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AMLO en el barrio

Diálogo País / Top News / 04/03/2019

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

Lunes 4 de marzo de 2019

 

Debía ser el verano de 2005 cuando pasó esto que les cuento.

Yo ya llevaba más de un año viviendo en España y no sé cuántos fuera de mi barrio.

Mi barrio está en Ensenada, en Baja California, al norte de México.

Algunos dicen que ya no podemos decirnos México pero se equivocan.

Sé que era verano porque desde que me fui de México he hecho todo lo posible por ir a visitar a mis padres.

Me sabe mal decirlo, pero mis padres son un pretexto.

Yo NECESITO visitar mi barrio. Lo digo así, con mayúsculas.

 

El otro día un boricua en Nueva York me preguntaba qué quería decir “barrio” en México, porque había conocido ciertas personas mexicanas que le habían dicho que en México no se usaba. Que se usaba más “colonia”. Barrio era algo que sonaba muy marginal.

 

No sé exactamente si esto es así pero en mi contexto la palabra “barrio” sí está cargada de un sentido marginal. En Ensenada se les llama barrios a las colonias apartadas y pobres. A los sitios que llevan el estigma del abandono y del crimen.

De las calles arrumbadas y sin servicios.

Donde la gente estrogolea cada día para ver cómo paga las cuentas, la comida.

Donde los reyes de la noche son las jaurías de perros semi-salvajes.

Direcciones a las que los taxistas se niegan ir.

Lugares en las que las lucen se encienden muy temprano para iniciar el largo trayecto al trabajo.

Lugares donde las luces nunca se apagan.

Donde suena la música fuerte y alguno que otro grito ahogado.

Siempre crecí con la idea de lo importante que era “ser barrio” o “rifar barrio”.

Cada quien entendía lo que quería de esta letanía. Para mí era como una mezcla de vivir con el sentido de solidaridad, de humildad y de orgullo. Me acuerdo de las lecciones madreadas de los hommies del barrio que te decían “usted nunca estará solo carnal, porque hay un barrio que lo acompaña, por eso siempre tiene que representar”.

Y así lo hice.

Así lo hicimos todos, cada quien a su manera.

 

Pero bueno, yo vuelvo al verano de 2005.

Mi barrio es bravo, pobre y profundamente apático a la política.

 

– Pinshis vatos rateros que se vayan a la monda.

 

Es más, juraría que ni en tiempos de campaña venían a tomarse las fotos. Las calles sin pavimentar, como la Amapola, Italia o Marruecos eran demasiado rudas, incluso para los pick ups de los políticos. Como muchos lugares de México, vivíamos todos esos desmadres políticos con la sana distancia de la rutina y las caguamas domingueras.

 

Pero ese verano de 2005 fue diferente.

Al menos en mi familia y con mis compas del barrio, los de siempre. Los broders. Los parnas. Mis carnalitos. El Aldo y el Berni estaban bien ilusionados con la candidatura de Andrés Manuel. Pero no solamente ellos. Me sorprendió especialmente que mi madre lo estuviera también. En ese entonces no había ni tuiter ni guasá ni nada de eso pero podríamos decir que el AMLO ya era tendring topic, o como se diga, en Las Lomitas, mi barrio. Primero lo vi con cierto escepticismo, pero cuando vi que incluso las vecinas, amigas de mi mamá, hablaban de AMLO con ilusión me dejó pasmado.

 

Recuerdo que decían que no había que mirar las noticias porque decían puras mentiras. Recuerdo sus carcajadas que desafiaban el discurso oficial. También recuerdo cómo todas compartían el hecho de que las cosas tenían que cambiar. Yo no estaba acostumbrado a ver ese nivel de discusión de política en mi contexto más doméstico. Pero aún estaba a punto de pasar algo más cabrón. AMLO tenía previsto venir a Ensenada. Daría su primer mitin de campaña en Baja California, en el Parque Revolución de Ensenada.

