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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 5 de octubre de 2018
El año pasado, mi hijo el de en medio tenía 10 años y estaba en quinto año de primaria. Acá en Francia le dicen CM2. Como vivimos a las afueras de un pequeño pueblo, la escuela no está precisamente cerca. Así que teníamos que ir caminando los 2 kilómetros hasta la escuela. No es muy lejos, pero tampoco es cerca.
Mi hijo me ofreció irse solo, para evitar que yo fuera acarreando carriola y hermanita de dos años hasta allá.
Si hubiéramos estado en México, me habría costado más trabajo decirle que sí.
Yo soy mamá porque quiero. Amo la maternidad y amo a mis hijos. Los disfruto enormemente. Y además, ya perdí uno. Lo último que quisiera en la vida sería exponer mis hijos a un peligro que pudiera evitarles.
Pero en este pueblito de la campiña bretona, hay una sensación de seguridad asombrosa. Mi hijo de 10 años podía atravesar el pueblo caminando, teniendo sólo cuidado de atravesar las calles en los pasos peatonales, y no había prácticamente riesgo de que le pasara algo. No es que no haya absolutamente ningún riesgo. Es que hay muy poco.
Cuando yo era niña, mi pueblito hidalguense era muy tranquilo. Así como aquí.
Hidalgo es un estado pobre. La delincuencia llegó tarde a los pueblos y las carreteras hidalguenses. Cuando había un asalto o secuestro, era noticias por años.
Ya no es el caso, tristemente.
Desde hace algunos años hay más y más casos de asaltos, secuestros, robos en los autobuses que llegan desde Pachuca o de la Ciudad de México.
Hay más familias con jóvenes de los que se dice “han caído en malos pasos”, léase, andan en el narco.
Han aparecido ejecutados y decapitados.
Y honestamente, yo no estaría lista para dejar a mis hijos, cada vez más grandes, adolescentes, jóvenes, terminar así. ¿Eso me convertiría en una madre sobreprotectora y paranoica? No. Quizá simplemente tendría que tragarme mis miedos, como muchísimas mamás mexicanas y dejar volar a mis hijos con un nudo en la garganta.
A veces, embebidos en nuestra cotidianidad, nos olvidamos de todas esas otras mamás cuyo nudo en la garganta nunca desapareció.
Tengo una amiga muy querida que vive en Tijuana. Y en la prepa en la que estudia una de sus hijas, hubo una chica que desapareció y nunca la encontraron.
No son casos aislados que sean noticia por meses. Es la cotidianidad en la que viven las mamás mexicanas de forma continua. Los números y las cifras no mienten. Y si no les creemos, está el boca a boca. Todos conocemos a alguien que ha perdido a un ser querido, a un amigo, a un vecino en las manos de la violencia que se está comiendo a nuestro país.
No, quizá no somos el país más pobre de la región. Pero hay algo que se nos perdió en estos años de “guerra contra el narco”. ¿El asco por lo que está sucediendo? ¿El asombro? ¿Las ganas de proponer algo que nos permita salir de esta situación?
De pronto me siento inadecuada para hablar de este tema, porque yo, de alguna forma o de otra, me escapé. No lo hice queriendo, yo migré por amor y descubrí esta región tranquila y no sobrepoblada en el noroeste francés. Y acá veo que mis hijos cuentan con una seguridad diferente. Me dirán que acá hay riesgo de ataque terrorista. Que acá hay otras cosas. Y eso es innegable, no hay lugar perfecto. Ojalá lo hubiera. Ojalá pudiéramos más bien construirlo.
Pero eso no impide que México me duela.
Y es que me duelen las mamás. Será egoísta, pero creo que todos somos capaces de ponernos en el lugar de alguien con quien compartimos mucho.
Y yo perdí un hijo. Pero yo sé dónde, a qué hora y cómo murió. Y lo lloro diariamente.
No puedo siquiera imaginar lo que es llorar a un hijo sin tumba. Sin cuerpo. Sin fecha.
En México, en Francia o en cualquier parte del mundo, ninguna mamá debería llorar a un hijo así.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: SomosMass99.
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