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El maltrato infantil en la familia

Diálogo País / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 20/09/2018

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

Jueves 20 de septiembre de 2018

 

La mayoría de las personas conocemos a una niña o a un niño que ahora mismo está siendo maltratado o abusado.

“Un sobrino es golpeado por sus padres, familiares míos. Mi sobrino se queja, dice que su cuerpecito le duele mucho. Siento impotencia porque el padre del niño es muy agresivo y machista y mi hermana atemorizada y pasiva, ¿qué puedo hacer?”, es el tipo de consultas que suelo escuchar con no poca frecuencia.

Cuando hablamos de maltrato infantil hablamos de niños que no pueden defenderse ante el poder omnipotente de los padres, por eso los testigos debemos intervenir. Y cuando los agresores son familiares, el primer paso (antes que la escalada de violencia aumente) consiste en hablar con ellos asumiendo una postura firme y paciente en lugar de una vacilante, tímida o acusatoria.

Este acercamiento inicial suele disminuir los malos tratos, y en ocasiones hasta detenerlo gracias a la ayuda prestada y a que los agresores suelen inhibir sus impulsos cuando se saben observados. Y para que no se torne personal el asunto, así como para evitar ser agredidos como testigos, es recomendable que no sea una sola persona la que hable con los padres del niño sino varias (de preferencia que alguna tenga cierta autoridad moral sobre aquellos).

Si a pesar de lo anterior la situación continúa, entonces habría que advertirles que darán parte a la autoridad. En este caso la primera instancia a considerar es el DIF de la localidad, el cual cuenta con respectivas procuradurías y centros de atención a la violencia familiar que toma medidas de tipo educativo y conciliatorio.

Pero si aún así el maltrato continúa, o si el maltrato es muy grave, entonces habrá qué considerar directamente al Ministerio Público, instancia facultada para la implementación de medidas de prevención y protección más contundentes.

El trabajo del Ministerio Público comienza con la denuncia, le sigue una investigación, y si el maltrato es tipificado como delito, entonces envían el expediente al Juez, el cual emitirá una sentencia que, en función del delito, puede traer como consecuencia cárcel, fianza, e incluso la pérdida de la patria potestad.

Vale decir que el maltrato infantil se persigue de oficio, es decir, basta con que el testigo denuncie hasta telefónicamente para que la autoridad tome cartas en el asunto. Además, la denuncia puede ser anónima, sólo se requiere proporcionar los datos que se tengan y a la autoridad le corresponderá hacer la investigación.

A pesar de que las mismas autoridades federales admiten que por cada caso que conocen, existen 100 más que no se registran, y que de los casos que son denunciados muy pocos reciben atención o seguimiento oportuno, nosotros como ciudadanos y testigos estaremos cumpliendo con nuestra responsabilidad al poner los casos en sus manos, y ellos como garantes de la seguridad, tendrán que asumir la suya, de lo contrario estarán contribuyendo a la impunidad y alentando prácticas abusivas contra las niñas y los niños.

La pasividad y el poco compromiso que como sociedad mostramos para intervenir en la protección de las niñas y niños ante cualquier tipo de maltrato y entorno, tiene una larga lista de motivos. Lamentablemente la falta de voluntad, humanidad, sensibilidad y responsabilidad hacia estos es el común denominador, y de ello se generan evidencias diariamente. En otras ocasiones la falta de valor (en su doble acepción: valoración de los niños y valentía para denunciar) es la causa para guardar silencio. Mientras tanto, muchas niñas y niños padecen el abuso de los adultos que más deberían protegerlos.

Los niños no son propiedad de los padres ni de nadie más, sino responsabilidad de todos los adultos de la comunidad. Su protección y seguridad nos compete a todos. La pasividad de los testigos contribuye a la impunidad del abuso. Y la impunidad hace crecer el poder del abusador. Por eso se dice que quien siendo testigo de la violencia se queda callado, pasivo, se hace cómplice.

Seamos aliados de los niños y niñas en lugar de cómplices de los abusadores.


* Psicólogo / [email protected]

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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