SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 28 de febrero de 2019
“No me obedece”, “Hace lo que le da su gana”, “Es muy inquieto/a, no para todo el día”, “Sólo pone atención a lo que le interesa”, “Sólo reacciona a lo que le conviene”…
Este tipo de expresiones no tendrían nada de extraordinario si se refieren a un adulto, nuestra pareja, por ejemplo. Que no me obedezca, que siga sus sueños y deseos con pasión y energía, que atienda a sus intereses, que dedique su energía mental a sus propósitos y proyectos no sólo es algo obvio sino digno de apoyar para su bienestar y superación.
El problema es que las mismas expresiones tienen un sentido diferente cuando se refieren a los niños y a las niñas. En nuestra cultura adultocéntrica y patriarcal de estos se espera obediencia ciega, quietud, pasividad, “buen comportamiento” (signifique lo que signifique tal cosa), renuncia a las necesidades e intereses propios y optar por las directrices de los adultos… ¿Por qué? La respuesta más común la escuchamos a diario en boca de los adultos: “porque son niños y aún no saben de la vida, por lo tanto, nos tienen que hacer caso a nosotros sus padres o maestros”.
La naturaleza de los niños es el movimiento, la exploración, la curiosidad, el deseo de conocer, palpar, de aprender por sí mismos (pero con base a su tiempo, recursos e intereses de su etapa de desarrollo)… En un entorno adecuado su ser se explaya y expande, y crecen sin problema, su movimiento encuentra expresión y el aprendizaje fluye con naturalidad y, en consecuencia, la adquisición de habilidades.
No obstante, existen entornos donde no caben con su inquietud y sentido de exploración: casas pequeñas, barrios sin espacios para jugar con seguridad y libertad, con calles plagadas de autos, reclusión en el hogar donde sólo queda la conexión con las pantallas, vida acelerada, salones de clases con muchos niños, escuelas sin patios suficientes, metodologías y programas escolares aburridos por pasivos y con contenidos con falta de pertinencia… Es en las ciudades grandes e industrializadas donde más se acumulan este tipo de variables.
Ahí, la expectativa de control hacia los niños provoca la necesidad de encontrar mecanismos para aquietarlos. Y en las últimas décadas se ha encontrado uno efectivo y cada vez menos cuestionado y sí, en cambio, legitimado: la medicación.
Asistimos a un aumento en la medicalización de niños inquietos bajo la justificación de enfermedad neurológica: TDAH: Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (o sin ésta). Dicho trastorno, sus causas, consecuencias, prevalencia y tratamiento mantienen una polémica aun en el mundo científico.
La Organización Mundial de la Salud reporta que a nivel mundial existe una prevalencia del TDAH del 5 por ciento. Mientras que en una nota del Portal Iberoamericano de Marketing Farmacéutico podemos leer que, según datos de la Facultad de Psicología de la UNAM, hoy lo padece el 12 por ciento del total de la población mexicana, y aún sin tener una cifra precisa, se cree que afecta a 1 millón y medio de niños y niñas menores de 14 años de edad, “estas cifras lo revelan como un problema de salud pública”, dice la nota.
Pero, ¿en realidad se trata de un problema de salud pública o de un problema de atención a la infancia? ¡¿Cómo es posible tener tantos niños “enfermos” de desatención o hiperactividad?! Justo esta es la polémica.
A los estudiosos y críticos del TDAH no deja de generarles suspicacia —y con justa razón— el hecho de que este tipo de información suela venir justo de quienes se ven beneficiado por la venta de la “cura”, los laboratorios farmacéuticos. De ahí la invitación a leerla con cuidado.
“Estoy seguro de que existen algunos niños que sí tienen un verdadero problema por hiperactividad o por déficit de atención, y necesitan un tratamiento (que no tiene por qué ser siempre farmacológico). Y estoy dispuesto a admitir (cuando lo demuestren con buenos estudios y resultados a largo plazo) que para algunos de esos niños los fármacos pueden ser útiles. Pero tampoco me cabe duda de que existe el sobrediagnóstico”, palabras del pediatra español Carlos González que plasman un punto donde existe coincidencia entre los y las profesionales de la salud mental: el sobrediagnóstico (no todos los niños hoy etiquetados con TDAH lo son), palabras que señalan, también, la falta de estudios confiables sobre los resultados —sobre todo a largo plazo— de los fármacos aplicados al mencionado “trastorno” (metilfenidato: Ritalín, Concerta).
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Jake Hawkes (@jake_hawkes) / Unsplash.
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