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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 6 de julio de 2018
A lo largo de la historia de la humanidad, las personas siempre nos hemos movido. Hemos buscado la vida en otros sitios, en lugares distantes. Por huir del peligro, por encontrar mejores oportunidades de supervivencia, por descubrir, por curiosidad. Los flujos migratorios, dice el cantante francés Manu Chao, son como ríos: si los detienes, el agua se estanca y atrae putrefacción. Las personas nos movemos continuamente.
A veces, este movimiento nos llega casi sin buscarlo: una oportunidad laboral o quizá de estudios. A veces, es un camino largamente acariciado para salir de una situación difícil: pobreza, violencia, falta de empleo o de posibilidades de mejorar nuestra vida y la de los nuestros.
La cuestión es que salir de tu hogar es sólo el primer paso.
Al llegar a ese otro sitio, al empezar a jugar “de visitante”, enfrentarás mil y un desafíos que al jugar de local, te eran desconocidos. Te sentirás diferente, lejano, casi alienígena. Tendrás que pasar por peregrinaciones burocráticas simplemente para tener derecho a existir, a vivir tranquilo, a trabajar para sobrevivir. Te verás en el espejo de los otros y notarás con mayor agudeza cómo hasta el más mínimo de tus rasgos físicos habla de tu recorrido personal y el de tus ancestros. Te redefinirás a ti mismo y descubrirás que el mundo es un lugar mucho más grande de lo que imaginabas. Para bien…y para mal.
Yo tuve suerte.
Mi viaje hasta un sitio lejano vino de la mano del amor. Un amor de siglo XXI, nacido en las pantallas de dos computadoras: una en un pueblito pequeñito en el Estado de Hidalgo, y la otra en un pequeño pueblo de la Bretaña francesa.
Así llegué a Francia hace cuatro años y medio, exactamente.
Vivir la vida lejos de México y en un sitio que no tiene una comunidad mexicana o latina, ha sido verme enfrentada a un mundo que en apariencia es idéntico, pero que metiendo un poquito la mano y removiendo tantito la arena, es increíblemente distinto.
Quizás para alguien que viniera de una vida económicamente más estable y holgada, el cambio sería menos drástico: eso no lo sé. Sé que no existe “un” México, como no existe una sola Francia. Y de mi México a esta Francia en la que estoy, las diferencias me las encuentro en mil y un detalles.
La forma de actuar y de enfrentar procesos tan simples y cotidianos, tan inherentes a la vida misma como nacer y morir, ir a la escuela, trabajar o construir una recámara adicional en una casa… todo tiene tintes distintos. Y hay diferencias que hablan de esas categorías tan discutidas y tan en desuso hoy día… ¿Francia es el Primer Mundo? ¿México es qué entonces?
De la naturaleza a la política, pasando por la forma de saludar y despedirse, no es tan fácil aprender a vivir “a la francesa”, sin renunciar a la forma tan jovial de ver la vida (incluso de cara a la muerte y lo terrible) que tenemos los mexicanos. Caminar la fina línea entre adaptarse y no renunciar ni a una migaja pequeñita de la propia identidad, es más cansado cuando al mismo tiempo hay que aprender un idioma y adquirir un nuevo conjunto de normas de acción social y convivencia.
Y eso es para las personas que como yo, tenemos suerte de tener alguien que nos recibe del otro lado con los brazos abiertos. Hay muchos que no tienen esa fortuna. Hay muchos que hoy día pueblan el fondo del Mar Mediterráneo, y otros que no llegan jamás a cruzar el Río Bravo.
La ruta del migrante jamás es sencilla.
Pero a veces, cuando los astros se alinean y las cosas salen bien, podemos compartir lo aprendido y tocar (como en mi caso) con una mano los nopales de mi planicie hidalguense y con la otra, las hortensias en flor de mi Bretaña adoptiva. Espero que podamos seguir compartiendo en este espacio las semejanzas, las diferencias y los aprendizajes que me han dejado estos años desde que migré hacia el otro lado del Atlántico.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Foto de portada: Pixabay.
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