SOMOSMASS99
Víctor Corona*
Barcelona, España. / Lunes 8 de octubre de 2018
Y la neta sí, fue duro al principio.
Como diría el Berni, se había acabado el cuento de hadas.
Mientras fui niño y viví lejos del norte fui sorteando los conflictos de forma más o menos ágil.
Objetivamente, puedo ser muchas cosas pero guapo no soy.
No obstante, ser un poco más alto y menos moreno que la mayoría de los niños del centro del país me sirvió durante algún tiempo para colgarme el cartel de exótico. En un país tan profundamente racista como México, una cosa así puede ser determinante. Los profes pensaba que yo era más listo y mis compañeros de clase me otorgaban atributos desconocidos.
Tanto así que hasta quizá me creí un poco que era diferente a los demás.
No podía estar más equivocado.
Villavicencio, mi apellido materno, causaba algo de extrañeza.
Yo me acuerdo que llegué a otorgarle una cierta nobleza hasta que mi madre me dijo:
En Guerrero Negro hasta los coyotes se apellidan así.
Tuve que regresar al origen para descubrir lo que mi mamá me recordaba cada día con las historias cashanas del desierto. Que era un buen shamaco. Pero que era uno más del montón. Si me apuran, del montón pa’bajo.
El regreso fue duro, como lo decía.
Ya en la secundaria. Ya con catorce añitos. El otoño del noventa y cuatro de la periferia de Ensenada no estaba dispuesta a poner las cosas fácil.
Mi supuesta blancura y altura era absolutamente inexistentes.
Mi acento, antes idolatrado por mí como “acento norteño”, para los otros era calificado como el más de los shilangos.
Y para mi pesar, no es que me gustaran los estudios pero me aburría de tal forma, que me concentré con todas mis fuerzas en ser un buen estudiante.
Pinshi vato culo.
Pinshi morro joto.
Vale verga ese pinshi shilango.
Si algo había aprendido estando fuera de mi origen es que tenía que salir de esta situación yo sólo. Pedir ayuda a algún profesor me hubiera condenado para siempre.
Me tragué el orgullo.
Empecé a reír las bromas y hacer bromas.
Empecé a jugar básquet y fútbol.
Empecé a aprender a callar ciertas cosas y aprender de lo nuevo.
Empecé a tener mis primeros compas del barrio.
El Raúl. El Edgardo. El Omar.
– Mire morro, si usted no tiene feria para comprarse un pantalón dickies o zapatos alpine no se agüite morro, es lo verga, lo que no puede compa, es andar caminando pa’bajo y siendo culo. Primero, usted tiene que rifar barrio porque el barrio es lo que lo protegerá siempre.
Algo así debía decirme el Omar mientras me paseaba por la calle Italia o la calle Amapola. Calles en las que teníamos que andar con piedras y palos en las manos para defendernos de las piedras o de los hommies locales. En donde las aguas negras regaban la tierra seca y donde los baches estaban señalados por viejos neumáticos.
Mis compas intentaron enseñarme a ser rudo.
Porque una cosa es cierta, en mi barrio si eres vato y no eres rudo, las cosas van estar cabronas para ti.
No ser rudo socialmente tiene un costo muy alto.
No compas.
No bisnes.
No party.
No morritas.
Mi compa Omar se esforzaba.
– Tienes el cuerpo muy madreado compa, además, caminas agashado.
Y nos íbamos a correr a las cañadas que en ese entonces aún estaban cerca de casa. Nos salíamos todos los compas bien temprano con burritos de huevo con chorizo. Salíamos con el ímpetu de encontrar esa fuerza que nos convirtiera en hombres. En ese entonces no lo veía ni olía, pero ahora que lo recuerdo puedo hacerlo.
Las plantas de romero.
La brisa marina que se pega en las montañas.
Nuestras risas sordas.
El corazón palpitando con coraje.
El ruido del cascabel de las serpientes.
El sol saliendo entre las rocas.
Nosotros, descansando, con las sonrisas cercenando cualquier horizonte.
El Edgardo era más romántico.
-A ti lo que te hace falta es una jainita. Una jainita te va pondrá bien a tono.
Yo, aunque no me atrevía a decirlo, pensaba lo mismo que él.
De hecho, desde el primer día de escuela intenté hablarle a una mushasha que me había cautivado. Bueno, lo hice pero se rió de mí.
Quizá la primera semana tuve suficiente humillación para no atreverme ni a volverla a mirar pero poco a poco me fui acercando de nuevo.
Fue en clase de español, creo, que empezó todo.
La profesora pedía leer en voz alta pero la rudeza de mis compañeros era tal que ningún chico se atrevía a leer.
Entonces yo alcé la mano.
Leíamos (figúrate tú) el Cid Campeador. Yo creo que como había estado callado durante tanto tiempo mi voz salió con tal ímpetu que la raza calló y me escucharon atentamente. Cuando acabé mi párrafo la profesora pidió que siguiera leyendo. No sé cuánto habré leído. Sólo recuerdo que leí hasta que el timbre que nos avisaba que era hora de irnos a casa sonó. Entonces paré.
