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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 24 de enero de 2019
Personas que llenan sus vidas de contenidos trascendentes,
crean una sociedad espiritualmente fecunda.
– Sergio Sinay
“En un rincón de un moderno estudio fotográfico, entre una docena de imágenes digitales que cuelgan de las paredes, se encuentra una que desentona: es blanco y negro, pequeña, vieja y de imagen difusa. Es el retrato de un joven de alrededor de veinte años de edad, espigado, de rostro relajado, camisa desfajada, pantalón holgado y sombrero pequeño, que recargado de manera desenfadada sobre una caja oscura sostenida por un tripié de madera, parece esperar al siguiente cliente. Su nombre es J. Merced Rodríguez Domínguez”.
Los renglones de arriba son el inicio de un relato publicado en La voz de nuestra memoria. Relatos de adultos mayores (Universidad Iberoamericana, 2011). Fue resultado de largas horas de entrevista a J. Merced.
Tres pasiones le conocí: su esposa, sus hijos y su trabajo. Con los tres mantuvo una conexión constante, estrecha y amorosa.
Hace dos años falleció. En la carroza hizo su último recorrido hacia al templo donde durante seis décadas tomó la fotografía oportuna en los mejores y más felices momentos de miles de personas: bautismos, bodas, XV años…, ahí frente al altar, sitio que ahora le tocó ocupar vestido con su respectivo ataúd.
En aquella tarde de entrevista de 2011, a pregunta expresa respondió que su lema en la vida era: “Contribuir a que a mis hijos les vaya bien en la vida”. Y lo logró.
Para él, ver a sus hijos y nietos involucrados en el trabajo y proporcionándole las atenciones propias de un viejo en el último tramo de su vida fue la prueba de la viabilidad para guiar a los descendientes por los caminos de la responsabilidad, reciprocidad, solidaridad y gratitud, en una sociedad asaltada por la inseguridad, individualismo, violencia, caos, impunidad, deshonestidad, irresponsabilidad por lo vivo…
Para tal fin los involucró en el trabajo desde la infancia. Primero para que lo conocieran. Después para que adquirieran una responsabilidad. Y, finalmente para que obtuvieran un sueldo que cubriera sus propias necesidades. La filosofía parental era: “Gánense las cosas”.
Lo anterior significaba que en la edad preescolar hijos e hijas “debían” trabajar en el estudio fotográfico quince minutos tres días a la semana. En la edad escolar cumplían un horario de quince a sesenta minutos cada día de lunes a viernes, y las actividades consistían en recoger la basura del piso, acomodar el mobiliario del estudio, matar una que otra mosca que interfería con la toma fotográfica, observar los procesos de revelado y terminado, conocer el equipo, etcétera.
El trabajo formal comenzaba en la adolescencia, e iba desde recortar las fotografías en sus respectivos formatos hasta cubrir eventos sociales con la cámara de 35 mm.
Cuando los hijos e hijas ingresaban a la secundaria, J. Merced (1936-2017) y su esposa Agustina (1940-2005), solían preguntarles a qué pensaban dedicarse al terminarla: “¿Seguirán estudiando, estudiarán una carrera o se dedicarán a trabajar inmediatamente?”, pregunta que servía de reflexión y búsqueda en los próximos tres años y que era complementada con otras frases: “Dedíquense a lo que sea, pero de oquis nada” (cuando les daba por flojear); “Ustedes pueden ser lo que quieran si se lo proponen” (cuando el desánimo y la inseguridad en sí mismos se hacían presentes). De tal manera que al término de la secundaria contaban con algunas bases para decidir.
Con la adultez vinieron las definiciones profesionales y vocacionales de los hijos y de las hijas. El resultado fue: la mayoría dedicados a la fotografía y dos a la salud: medicina y psicología. Las tres profesiones tienen algo en común: observar con detenimiento a las personas para permitir que salga lo mejor de ellas. Significa que al final toda la familia terminó dedicándose a lo mismo, pero desde diferentes lugares.
- Merced Rodríguez Domínguez, mi padre, murió el 29 de enero de 2017.
Es al término de la vida cuando se puede comenzar a contar la obra de una persona. La de J. Merced fue de bondad, servicio, responsabilidad, humildad, paz, amor y trabajo.
Tocó a mucha gente, contribuyendo así, a la construcción de un trocito de sociedad espiritualmente fecunda.
Gracias papá, gracias “Merce”, ex lector asiduo de esta columna editorial.

* Psicólogo / [email protected]
Foto de interiores: Gaudencio Rodríguez.
Foto de portada: Foto: Mario Calvo (@mariocalvo) / Unplash.
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