SOMOSMASS99
LA COLUMNA ROTA
Frida Guerrera*
Viernes 26 de octubre de 2018
«A veces se le da más voz al victimario, que es tan abrumadora y nadie escucha a las víctimas».
– Lydiette Carrión.
El pasado 5 de octubre una noticia que heló el corazón de todo aquel que la leyó nos despertó el terror, el miedo, la indignación de algunos: un sujeto y su pareja fueron detenidos en Ecatepec, Estado de México, luego de la insistencia de tres de las familias de mujeres desaparecidas en abril, julio y septiembre de este año para que las autoridades mexiquenses investigaran dónde estaban. Muchos de quienes leyeron esa primera nota pensaron que el terror del feminicidio en el Estado de México había iniciado en 2018.
No, el terror nació hace muchos años y no solamente en Ciudad Juárez. Los feminicidios en el Estado de México han crecido exponencialmente los últimos años, pero fue entre 2012 y 2014 que se empezó a vislumbrar un poco el sobresalto con el que las mujeres viven en ese punto del fallido México.
Ese viernes estuve en contacto con algunas personas cercanas a la investigación del caso de la pareja de Ecatepec. Escuché algunos detalles dantescos de lo que se había encontrado en ese lugar. Al mismo tiempo que los atendía, en mi mente deseaba que jamás se conozca tanta saña y crueldad, demasiada crueldad. En ese momento debíamos privilegiar a las familias, no solo de las últimas tres mujeres asesinadas, sino las de cada una de las que hasta el día de hoy tienen a una mujer o una niña desaparecida.
La primera llamada que realicé después de despejar un poco la mente fue a Lydiette Carrión, periodista e investigadora del tema del feminicidio y desapariciones en esa zona del Estado del terror, quien documentó e investigó durante seis años la pesadilla que se estaba viviendo. Del otro lado de la línea telefónica la voz se quebró. Fue uno de esos momentos en que debemos dejar un poco de lado el profesionalismo para ser mujeres, amigas, seres humanos.
“No Frida, no es sólo esto que me comentas, ahí hay más y van a querer dar carpetazo a infinidad de casos que las autoridades no han investigado por años”.
Aunque fui renuente al principio, coincidía con quien además de ser mi amiga me enseñó a redactar el dolor con amor y respeto a las víctimas y sus familias. Unos días antes se publicó el libro de Lydiette, La Fosa de Agua. Desapariciones y Feminicidios en el Río de los Remedios. Y ella sabía perfectamente de lo que hablaba.
Tres de las familias de las mujeres desaparecidas me buscaron por medio de Facebook y correo electrónico. Por mi agenda y falta de capacidad para atender todos los temas, me limité a compartir las cédulas de búsqueda. Más tarde me di cuenta que eran ya acompañadas por otra persona, por lo que opté por mantenerme al margen y sólo seguir compartiendo la esperanza de poder encontrarlas. Desgraciadamente las desapariciones de mujeres y niñas, y los feminicidios son demasiados en todo el país, por lo que si alguien más tiene algún caso hay que seguir apoyando a otras familias. Porque manos, ojos, voluntad y plumas que den seguimiento a todo resultan insuficientes.
El horror se acrecentó conforme pasaban las horas. Una nota detallaba una cosa, otra hablaba de lo mismo pero dando otros pormenores que no tenía la primera. Algunos medios sólo reproducían lo dicho antes, y entonces el pavor me abrazó ante los cuestionamientos. ¿Qué íbamos a hacer cómo medios de comunicación ante este suceso? ¿Cómo lo íbamos a informar sin lastimar a las víctimas? ¿Cómo iban a responder la sociedad, las redes sociales, ante lo infernal, sin revictimizarlas?
El prefijo re- indica una condición de repetición. Se conoce como revictimización, victimización secundaria o doble victimización el proceso mediante el cual se reproduce sufrimiento por parte de instituciones y profesionales encargados de prestar atención a las víctimas a la hora de investigar un delito o instruir las diligencias oportunas en el esclarecimiento de lo ocurrido.
