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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Francia / Viernes 11 de enero de 2019
Mi hijo mayor cumplió 14 años en noviembre. Este es su quinto año de vida en Francia. Con él y gracias a él, conozco el mundo de la secundaria y la adolescencia “a la francesa”, que en un principio me producía un enorme miedo.
Quizá por cómo yo lo viví tanto como adolescente, como posteriormente como profesora en secundaria y nivel bachillerato en México.
No es fácil ser adolescente en México. Así que extrapolé y pensé que las dificultades que mi hijo enfrentaría acá serían las mismas.
Y sí. Pero no.
Como siempre, no todas las diferencias entre Francia y México son evidentes en una primera mirada y hay que rascar profundo para ver los hilos que separan una realidad de la otra. Y como siempre, no puedo hablar de “un” México y “una” Francia, porque ambos países tienen una realidad que cambia drásticamente dependiendo de la ciudad, la región, la zona geográfica…
Mi adolescencia, hace ya más de dos décadas estuvo marcada por la asistencia a una secundaria sólo para mujeres, en que quizá no presencié el consumo ni de droga ni de alcohol como después pasaría cuando ingresé al bachillerato. La secundaria tenía una disciplina férrea, un largo de falda obligatorio (a mí me regañaron una vez porque mi falda estaba demasiado larga…) y aun así, afuera de la escuela había chicos más grandes, muchachos que iban a “ligar” a las inocentes alumnas que no convivían con hombres y sí, sí escuché hablar de la famosa droga que te regalan para hacerte adicto, pero nunca la vi con mis propios ojos.
En el bachillerato, la escuela era gigantesca. Una de esas escuelas que sólo pueden existir en mega-urbes como nuestro Distrito Federal (así se llamaba en esa época). Con tanto alumno entrando y saliendo, ahí si vi fluir de todo. Compañeros que reventaban en el primer año de bachillerato por irse a tomar. Compañeros que llegaban con los ojos rojos, otros que consumían droga (marihuana normalmente) fuera e incluso dentro de la escuela. Otros comentarios, de otras drogas. Chicos perdidos en el consumo. Burlas, acoso…chicas embarazadas (muchas), situaciones peligrosas y una escuela que si bien en términos académicos nos dio incluso de más, estaba desbordada por todo lo que pasaba adentro de sus muros. No había ni personal ni estructura, no para vigilar, sino para ofrecer contención a una comunidad gigante de adolescentes semi perdidos.
Y como profesora, tanto en el área conurbada de la Ciudad de México como después en mi pequeño pueblo hidalguense, vi muchas cosas. Vi sobre todo adolescentes solos. Encarados a muchísimas responsabilidades y decisiones para las cuales ni están listos ni cuentan con apoyo. Fui testigo de cómo chicos con gran capacidad tenían que dejar de estudiar para trabajar. Y otros elegían hacerlo porque estudiar igual ni parecía tan interesante ni prometedor. Vi a muchas más chicas embarazarse tan jóvenes, sin estar conscientes de lo que estaba pasando en su vida. La mayor parte del tiempo, las vi intentar seguir estudiando y no poder porque estaban solas con un bebé y un mundo de responsabilidades. Escuché en conversaciones ajenas de las borracheras, las “tachas”, la marihuana. De cómo muchos manejaban el coche o la camioneta de sus papás a los 12-13 años, obviamente, sin ninguna formación o idea de la responsabilidad que es conducir un automóvil. Otra vez fui testigo de cómo socialmente no nos damos cuenta de cuánto se juega de la vida de una persona en su adolescencia y qué caso omiso que hacemos de esta edad tan importante.
Ahora acá, en Francia, ya como mamá, con qué miedo escuchaba hablar a mi marido bretón de que para él la secundaria también fue un periodo difícil. Con el pánico de mi experiencia y a la vez de la ignorancia, envié a mi hijo a la secundaria.
Y en muchos sentidos, me relajé. La contención del adolescente en las instituciones es mucho más coherente, si bien en términos familiares es muy diferente. Es como si al entrar a la secundaria (el “collège” francés, que empieza un año más temprano que en México y que dura un año más), las familias se deshicieran de sus muchachos. Ya están grandes, toman el autobús escolar, y muchos son los padres que por tiempo (horarios laborales) o cansancio, ya no se involucran igual en el día a día de sus hijos. Pero la escuela cuenta con más mecanismos de orientación para los muchachos.
No puedo presumir de un logro que no es mío, pero mi hijo mayor (y después mi segundo hijo, que llegó de 6 años a Francia), se han adaptado de forma excelente a la escuela y a la secundaria francesa. Son buenos alumnos y en general, chicos muy responsables.
Además, me ha tocado colaborar como madre de familia en reuniones escolares y me pareció una de las cosas más bellas que he vivido en Francia. Los grupos son multiculturales (aunque no en la medida en que lo son en otras regiones francesas), y autoridades y profesores muestran un gran compromiso en ayudar a todos los alumnos a salir adelante.
Pero hace poco, me tocó que se me “ponchara” mi globo de adolescencia feliz y de secundaria maravillosa. Me enteré de cómo acá en mi pintoresco pueblito bretón también existen esas redes de droga que regalan marihuana a los muchachitos de 12-13 años para después poder venderles. De cómo si mi hijo quisiera encontrar esas cosas le resultaría tan fácil como lo es allá en México.
Y me di cuenta de que tanto allá como acá, nuestros adolescentes están expuestos.
No sólo a las drogas.
Al alcohol.
A una sexualidad sin información.
Sino también a la indiferencia. Los adultos parecemos olvidar que también tuvimos esa edad y no tenemos la paciencia ni el cuidado de hablar bien con ellos y de ofrecerles vías y caminos para descubrir la madurez que les cae encima de una forma u otra.
Y las diferencias parecieron desaparecer en mi mente unos segundos. Y sólo me sentí pequeña, impotente. Y me senté a hablar (como lo hago todas las noches) con mis dos hijos adolescentes.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Foto de portada: Pixabay.
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