SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 17 de enero de 2019
De dónde sacamos la loca idea, que para que un niño se porte bien, primero tenemos que hacerlo sentir mal
– Jane Nelsen
Muchas personas suelen basar su actuar violento en costumbres y hasta en preceptos religiosos, costumbres y creencias tan arraigadas que se convierten en patrones de relación que invisibilizan el perjuicio que causan a los niños y a las niñas.
El avance de las ciencias humanas y de los derechos humanos —traducidos en leyes para la erradicación del maltrato infantil— ha evidenciado la inutilidad y el perjuicio de dichas prácticas. Lo cual no significa que todas las personas estén de acuerdo con tales principios y normas. De hecho, las instituciones aún no terminan por incluir en su normatividad y filosofía interna el marco legal vigente ni los avances científicos.
Un ejemplo lo encontramos en algunas iglesias que basan la disciplina en preceptos del Antiguo Testamento, por ejemplo, Proverbios 22,15: “Pegada está la necedad al corazón del muchacho; más la vara del castigo la echará fuera”. Proverbios 13, 24: “No usar el chicote es no amar al hijo”, las cuales sugieren que los niños y niñas aprenden a través del dolor, del sufrimiento, y que sus conductas, consideradas inadecuadas por parte de los adultos, merecen tales castigos, negando o desconociendo la existencia de múltiples principios y métodos para aprender de una manera más humana, sin abuso de poder, sino basados en soluciones, en el apoyo para la adecuada gestión de las emociones infantiles, en la promoción de habilidades, en el aprendizaje de la experiencia, del error, etcétera.
Las justificaciones de la violencia hacia los niños y niñas con argumentos bíblicos o aun pedagógicos no son más que una falacia. Toda acción que transgrede un cuerpo ajeno, que viola sus derechos, que lastima y perjudica el desarrollo infantil, no puede ser educación.
Recordemos que la educación consiste en facilitar la emergencia, el surgimiento de lo mejor del niño, y los castigos no consiguen tal cosa, sino todo lo contrario: sofocan su potencial, inhiben sus talentos, generan resentimiento, provocan culpa, vergüenza, contribuyen a la mala autoimagen y autoestima.
La violencia no debe tener espacio en ningún discurso, en ninguna institución religiosa ni educativa. El debate sobre la efectividad de los métodos autoritarios que basan su “efectividad” en el abuso de la fuerza para la implementación de castigos ha sido superado por la evidencia empírica y científica.
El problema estriba en que dichas evidencias no han sido socializadas suficientemente, es decir, no han llegado a toda la población. Necesitamos difundirla con mayor intensidad (esto es lo que justifica mi insistencia en el tema a través de mis editoriales y de la publicación de “Cero golpes. 100 Ideas para la erradicación del maltrato infantil”).
La influencia de las instituciones, sobre todo las educativas y religiosas es muy grande, de ahí la responsabilidad con los mensajes que transmiten.
El autoritarismo en la crianza ha dejado ver sus limitados alcances. La apuesta al miedo como mecanismo de control (mucho tiempo llamado de educación) no construye personalidades libres, responsables, analíticas y propositivas sino serviles, inhibidas y resentidas. ¿Qué tipo de ciudadanos queremos?
Necesitamos cambiar el paradigma: dejar de educar en el temor a dios para confiar en su amor. Cambiar aquello de que la letra con sangre entra para transformarlo en la letra con amor y respeto humaniza.
La prevención primaria y temprana de la violencia que hoy nos aqueja comienza por dejar de transgredir los cuerpos ajenos. Los niños y niñas no son de nuestra propiedad sino nuestra responsabilidad.
Un recordatorio final parafraseando al refrán “con la vara que agredas serás agredido”: mejor guárdala.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Pixabay.
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