SOMOSMASS99
Jack*
Divergencia

Me llamo Jack. No he dado todavía mi primer verso. Como los poetas. La saliva se les escapa apenas con las palabras. Porque las palabras, dicen, aman, enamoran o hieren profundamente, incluso más que los golpes.
Tengo apenas 18 o 17 o 16.
Tal vez sea porque soy un poco mayor, de lo que aparento, que no logro recordar con precisión.
Padre aún vive y madre está en casa, fingiendo ser feliz, o lo es de verdad.
Padre me trata como si fuera un niño y madre dice que padre tiene la última palabra.
Padre es duro, inaccesible; discute con ella, conmigo, con mis hermanos… pero afuera parece feliz. Es otro.
–No soy un niño –le digo–. He aprendido a ser responsable. Trabajo duro, estudio (pago mis estudios) y ayudo a mamá en casa, con el dinero. Padre no cubre las responsabilidades de sus hijos. Yo en cambio, aporto.
Padre furioso, discute conmigo; grita, golpea…
– ¡Merezco salir!, ¡divertirme!, ¡gozar! –como el respiro de alguien que se ahoga, lo grito–. Padre es cruel e injusto.
Veo el fuego en sus ojos al nacer. Arder, crecer. Una angustia insopesable.
Amenaza con dejarme afuera. En la calle.
La animalidad primitiva, instintiva, cuando la furia y el enojo se apoderan de sus rasgos –por las noches se desbordan al nacer–, y de todo él.
– Esto no es un hotel ni un sitio de paso al que uno puede asistir o no, si así lo desea –enérgico, desesperado, me grita–. Ni entra ni sale a la hora que uno quiera.
Tal vez beso su mejilla o sus rasgos inocentes o inconsistentes y como cuando era un niño, le doy las buenas noches y le juro que por primera vez no me importa lo que él haya decidido.
Me despido. Grito. Pataleo o golpeo las paredes… Salgo de su habitación y vuelvo a gritar, a patalear. Eufórico, acelero el paso mientras un enrojecimiento prematuro e inconsciente se apodera de mí y de mis rasgos, mis ojos. Mientras golpeo las blandas paredes de la casa, veo a mi madre angustiarse, llorar dentro de mi mente como siempre, de una insana impotencia.
Salgo de casa y lo primero que miro es a un par de amigos quienes me esperan y me preguntan qué ha pasado. Cómo está ella. Cómo estoy. Si todo está bien.
– No, nada de esto o… de lo otro… es casualidad –les digo en una especie de soliloquio o de murmullo–. No lo estoy… (nunca puede uno estar del todo bien, ¿o sí?). Lo digo para mis adentros mientras repaso la escena. Vuelto a sentir la angustia y el dolor en el rostro de mi madre y de mi padre, y como en una especie de eco, lo repito con mis actuales palabras:
– ¿Qué no lo ven?… ¡Nada aquí está bien! –lo grito encabronado–.
Sonrió. Comienzo a llorar. A darme ánimos. Me alegro. Me retuerzo –todo en el mismo dolor, en la inestabilidad–.
Soy libre al fin… –grito enérgico, como una bestia salvaje, para mí y para ellos–.
Pero el resto de la multitud y de los sucesos… la historia se nubla o se borra o se repite dentro de mi mente, o se distorsiona como un bucle… O pierde la forma.
Y aunque por ahora sea como una especie de eco, o de espiral, o de pasado sin forma, padre ya no está.
En mis recuerdos puedo verlo sonreír. Alegrarse. Crecer bajo la sombra… porque su hijo nace, o ha crecido.
* Jack, por supuesto, es el seudónimo de nuestro autor. Reservaremos su nombre real hasta que él lo decida. Lo que sí podemos decir es que estudió Letras Hispánicas, y que no sólo ama la literatura sino también el cine, los atardeceres y las nubes, ante las que de tarde en tarde se convierte en fotógrafo.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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