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LA COLUMNA ROTA
Frida Guerrera*
Viernes 5 de octubre de 2018
San Juan Ixhuatepec, en Tlalnepantla de Baz, Estado de México, es uno de esos lugares que me inspiran temor tan sólo con pasar cerca, cuando tomo rumbo a Indios Verdes, una de las estaciones del metro con mayor afluencia ya en la Ciudad de México. Ahí convergen miles de personas del Estado de México todos los días y algunas como yo todavía recordamos porqué fue conocido dicho lugar el 19 de noviembre de 1984. Ese día el cielo se tiñó de rojo: una gran explosión producida por una de las gaseras que aún permanecen en este lugar, le arrancó de tajo la vida a miles de personas que aún estaban en sus camas o que se disponían a salir a trabajar.
Hasta ese lugar llegamos una vez más, ahora por el llamado de justicia de los hermanos e hijos de Brenda y Herminia. Su hogar, encañado en una de las múltiples colonias que visten de techos y luces los cerros de la zona conurbada entre el Estado de México y la capital de este México ensangrentado. La morada, una casa llena de cuartos donde viven familias que rentan, era el lugar que Herminia Mendoza Pérez y su esposo habían elegido para formar su hogar. Ambos, originarios de Veracruz, padres de cuatro hijos, tres mujeres y un hombre, quienes con mucho trabajo han logrado salir adelante. Brenda Velázquez Mendoza era la tercera, acababa de cumplir 24 años y era madre de dos pequeñas de cuatro y dos años.

Brenda.
En 2016, Brenda denunció a quien era su pareja y padre de sus hijas, luego de que por celos apuñalara a la joven madre. Acudió como todas las mujeres que buscan respuestas por la violencia intrafamiliar que padecen a manos de sus parejas. La enviaron a la Agencia Especializada en Violencia Familiar, Sexual y de Género (AMPEVIS) de Tlalnepantla. Estuvo resguardada unos meses, finalmente al no obtener castigo el sujeto y porque el albergue sólo era transitorio, Brenda salió del lugar. Sin justicia.
Fue en 2013 que conoció a Juan de Dios. Un hombre que para su familia y la mayoría de los vecinos de la colonia era desagradable. Nada que ver con Brenda, quien se caracterizaba por ser una mujer muy cariñosa, amable, de un temperamento tranquilo. “De todas era la más relajada”, recuerdan sus hermanas y su hermano mayor. “Cuando empezó a salir con él la cuestionamos y la regañamos. ¿Por qué andaba con él si es un marihuano?”, me comentan.
Después de aquella denuncia, Brenda regresó a vivir con Juan de Dios. Sus hermanas la reprendieron una vez más. Sin embargo, uno de sus defectos era que todo se lo callaba. “Lo que sí nos dijo fue que Juan de Dios la había amenazado con lastimar a las niñas. Creemos que por eso seguía con él”.
El 7 de agosto de 2018, Herminia -la madre de Brenda- fue operada de la matriz. Esto llevó a la joven madre a acudir al cuidado de su mamá. “Siempre estaban juntas. Mi mamita siempre estaba preocupada por su hija porque decía que de todas era la única que no estaba estable, y a mamita le angustiaba la relación con Juan de Dios”, rememoran sus hermanas.
Brenda acudía a cuidar a su madre y se llevaba con ella a sus dos pequeñas, por quienes daba la vida. Juan de Dios estuvo algunos días en casa de su suegra, sin embargo la dueña de la casa le pidió a Herminia, el 24 de agosto, que el sujeto no se quedara más porque todo el tiempo estaba ahí y hacía mucho ruido.
Brenda ya no soportaba estar con Juan de Dios. Pero la sentencia del sujeto la obligaba a permanecer a su lado. “ Si me dejas, mató a tus papás, a tus hermanas, tu hermano y a las niñas”, eran las palabras que constantemente escuchaba la joven mujer. “Ante la falta de respuesta en aquella ocasión que lo denunció, y que le hizo saber a las autoridades que la amenazaba con las niñas, mi hermanita no sabía qué hacer, cómo alejarse de él”, detalla una de las hermanas.