Y sí, aunque los medios y la sociedad no prestan atención a los ofendidos, en este caso se convirtieron también en quienes desde ese 5 de octubre han revictimizado todos los días a las madres, hermanas, sobrinas, amigas, esposos de familias enteras.

La Fosa de Agua recaba el pavor, el miedo, la incertidumbre de diez familias que hasta el momento no tienen respuesta de las autoridades y que, dicho por Lydiette, con este caso se puede pretender, sin investigar a fondo, responsabilizar a Juan y Patricia como presuntos responsables de todos esos crímenes. Y coincidimos: no creemos que él, sólo en compañía de su pareja, haya cometido tantas atrocidades, o que autoridad alguna no se haya percatado por años de que algo no estaba bien en esa zona.
Muchos medios de comunicación solamente voltean cuando la violencia es extrema. Porque la cotidianeidad del crimen ya no sorprende, ya no “vende” cuando alguien porta un cuchillo y lo clava en el estómago o en el cuello de una persona, o cuando la “delincuencia organizada” tortura y jala el gatillo de una pistola y la bala taladra la cabeza de alguien. No, eso ya no asombra, tampoco las fosas clandestinas en Veracruz, Guerrero, Sinaloa, Tamaulipas, o tráileres llenos de cadáveres circulando en todo el país. Eso ya no tiene interés, y tampoco causa indignación.
Las notas no pararon los días subsecuentes y hasta la fecha siguen presentes, los medios convertidos en voceros de un asesino dejando de lado la voz de las víctimas, su dolor, su temor, su vida diluida, a cambio del rostro de un sujeto que amparado en la impunidad asesinó mujeres a diestra y siniestra, de acuerdo a lo dicho por él.
El máximo de la revictimización fue cometido por integrantes de la propia Fiscalía del Estado de México: un video filtrado de Juan inundó cinco días después las redes sociales, para brincar de inmediato a todos los medios de comunicación. Un relato sanguinario, la exacerbación de la personalidad de un individuo que no era nada, ni nadie, un sujeto alardeando detalles, un tipo queriendo dejar de ser el Don nadie que toda su vida fue. Periodistas, líderes de opinión, medios nacionales, internacionales reprodujeron constantemente el video. Notas aquí, allá, cumpliendo el sueño de un asesino: “Ser famoso”.
La invitación personal fue constante: no compartan eso. Ingenua, intenté reportar el video de la primera fuente en Facebook. Ya no servía de nada, la filtración estaba en todos lados y además violando la presunción de inocencia del “detenido”. Aunque algunos abogados expertos en la materia han dicho que no pasa nada, ya que no se trataba de una diligencia magisterial (sic).
Ante el asombro y la indignación, el caso dio la vuelta al mundo. Pero no informando, más bien haciendo de tanto dolor un circo. Era la oportunidad de tener la atención de los radioescuchas, de los televidentes, de tener miles de likes en las redes sociales, una sociedad centrada en un individuo cuando 27 feminicidios se perpetraron en todo el país en esa semana y nadie los vio, ni los condenó.
Pocos medios se reservaron y no publicaron los detalles que eran filtrados aquí, allá. Pocos, muy pocos, se detuvieron a pensar en las familias afectadas, en lo que se queda vivo y que a pocos importa: los hijos, hijas, madres, padres. Para muchos medios y la sociedad en general lo único que fue prioritario fue ensalzar la personalidad de un sujeto que peligrosamente puede estarse convirtiendo en ejemplo para muchos hombres, quienes una vez más reciben el mensaje de que pueden asesinar a una mujer o niña y difícilmente serán capturados. Y de que en caso de ser atrapados, mientras más saña apliquen serán llamados “locos”, “enfermos”, serán justificados porque de pequeños fueron “maltratados” y además para los ojos de algunos son “chingones”.
