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De Pinky y Broceliande

Diálogo Global / Diálogo País / Top News / 18/02/2019

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry

Lunes 18 de febrero de 2019

 

… « Je pense que le monde est l’oeuvre du roi du verbe diviser… »

Pienso que el mundo es obra del rey del verbo dividir…

– Erri de Luca, Les trois chevaux

 

Una de las cosas extrañas que pasan en mi vida últimamente es que estoy fuera de las noticias.

O mejor dicho, ellas están fuera de mi vida.

Sin tele. Sin tiempo. Y luego con la radio de la cocina que sólo capta ciertas estaciones, pues no me entero de nada.

Y Facebook parece haberse vaciado de noticias, sólo veo animalitos haciendo graciosidades y memes astutos.

Pero el miércoles alcancé a saber lo que pasó en París, varias fotos de Simone Veill amanecieron mancilladas por esvásticas.

La esvástica no necesito explicártela. Sigue siendo un símbolo trastocado por el odio que todos reconocemos por el mundo.

A la que tal vez no conozcas es a Simone Veill. Fue, entre otras cosas, abogada en Francia y la ley de la despenalización del aborto porta su nombre.

Fue también, sobre todo, porque esos tatuajes nunca se borran, sobreviviente de los campos de exterminio nazis.

Por eso es noticia lo de las cruces.

Por ser lo que son y por ser ella quien fue.

Y entonces pienso en eso del odio.

Hacia grupos enteros.

Hacia desconocidos.

Y en eso de que estamos condenados a repetir nuestra historia, dicen, cuando no la conocemos.

Pero me cae que en Francia la historia se conoce, la de la Segunda Guerra Mundial, la de los campos y, un poco menos, la del Doctor Cerebro de bigotitos que quería conquistar al mundo – ario – y desató la violencia entre tantos Pinkys que por algo lo siguieron.

Foto: Anaïck Lentz.

¿Qué nos lleva al odio, a la violencia? ¿El miedo ancestral al desconocido? Caray, los que denunciaban a sus vecinos por ser judíos, homosexuales o gitanos bien que los conocían.

Los que odian a los fifís que porque son opresores sanguinarios y los que odian a los chairos que porque son sanguinarios opresores no se tenían tanto miedo antes, ¿no? Que aquí sí rige, opino, lo del desconocimiento y opino también que ya valió, nadie quiere acercarse al del otro lado para saber quién es y cómo se construye…

Ahora, los que matan mujeres después de violarlas, las conocen aunque sea por los diez minutos que les duran entre las manos y me cae que no los veo tener miedo.

 

Y como no encuentro respuesta a esa parte de mi cavilación, mejor me regreso a lo del dicho:

Los que no conocen su historia están condenados a repetirla.

 

Por acá ando metida en la historia, la mía, hasta el cuello, los sesos y la panza, mis tripas no pueden más, se han hinchado de tanto mirar para atrás. Podría parecer ganso de engorda si no estuviera aquí por mi propia voluntad.

 

Primero en lo familiar.

Vine a reparar y ordenar la casa ancestral.

Que por ser ancestral, está repleta de cachivaches, cacerolas sin tapa, cobertores enmohecidos y recuerdos, borrosos unos, vívidos otros. Las medallas de la Primera Guerra Mundial, el bastón del abuelo, el retrato de la tatarabuela y otros, muchos otros objetos que fueron significativos en algún momento y guardan en su olor, su brillo, algo de aquellos tiempos.

Y además tiene, la casa, varios problemas materiales, por aquello de la ancestralidad que pesa, ya casi  150 años, sobre sus cimientos, sus paredes y el piso de la cocina.

Escoger cada mañana qué hacer, qué pintar, qué recoger, qué tirar es abrumador.

Y escoger qué parte de mi historia repetiré y cuál no también.

Porque en lo que se refiere  a la familia, no sé tú, pero el escoger caminos diferentes  a los de mis padres, abuelos, y demáses, me hace sentir traidora, o para que no suene tan barbárico, algo así como perjura. Juré en algún momento admiración desbocada a mis padres, luego surgió la adolescencia, la adultez, y hoy puedo escoger qué parte de mi/su/nuestra historia quiero repetir y cuál no.

Tirar la mesa de la abuela, porque ya no sirve, no es traición ni negación, es sencillamente sentido práctico. Aunque duela hasta el alma, la misma que aúlla de dolor cuando pienso en la muerte de mi padre.

Y bueno.

Fui este fin de semana al Bosque de Broceliande. Merlín, Morgana, Lancelot y hasta Viviana flotaron alrededor de mí. El lago me llamó con voz profunda. Y de esa historia, mía porque soy celta, de mi familia, de mi padre porque obvio lo era, de mi madre, de todos mis ante-pasados, con guión porque luego soy eso que te dije, perjura, reconozco que iban antes de mí en el tiempo, y que los llevo dentro de mí, pero no los quiero cargar. Perjura, perjura.

Y fui a Carnac.

Y me sentí piedra elevada, piedra de pie, piedra frente al viento y adversidades. Porque soy celta. Porque tengo historia.

Porque mis ante-pasados me trasmitieron mi sangre, mis creencias, mis sapiencias y mi valor.

Aunque diga la realidad que esas piedras las levantaron centenares de años antes de que los míos las veneraran, usaran y protegieran para sentirse protegidos a su vez. Son nuestras. Celtas.

Foto: Gwenn-Aëlle Folange Téry.

Qué rollo, ya lo sé.

Pero eso despertó en mí lo de las esvásticas en los retratos de Simone Veill.

Acá, en mi pueblo, como en muchos de la costa, hay construcciones de cemento armado por las dunas y playas. Son de líneas rectas, bajas, parecen lobos agazapados para cazar liebres o cabras. Por un lado, el que da al mar, una abertura. Hace años se podía entrar en ellos, pero el vandalismo de los que no conocen su historia ha llevado a clausurar las entradas. Se alcanza a ver el interior a veces por unas rendijas en la pared, huelen a orines y cerveza agria, pero también a sangre y a miedo. A humo y violencia.

Son Blockhaus. Nombre alemán porque ellos los construyeron cuando ocupaban Francia. La palabra en francés para designar un fortín sí existe pero no se usa, el hecho de que lleven su etiqueta en alemán explica más que la etiqueta en sí. Aunque hoy los alemanes y franceses se llevan bien. Cuando no se odian a lo Pinky, obvio.

 

Los Blockhaus de acá han sido pintarrajeados. Por chavos. O adultos. Que tal vez sepan qué son pero no entiendan qué representan.

Que no llevan como yo la historia de la Segunda Guerra Mundial en los hombros. Ni de la Primera, ni de la de 1870. Los ante-pasados tan pesados ya sabes, los que digo que no cargo pero que dan cada paso conmigo. Una que habla y habla y no concreta. Perjurándome a mí, rompiendo las promesas que me he hecho una y otra vez.

Chavos entonces  que probablemente sean más libres que yo, ni traidores ni perjuras, sólo ignorantes. Que lleven otra historia a cuestas.

Que sí estén tal vez condenados a repetir lo malo de esta historia en lugar de decidir libremente escoger lo luminoso de otra.

Igual que por allá en mi otra casa, centenares de personas escogen el lado oscuro verdad, onda Darth Vader/Cerebro y el idiota de Pinky.

 

Desconocimiento. Miedo. Odio. Violencia.

Foto: Anaïck Lentz.

Bretaña Francesa. Febrero de 2019.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.






Luis López




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