La clase estaba en silencio.
Contrariamente a lo que temía nadie se rió de mí.
Guardamos los libros en un silencio extraño.
Yo estaba al borde de las lágrimas. No sé muy bien por qué.
Entonces Rosita, así se llamaba la niña, se me acercó y me dijo.
– Mushasho, lees bien bonito. Me gusta musho tu voz.
En ese momento, mi corazón se disparó como si hubiese corrido dos veces a las cañadas.

– Oye al vato, le gusta la Rosita.
Cuando confesé a mis compas que estaba enamorado de la Rosita -bueno, no les dije que estaba enamorado sino que me gustaba-, no hubo ninguna celebración. Más bien, un cierto pesar se dejó caer.
– Morro, esa morra no te va a capear y te vas a meter en un broncón.
Yo no lo sabía pero me lo dijeron ellos al instante. Rosita era la hija menor de una familia que tenía una tienda de abarrotes en el barrio. En los tiempos en que los OXXOS no existían, eso equivalía a ser parte de la pequeña burguesía de nuestro universo.
La tienda se llamaba Rosita. Estaba pintada de color rosa y tenía una rosa dibujada. Una rosa de esas que dibujan los sholos de mi barrio. Además, estaba escrito, “Tienda la Rosita”, en letras góticas (o letras sholas como le dicen).
La tienda estaba cerca de mi casa y cada vez que mi mamá me mandaba a comprar algo yo iba allí. Esperando verla.
Muchas veces la veía.
Si bien en la escuela no me hablaba, en la tienda, cuando nos encontrábamos, era muy simpática conmigo.
Para esto, mis lecturas en voz alta ya se habían vuelto una tradición. Yo era el que leía siempre en voz alta.
La profesora Alicia me animaba a leer y me prestó un libro de poesía de un chileno para mí desconocido. El libro se llamaba Residencia en la Tierra y era de un tal Pablo Neruda.
Yo lo leía, en aquellas tardes tan aburridas en mi casa.
Lo leía aprovechando los últimos rayos de sol en nuestra casa sin ventanas.
Sin ventanas y sin nada, pero nuestra.
Leía aquellos versos que no entendía y me enamoraba.
Quería enamorarme.
Entonces le decía a mi mamá:
– ¿No quieres nada de la tienda?
El problema con Rosita no sólo es que era la perla de su familia. No sería fácil salir con ella. También es que muchos morros del barrio querían salir con ella.
De hecho, tenía ya un medio novio. Un morro de la calle Amapola bastante famoso y temido. El Topo.
Lo recuerdo perfectamente. Vato flaco, alto de ojos pequeños y orejón. Alto y correoso. Moreno por el sol. Pantalón dickies beige y zapatos alpine. Peinado siempre para atrás. Con malla en la cabeza. Bromista. Bueno pal fut. Bueno para los putazos. Bien rifado. Rudo.
Algunas veces iba a la tienda y él estaba visitando a Rosita. Ella ni me miraba esos días y yo menos.
Un día, sin saber por qué. Una mañana especialmente fresca me encontré a Rosita saliendo en uno de los pasillos. Traía los labios pintados y olía a perfume. Nada más de verla me puse a temblar. Me dijo qué onda morro, miró hacia los lados y me dio un beso en los labios. No un beso de esos de película. Un beso de niños, de esos que parecen inofensivos pero que pueden cambiar el resto de tu vida.
Y yo me disparé.
Les conté a mis compas y obviamente no me creyeron. O no quisieron creerme.
El Raúl, el más serio de todos, me dijo: Ábrete Víctor, nomás te va a traer broncas esa jaina.
Demasiado tarde.
Sabía que la escuela no era mi terreno. Allí apenas hablaba con ella.
Pero cuando el sol caía, la trastienda de la Rosita, era nuestro lugar.
Sus papás vieron con buenos ojos que estudiáramos juntos. Además, estábamos allí con ellos, qué de malo podía pasar.
Y así, empezamos a estudiar juntos cada tarde.
Leíamos.
Hablábamos.
Yo quería ser piloto de la fuerza aérea.
Ella quería ser enfermera.
Fantaseábamos con estudiar juntos, fuera, en una ciudad lejana.
Reíamos mucho.
Ya no me decía chilango.
De pronto, las calles de mi barrio.
Los perros de mi barrio.
Las aguas negras de mi barrio.
Todo, me empezó a parecer perfecto.
En su perfecto equilibrio.
Un día en la escuela sentí una mano firme en mi hombro.
Me giré y El Topo me dio un puñetazo en la cara.
Yo me quedé helado.
Era la primera vez que me golpeaban.
Él estaba encendido.
Me decía órale puto, ábrase, ábrase puto.
Me golpeó de nuevo, esta vez en el estómago.
Arre puto. A ver si se le quita lo puto.