El 25 de agosto Brenda se encontraba lavando ropa,en el diminuto patio de la casa. Herminia, sentada acompañándola y viendo jugar a su nietas, que también solían acompañar a su mami. Eran aproximadamente la cinco de la tarde de ese sábado. Afuera las vecinas iban y venían, y muchas vieron llegar a Juan de Dios a quien le temían porque era el que regularmente las asaltaba. El sujeto subió las mismas escaleras que nosotros caminamos y empezó una pelea con Brenda. Herminia, de 42 años y vulnerable por su operación, intentó defenderla. Sin miramientos, Juan de Dios apuñaló a Herminia. Ahora fue Brenda la que intentó defender a su madre, pero el hombre arremetió contra la madre de sus hijas que fueron testigos de como las lastimaba. Una de las hermanas escuchó y salió: “Yo grité. Él regresó y le dio una puñalada más a mi mamita. Tuve miedo y me metí al cuarto; entonces se marchó”. Al salir, la temerosa mujer empezó a tocarlas, ninguna respondió. Ya les había arrancado la vida.
Mucha gente fue testigo de lo que sucedió. Llegó la policía, empezaron a buscarlo pero él ya no estaba. Un vecino intentó detenerlo, pero también lo atacó con el arma. Nadie ha querido atestiguar por el miedo que el sujeto les inspira. “Se atrevió a asesinar a dos mujeres a plena luz del día y es capaz de asesinar a cualquiera”, son los comentarios que se escuchan entre los vecinos.
La Fiscalía del Estado de México no ha girado la orden de aprehensión. Juan de Dios sigue libre, sin temor a ser detenido y sigue amparado en la impunidad que toda su vida lo ha favorecido. Las hijas de Brenda tienen constantes pesadillas de lo que vieron. Las hermanas e hijas de estas mujeres, víctimas que se quedaron en la invisibilidad porque ningún medio tuvo la información para documentar el crimen, lloran en silencio.
En diferentes ocasiones les han corregido errores en la carpeta de investigación, lo que ha dilatado la búsqueda del asesino. Juan de Dios sigue al acecho, agazapado, en espera del momento de atacar a la familia y arrebatarles a las pequeñas. La familia de Brenda y Herminia no pueden alejarse del lugar que aún huele a sangre, de aquel pequeño patio que fue el escenario de un sujeto que con todo el cinismo y sin importarle nada les arrebató a dos de sus mujeres. Intentaron irse de San Juan Ixhuatepec, por miedo. Sin embargo, la necesidad y a pesar de estar llenos de dolor decidieron continuar. “No podemos dejar las cosas así, mi mami y mi hermana merecen justicia y la vamos a encontrar».

Herminia.
Ese 8 de septiembre de 2018, que acudimos a su hogar, pude oler la sangre que se derramó por la decisión de un sujeto al que se le hizo fácil hacerlo. La casa es una gran loza que pesa, donde Herminia ya no cocina, ni espanta las moscas que detestaba. Un altar con las fotos de ambas acompañan el pequeño cuarto verde agua, donde la mesa y algunos bancos atestiguan la charla en que Julio, Celena y Alma me dicen que no creen en la justicia. Donde la vida continúa y nos convertimos en extraños ante los ojos de muchos que vieron llegar e irse a Juan de Dios aquel 25 de agosto, quienes hoy tienen temor de hablar por la impunidad con que se mueve un asesino.
Cuando creo que he narrado la historia más triste, llega algo que me hace saber que la barbarie, la saña y el odio crecen todos los días en contra de quienes sólo buscan vivir, sobrevivir a este país del dolor, la marginación y la injusticia.
* Comunicadora libre, bloguera mexicana.
¿Eres madre, padre, hermana, hermano, hija, hijo de una mujer víctima de feminicidio, desaparición o intento de feminicidio? Búscame, ayúdame a visualizarlas y a contar su historia.
Las fotos de interiores se publican con autorización de la familia.
Foto de portada (ilustrativa): Blog Bethany A Jennings.
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