Acudí a Jardines de Morelos el pasado 13 de octubre de 2018, invitada por algunas vecinas que limpiarían el Memorial a las víctimas de desaparición y feminicidio, instalado en avenida Nicolás Bravo y Playa Pie de la Cuesta. A ocho días de que los vecinos se unieron en el grito de ¡Ya basta!, el lugar todavía se percibe tenso. Los colonos se miran unos a otros desconfiados, y más con las personas que no vivimos ahí. El tema no se detiene, algunas personas como Isthar o Karly, señalan que se debe denunciar, recordar, para que no se olvide y haya justicia. Otros prefieren no hablarlo, pero en silencio se horrorizan. Otros más optaron por irse de inmediato del lugar. ¿Quién podría desear permanecer en una zona donde se vivió tanto dolor?
Lo grave de todo es que decenas de familias lo denunciaron hace muchos años. Lydiette desde 2012, hasta hace un año que dejó de escribir sobre el tema, por salud. Ella era esa voz pocas veces escuchada. Desde este espacio lo hemos dado a conocer cada semana y pocas voces han hecho eco. El horror lo estamos viviendo desde hace varios años, los feminicidios crecen a grado tal que es una emergencia nacional y a pocos les ha importado. Hasta hace unos días, lo más evidente es que seguramente lo tendrán presente sólo mientras dure el “sensacionalismo”.
Al presunto asesino de más de 20 mujeres (dicho por él), le nombraron El monstruo de Ecatepec. Sin embargo, como muchas otras voces lo han comentado, gritado, escrito, el feminicidio en el Estado de México, y en todo el país, no se limita a un hombre (a un asesino serial). El verdadero monstruo sale una y otra vez en cada hombre que sintiéndose dueño de su pareja o ex pareja la asesina sin piedad, en aquel predador que busca el momento oportuno para “cazar” a la niña que pasa, violarla y dejarla asesinada, tirada como el envoltorio de un dulce. Lo monstruoso es la impunidad, la corrupción, la falta de investigación, la falta de sensibilidad para saber escuchar a las familias que temerosas acuden a denunciar la desaparición de sus mujeres. El monstruo no es aquel que te dijeron que actuó, solo. Es tan evidente que el 15 de octubre fue encontrada a unos metros de su casa, violada y asesinada, una niña desaparecida un día antes en Melchor Ocampo, Estado de México. Y al estar redactando este texto, fue encontrado en calles de la colonia Jardines de Morelos, quinta sección, el cuerpo de una mujer en estado de descomposición en una bolsa.
¿Y entonces? Una vez más reitero: cada vez que me siento a redactar creo que ya no puedo describir más miseria humana, más impunidad, y una vez más ratificó que la saña, el sadismo y la incapacidad gubernamental crecen. Compruebo que debemos detenernos como sociedad y dejar de consumir, justificar, replicar y enaltecer a seres miserables que siguen desapareciendo y asesinando mujeres y niñas. Porque nos estamos convirtiendo en cómplices silenciosos al dejar de lado el dolor de las víctimas, aquellas que fueron acalladas y aquellas que se quedan esperando justicia.
Nos falta mucho para recuperar la parte humana que en algún momento se perdió; necesitamos reaprender a sentir, a ver, a escuchar, a abrazar al otro. Porque hoy estamos perdidos.
Luego de enterarme de la detención de esta pareja intenté comunicarme con las familias que me habían buscado sólo para ofrecerles apoyo moral y abrazarlas. La respuesta, y con mucha razón fue: “Para qué nos buscas ahora que ya está muerta, si antes te pedimos ayuda».
Y sí, antes nos pidieron ayuda a todos y no se las dimos.
* Comunicadora libre, bloguera mexicana.
¿Eres madre, padre, hermana, hermano, hija, hijo de una mujer víctima de feminicidio, desaparición o intento de feminicidio? Búscame, ayúdame a visualizarlas y a contar su historia.
Fotos de portada e interiores: Frida Guerrera.
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