SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 9 de julio de 2018
Pa’ mis güeritos
No me purga.
No me amarga.
Tampoco me exaspera.
Pero definitivamente, el futbol no me gusta.
Y menos en tiempos de Mundial y de Copas de Oro, y de copas de todo.
Todo se vuelve balón de cuadros que no lo son. Todas las conversaciones, las camisetas, las noticias.
Y me da hueva… Soberana e inconfundible hueva.
Algo como lo que sentía cuando llevaba a mi hijo a los entrenamientos de futbol. Los chamacos corrían, gritaban y sudaban, y las mamitas se quedaban sentadas en las gradas platicando, tejiendo y bordando.
Dos veces por semana durante años.
Y los domingos, partidos. Papitos aullando desde su asiento, obviamente más duchos que el entrenador, y mamitas platicando, otra vez. Y no faltaban algunos papás histéricos, que insultaban al árbitro y al hijo, vociferando preciosidades todas del mismo estilo: ¡A ver, así no vas a llegar a nada, muévete!, o ¡Árbitro, ¿qué haces?, fíjate!
Creo recordar que mi hijo estaba en una escuela del Necaxa, le iba al Barça, y se veía de grande jugando con Zinedine Zidane y con Thierry Henry. De fin de semana iba vestido siempre de rojo y negro, o rojo y blanco para jugar. Llenaba sus revistas de estampitas de futbol, gastando toda su dinerito de niño en la pape.
Le gustaba jugar. No, falso. Era mucho más profundo que el gusto. Jugar lo llenaba de vida, le hacía brillar los ojos. Respiraba balones y exudaba goles. Juraba que de grande sería futbolista de día, y taquero de noche, por aquello de la economía… y de la carnita dorada.
Pero aun así, se ponía muy nervioso antes de los juegos.
No éramos padres de los que presionan, de los de vas a ver si no metes gol, y eso. Su entrenador era una persona correcta. No había ni premios ni castigos, sólo una vez que se los llevaron al estadio Azteca con los del Necaxa. Pero el güerito se ponía blanco, blanco, y levantaba el brazo derecho, puñito casi cerrado, apretando su pecho. Una vez, nos tuvimos que ir, se puso tan mal que no pudo seguir.
Todo por nervios.
Cuando se ponía así, yo no podía dejar de pensar en un partido del Mundial del 78, la final. Toda la familia frente al televisor, yo en el piso, mi papá de pie y los demás en la cama de mis papás.
Imagino que jugaba Holanda porque había mucho uniforme anaranjado alrededor del portero, onda Naranja Mecánica.
Y el pobre cuate que tenía que detener los goles no dejaba de tocarse “ahí”. Comenté, ingenua chavita, que debían de dejarlo ir a hacer pipí. A mi papá le dio mucha risa, bueno tanta, que el que necesitó ir al baño fue él. Luego ya me explicó, con lujo de detalles como siempre, que a algunos hombres, en algunas circunstancias, los nervios les provocan cierta reacción ahí, sí, ahí merito.
Es importante ese momento en mi vida. Estábamos todos juntos, frente a la tele. Eso nunca pasaba. Mi papá aprendió a encender y a apagar el aparato como 30 años después. Consideraba una pérdida de tiempo sentarse frente a la pantalla y nos tenía racionado el tiempo de tele.
Pero en casa, vivíamos al tiempo del futbol desde unos meses atrás. No el de la tele, sino el del campo de abajito del cerro, cerca de la Comer. Mi hermano, más güerito que mi hijo, pero de ojos igual de expresivos y de piel igual de blanquita cuando se ponía nervioso, entrenaba con los Pumitas de la Herradura y mi papá gozaba intensamente verlo dedicarse a actividades deportivas. No recuerdo quién lo llevaba a los entrenamientos, imagino que una de las hermanas mayores, pero sí recuerdo los juegos.
No había gradas, sólo tantito pasto y un río más abajito. No recuerdo que fueran mi mamá y mi hermana más chica, pero seguro por ahí andaban. Yo iba siempre de falda larga, camisas bordadas y sandalias, llenándome los pies de tierrita y agua. Mi hermana iba de pantalones de mezclilla, camisa sport y tenis, más abusada que yo. Nuestra misión era sonar al chamaco cada que fuera necesario, es decir cada diez minutos. Llegaba corriendo, una cosita de nada, seis o siete años tendría, lleno de tierra, sudor y mocos, y usábamos todos nuestros pañuelos en medio partido.
Mi papá se plantaba en el terreno, del lado de su equipo, y sonreía. Su sonrisa siempre fue depredadora y, en esos partidos, sólo desaparecía cuando gritaba ¡Bravo! Tenía su credencial de la Asociación de Padres de Familia de los Pumitas y un año, fue el presidente de la cofradía. Cosa absolutamente fuera del carácter de mi papá. Casi tan extraño como ver televisión.
Era un momento feliz.
Después del partido, nos convidaba, al jugador y a las sonadoras, un Bubulubu, o un Mordisko, los que para mi hermano eran una novedad completa. La cara llena de tierra se cubría de chocolate y nosotras seguíamos suene y suene al enano.
Esos son mis recuerdos.
Los de mi hermano son ligeramente diferentes, en tesitura.
Para él, el futbol era lo de menos. Es más, en cuanto pudo, jugó básquet y dejo los tacos en su closet.
Lo importante era papá.
Su presencia.
Su interés.
Su sonrisa, sólo para él.
Su grito, “¡Bravo Señor!”
Nuestro padre casi nunca nos llamó por nuestro nombre. Siempre fuimos Señor, Señorita, Señora.
Felicitaciones Señora. Bravo, Señor. Señorita, aquí mando yo.
De repente, los domingos, mi hermano se sentía existir para papá. De repente, era importante, y lo que hacía era bueno. Jugara como jugara. Lo sonáramos 10 veces o 15.
Su cabello, blanco de sol, volaba alrededor de su carita, sus pies crecían, dejaba de respirar, existía, existía, existía.
Recuerda con emoción un partido, en las canchas de Satélite, en que perdieron nada más por 8 goles, y el día en que su papá se lo llevó a comer tacos después de algún desfile deportivo.
Recuerda todavía que a su papá le cambió el nombre, le puso “BravoLeñor”… Su papá de domingo.
Mi papá, nuestro padre, papá, ni tuyo ni mío. Suyo.

Foto: Maryvonne Folange.
Y sí, el futbol me aburre.
Pero lo que sucede alrededor de él me llena de vida.
Mi hijo, poniéndose los tacos. ¿Me amarras las agujetas, papá?
Las pláticas con las mamitas que se van volviendo tus amigas.
Los papitos dándose palmadas en la espalda.
El boleto para el estadio que le regalas a tu hijo, ya adulto. Ponte bloqueador, no se te olvide.
La comida que se prepara para ver el partido, chicharrones, salsas, papitas y rajas. Cervezas frías, claras y obscuras.
El guacamole que prepara la vecina.
La tele prendida, con 5, 10 personas amontonadas en la sala o en la recámara mientras el cuñado arregla el sonido.
El reloj, que pierde el ritmo de otros días.
Las voces, los gritos, las risas.
Y los recuerdos de mi hermano.
Su voz quebrándose al recordar esos días en que podía compartir la luz del sol con su papá.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Pixabay.
Comparte en Facebook
Twittéalo








