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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 3 de agosto de 2018
Hace poco fueron las elecciones en México y desde acá, viviendo en este pueblito bretón francés, seguí todo con mucha atención. Es mi país, más allá de que viva yo tan lejos.
Y lo que voy a hacer ahora no es defender a un candidato (ganador o perdedor), sino hablar de un tema que salió mucho a la luz en medios, comentarios y discusiones en esa agitada época electoral: la idea del asistencialismo.
Leí muchísimas líneas escritas contra la idea de “ayudar al pobre a que siga siendo pobre”, “regalar dinero para que se lo beban en alcohol”, y “dar ayudas que no sirven para nada porque no enseñan a la gente a trabajar por sí misma”.
En cierta medida, todos estos argumentos me dieron risa. Seguramente todas estas personas nunca se han visto en auténtica necesidad. Es gente que no sólo ha trabajado, estudiado y se ha esforzado, sino que ha tenido suerte. En un país de ciento treinta millones de personas, a veces lo que se precisa en la vida es suerte y no tomar ni una sola mala decisión. Porque en el momento en que tomas la primera y las cosas se van para abajo, puedes encontrarte en un sótano de miseria del cual es muy difícil salir.
Las personas que creen que quienes reciben una despensa básica todos los meses, ya sea por ser madre soltera o por ser adulto mayor en estado de pobreza, lo hacen de forma parasitaria, es porque nunca se han visto en la necesidad de solicitarla.
Y es que las personas que viven con menos de tres mil pesos por mes, no siempre tienen tiempo, energía o el acceso tecnológico para contar cómo es andar por ahí.
Yo lo hice. Siendo una persona con estudios (en ese entonces tenía mi licenciatura trunca, me faltaba terminar la tesis), enfrenté una etapa muy difícil. Si no tienes contactos, si no tienes forma de moverte, no es fácil conseguir un trabajo. En los pequeños pueblos mexicanos no hay guarderías o un sistema de cuidado de niños pequeños que sea eficaz y seguro que te permita, como madre de familia, buscar un trabajo con horarios normales. Trabajas como puedes y de lo que puedes, para al mismo tiempo poder cuidar y atender a tus hijos.
En esa forma de trabajo informal y sin contrato (vendiendo comida, dando clases particulares, trabajando como profesor para enseñar a leer a adultos…), careces de seguridad social y si tus hijos enferman, sufres. Te endeudas. Vives al día. Tienes que comprar la ropa de tus hijos en abonos. No sabes qué más vender y empeñar para comprar los útiles escolares de tus pequeños (y ni hablemos de los horarios en las escuelas públicas y la exigencia de presencia parental que hay, que te impiden trabajar si eres madre soltera…). Dejas de comer uno o dos días, siempre y cuando tus hijos tengan tortillas y frijoles. Y vas y te formas. Llevas una y diez veces tus papeles para probar que tienes hijos menores de edad, te aguantas que te traten como si estuvieras mendigando, y recibes una vez cada dos meses una cajita con 1 kg de frijoles, 1 litro de aceite, medio kilo de arroz y unas galletas de animalitos a granel.
Lo increíble es que esas galletitas son las primeras que tus hijos pueden comer en meses. Esa cajita te sirve de ayuda, te alivia. Y no tendrías por qué mendigarla, porque también pagas impuestos cuando consumes. Cuando compras un jabón, un detergente o logras comprar un par de zapatos para tus hijos. El Estado percibe dinero de tu ya delgadísimo bolsillo, y el Estado se supone que existe para velar por el bienestar… ¿o no?
Esta experiencia de vida no me preparaba para ver las cosas que aún existen acá en Francia. Ayudas estatales que harían palidecer a los detractores de esas despensitas ridículas que se dan en los pueblos mexicanos. Por ejemplo, acá cuando tus hijos están en preescolar o en escuela primaria, no compras útiles escolares. La mochila y la lapicera llena, es todo. Libros, cuadernos, todo lo demás va a cargo del Estado. La escuela te da las libretas, te presta los libros, paga fotocopias. Además, no hay uniforme (sí, ya sé que hay gente que es amiguísima de la idea del uniforme en la escuela, pero seguro que estas personas nunca han tenido que pedir fiado para solventar todo lo que implica comprar uniformes escolares y además, que tus hijos tengan ropa), y si estás bajo cierto estándar de salario, el Estado te deposita una cierta cantidad de dinero en agosto, precisamente para la ropa y los útiles si tu hijo ya está en secundaria.
Claro que acá también hay voces críticas de este asistencialismo. Pero son más dirigidas hacia los abusos que hacia la existencia misma de las ayudas. Hay mucha gente que critica a quienes cobran seguro de desempleo (un derecho que yo encuentro maravilloso), pero que a la vez trabajan “en negro” o sin contrato. O se critica a quien finge una invalidez para cobrar un seguro especial para personas con alguna discapacidad. Eso es bastante comprensible. Pero la idea misma de que existan estas ayudas está bien anclada en la mentalidad francesa.
Por supuesto, acá se pagan más impuestos. Se paga un doble impuesto predial: uno por poseer una casa, otro por residir en ella. Pero en cada pequeño municipio hay una estructura para cuidar a niños pequeños y que los papás y mamás puedan trabajar. Tú no tienes ni necesidad de barrer tu banqueta, porque hay un empleado municipal que lo hace. Los impuestos se pagan y vuelven en muchas formas. No digo que el sistema sea perfecto. Lo que digo es que hay ayudas que existen. Que si hubieran existido en México cuando yo me moría de hambre, quizá no habría caído tan bajo en un círculo de pobreza que se llevó la vida de uno de mis hijos, apenas recién nacido. Y que entre los obstáculos existentes para que se implementara algo así en México, no sólo están la falta de recursos y la corrupción, sino tristemente también la mirada crítica de las personas que jamás han estado en necesidad profunda. Yo sólo puedo desearles que nunca lo vivan. Que su suerte se mantenga intacta y nunca tengan que humillarse para pedir ayuda.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente es redactora de contenido para una empresa española.
Foto de portada: Pixabay.
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