No sé quien llegó pero me lo quitaron de encima.
Yo lloré.
Lloré mucho.
Me sentí humillado.
Me sentía perdido.
Sentí que la había perdido.
Ella dejó de hablarme por un tiempo.
En ese tiempo me pareció una eternidad, pero quizá fueron sólo un par de días.
Una tarde volví, mi mamá me mandó a comprar 20 pesos de queso fresco.
Del que no tiene grasa.
Cabizbajo fui a su tienda. A la tienda.
Pude haber ido a los abarrotes Villa pero no.
Fui a la Rosita.
Ella estaba sola. A veces la dejaban sola.
Le pedí los 20 pesos de queso.
Como un desconocido.
Me los sirvió.
Triste.
Como si hubiera llorado.
Entonces me preguntó.
¿No quieres estudiar un rato?
Y pasamos a la trastienda.
Yo estaba nervioso.
Para ese entonces, estaba obsesionado con un verso de Neruda y se lo dije. Así, de memoria.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
Y entonces nos besamos. Pero no como antes.
Esta vez pude sentirla desde dentro.
El calor.
La humedad.
La respiración.
El peligro.
Era como si necesitara ser ella. Estar dentro refugiado.
No me podía separar.
Aunque nunca lo había hecho, besaba como si hubiera nacido sabiéndolo.
Y nos tocábamos.
Y yo pensaba.
Que esto no se acabe nunca.
Mis manos o las suyas, no recuerdo, empezaron a intentar quitar de en medio las ropas que nos estorbaban.
Sorpresivamente entró su hermano a la habitación.
Nos vio y con calma me pidió que me fuera.
Ahora mismo no recuerdo bien lo que pasó después.
Sólo recuerdo que a los pocos días la Rosita era formalmente la novia del Topo.
Cuando nos cruzábamos evitábamos la mirada.
Llegó el verano y nos vimos poco.
No porque nos fuéramos de vacaciones ni nada. Simplemente, casi no fui a la tienda.
Se acabó el curso y me la encontré de nuevo. Esta vez en la prepa.
Estaba aún más guapa.
Me dijo. El Topo ya no es mi novio.
Me dijo eso meses después de no habernos hablado.
Me dio una carta en la que me citaba en el Parque Revolución.
Qué suerte que aún no había teléfonos celulares.
Nos vimos en el parque y hablamos mucho.
Nos besamos de nuevo.
Muchas veces.
Ella quería ser enfermera todavía.
Yo, para ese entonces, quería ser actor. Quería hacer la revolución.
Esperamos el camión juntos para ir al barrio.
Cuando íbamos por la subida de la Alisos le pregunté, mientras sonaba a toda pastilla Pancho Barraza, si quería ser mi novia.
Con unos ojos brillantes me dijo que tenía que pensarlo. Que sin falta vendría a mi casa al día siguiente a decirme la respuesta.
Yo fui a la cama sin poder dormir. Leí hasta tarde un libro que me había regalado un profe. De un tal Raine Maria Rilke, Cartas a un joven poeta.
Esperé al día siguiente y al siguiente pero Rosita nunca vino a mi casa.
Ella iba por la tarde a la prepa y yo por la mañana, pero un día fui a esperarla.
Al salir la vi con otro vato. La llevaba por la cintura y se subieron a un carro.
Se fue de mi vida como había venido.
Como un relámpago.
Recuerdo que lloré.
Recuerdo que hasta le escribí.
Recuerdo que hasta pensé que eso no me volvería a pasar, pero me pasó tantas veces más que prometí a mi mismo no volver a decir esas cosas.
Pero la seguí viendo en el barrio.
Poco tiempo después, la vi en el micro. Llevaba el uniforme de la prepa pero estaba embarazada.
Me agüité.
Poco después mi hermana me contó que había dejado los estudios y que tenía una niña preciosa. Le habían puesto Rosita.
Pasó el tiempo y la volví a ver embarazada. La saludé y me dijo, qué onda morro. Estaba embarazada pero tenía una nueva pareja. El vato anterior la había abandonado y ahora estaba con otro morro más responsable.
Me contaron después que el vato era mucho mayor que ella. Responsable quizá. Pero también me dijeron que le pegaba.
Años después supe de ella porque trabajaba con mi hermana en una perfumería. Fue ella la que me dijo que un día llegó golpeada.
Eso me agüitó más. Pero lo que más me agüitó fue la normalidad con la que me lo contaron.
Hace mucho que no vivo en el barrio y quizá por eso de vez en cuando regreso a estas historias.
También regreso al barrio.
No hace mucho, en uno de estos viajes me la encontré.
Me la encontré en la perfumería en que trabaja y nos vimos con complicidad. Seguía siendo la misma morrita bonita de hace años pero con unas capas de dolor.
Me sonrió y me dijo:
– Al final no pude ser enfermera.
– Tampoco yo pude ser piloto de la fuerza aérea.
* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.
Foto de portada: Pixabay.
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