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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez
Viernes 24 de agosto de 2018
Yo era madre soltera allá en México. Bueno, no exactamente. Me separé del papá de mis hijos mayores y quedé absolutamente a cargo de su cuidado y manutención. La vida no es fácil en México si eres madre soltera.
Tristemente, hay una enorme serie de prejuicios en nuestro país sobre cómo debe ser y cómo debe comportarse una mujer que ya es mamá, sobre todo si no hay un hombre con ella. Es incluso más severo este código de conducta si la mujer en cuestión es muy joven.
Pareciera que ser mamá es una especie de adquisición de votos de abnegación, celibato y buen humor continuo. Una mamá debe ser siempre amorosa con sus hijos, dedicarse a ellos y olvidarse de su persona. No estaría bien que tuviera otras relaciones, que salga sin sus hijos de vez en cuando, que estudie o tenga una vida más allá de la maternidad.
Se le juzga mal si está orgullosa de ser mamá y se le juzga mal si vive mal su maternidad. No hay buena salida. Siempre hay críticas. Ideas sobre de que “si ya tuviste hombre, pa’qué te buscas otro”. Burlas por todos lados a las madres jóvenes que reivindican, más allá de la precariedad, su felicidad con ser mamás. Esa burla misteriosamente no aparece hacia los papás que desaparecieron de la fotografía familiar.
Yo ya no entraba dentro del espectro de lo que se considera una mamá “joven” cuando me separé. Pero sí que todo mundo daba por sentado que con dos hijos yo ya me iba a dedicar a ellos sin hacer otra cosa más que quererlos y trabajar.
No habría estado mal. Yo en particular soy una mujer que disfruta mucho el hecho de ser mamá. Pero la vida me ofreció otras alternativas.
Me ofreció un nuevo matrimonio, del otro lado del océano y la oportunidad de crear una familia ensamblada. Acá en Francia incluso tienen un término para una familia como la nuestra: “une famille récomposée”, es decir, una familia con un poquito de esto y de aquello.
La reacción de muchas de mis amistades y de miembros de mi familia en México, de conocidos y extraños incluyó (e incluye todavía) uno o ambos de estos ingredientes: “qué suerte que encontraras un hombre que te ‘recibiera’ ya con dos hijos”, y “qué riesgo, qué bueno que tenías hombrecitos y no mujercitas, imagínate qué horror que tuvieran padrastro”.
Esas dos reacciones, creo que dicen mucho de nuestra visión de la mujer y la maternidad en México. Del hombre y su relación ante la mujer y la madre.
¿No es fácil pensar que mi bretón se enamoró de mí simplemente? No “a pesar” de que era mamá y que nunca seríamos novios con mucho tiempo para nosotros, porque yo ya estaba en otra etapa de mi vida, sino parcialmente porque le encanta mi forma de ser mamá. Que nuestra familia empezó así de a cuatro, desde el primer momento y que ello acá no es tan mal visto como en México. Somos una familia, más allá de que mis hijos tengan otro papá viviendo en México y no posean el apellido del bretón que los recibió con los brazos abiertos.
Y no, pareciera que no es fácil.
Cinco años después de casada, mis conocidos en México siguen loando la hazaña del francés que me aceptó usada y desechada, digamos.
Yo sí que me siento agradecida de haber reencontrado el amor y de darle un lugar a mi faceta de mujer y compañera al lado de mi faceta como mamá. Pero no tengo por qué hacerle un altar a un hombre que hizo lo que debería ser normal.
Si eres mujer, no te desbaratas si eres mamá.
No se te caen los brazos ni las piernas si te divorcias.
No estás amputada ni semi muerta si eres madre sin un hombre a tu lado.
Puedes estudiar, trabajar, reinventarte y por supuesto, volverte a enamorar.
Prefiero apreciar en mi marido francés la delicadeza con que me trata y la forma en que diseñamos juntos proyectos para nuestro futuro común, y no alabarlo por hacer algo que debería ser moneda corriente.
Hoy nuestra familia es a cinco miembros, y la más pequeña, mi hijita francesa, es familiar consanguíneo de todos los que viven bajo este techo.
Y es por ella, mi mujercita, que pienso tanto en estas cosas.
En que yo no quiero que sobre ella recaiga el peso de ser mamá y dejar de ser quien es.
En que quiero que sus hermanos valoren a las mujeres no porque tienen una mamá o una hermana, sino porque somos seres humanos.
A veces parece algo tan difícil.
Y en México no nos damos cuenta el largo camino que tenemos que recorrer para diferenciar entre una mujer que es mamá y una religiosa dedicada a su fe.
Porque ser mamá y ser mujer no son entidades mutuamente excluyentes.
Y porque formar familias reensambladas debería ser posible sin miedo a padrastros violadores, sin miedo al juicio de conocidos y amigos.
Pero todavía no llegamos ahí.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente es redactora de contenido para una empresa española.
Foto de portada: Pixabay.
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