”.
Todavía es tiempo. El proceso de degradación social, en buena parte consecuencia del déficit de empleo y la escasa calidad del que existe, puede detenerse. Para ello hace falta que el estado retome el papel que le corresponde en cuanto a fomentar de manera decidida actividades económicas que tengan como objetivo central el de generar fuentes de empleo de calidad y el de equilibrar en verdad la relación entre el capital y el trabajo, de modo que la riqueza se distribuya de mejor manera y no de forma tan inequitativa como hoy ocurre. Esto también está en juego en la próxima elección del 1 de julio. Cada voto a favor de Andrés Manuel López Obrador significará una muestra de adhesión al Proyecto de Nación que tiene como uno sus ejes principales el de “Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos.”
Es tiempo de que la despedida para ir a la chamba represente un motivo de orgullo y satisfacción para ese jefe o esa jefa de familia que por unas horas deja el hogar para ir a ganarse el sustento de una manera digna y decorosa.
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.
Foto de portada: Pixabay.
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