 

La emoción se levantó como lo hace el polvo de las calles de las Lomitas. Bien rápido. La gente se organizó para ir a ver al Peje, ya le decían así por aquel entonces. El Berni, que ya trabajaba como gerente de un restaurante, decía que por la causa haría bolsitas con lonshe de tortas de jamón y queso y juguito para llevar sus acarreados.

Pero no hizo falta.

Llegó el día y fue un shingo de raza.

Pero un shingo.

 

Yo sé que los shilangos menospreciarían la cantidad de gente pero Ensenada fue el primer municipio en el país en que ganó el partido Acción Nacional, la derecha mexicana por excelencia. Ensenada es una ciudad en que la gente que tiene el poder se jacta de hacer el shoping en San Diego y de hablar inglés como cualquier californiano. El ensenadense clasemediero random (tenía que usar esta palabra), ve con desprecio todo lo que suene o se vea indígena o del centro del país. Tomando en cuenta todo esto, era un triunfo que AMLO llenara el parque.

En el 2005 no era como las campañas posteriores de AMLO, en las que parecía que hasta los fresitas se apuntaban a la 4ta transformación.

 

En el 2005, al menos en Ensenada, la gente que jalaba AMLO era gente mayoritariamente como la gente de mi barrio. Gente muy humilde y con ganas de armar un gran alboroto. Mi mamá estaba allí, conmigo, pero también con doña Eva, doña Mari y doña Ester. Obvio, también estaban el Aldo y el Berni.

 

Entonces apareció AMLO y pasó una de las cosas que ya se han visto muchas veces y que muchos dicen que es pura parafernalia. Pero neta, estando allí, lo que vi para mí fue emocionante. Aún lo es cuando lo recuerdo.

 

López se bajó de un taxi. Solo. Sin maletín ni maleta. Ni siquiera traía mochila. No traía seguridad. La gente le abrió paso. No mames, en un país en el que la vida tiene un precio tan bajo algo tienes que traer en el inside para atreverte a hacer estas cosas.

El vato partió la multitud entre abrazos y besos.

Yo ya ni me acuerdo lo que dije.

Recuerdo a mi madre, emocionada, al borde del llanto.

AMLO hablaba y mi madre repetía en voz baja: sí es cierto, las cosas tienen que cambiar.

 

No recuerdo lo que duró el mitin y mucho menos lo que dijo AMLO. Aunque todos los que estamos aquí nos podemos imaginar lo que dijo, es lo de menos, desgraciadamente.

Yo lo que recuerdo es la emoción y algo más cabrón aún. La emoción compartida colectivamente. Me atrevería a decir, ¿la emoción de una clase social? No, no me atrevo a tanto. Pero la emoción colectiva me parecía recordar las reuniones en Euskal Herria cuando los vascos reivindicaban su derecho a ser un país.

 

Recuerdo que ese día después del borlote nos fuimos a comprar carne para asar en la casa. Compramos unas caguamas también. Como era de suponer, nuestro marxismo aprendido en las canciones de Silvio Rodríguez y compañía nos hizo sentirnos por un momento, por un momento al menos, más revolucionarios.

 

Yo, como pisteo menos, intentaba bajar los ánimos del Berru y del Cara de Tele. Ellos se reían de mi acusándome de europeo, de intelectual o de pequeño burgués.

 

El Berni decía con sorna:

Mira bro, yo les dejo a ti y tu hermano “las ideas”. A nosotros sólo déjanos tirar el gatillo.

Y Continuaba :

–   Carnal, yo ya no quiero justicia, yo lo que busco es venganza.

 

Yo me reía pero pensaba en el poder de las palabras de mi amigo.

 

Esta sed de venganza sí que se podía sentir. Venganza por qué, dirían algunas personas. Yo me atrevo a pensar que no hay pocos motivos.

 

La euforia de ese verano acabó, al menos para mí, volviendo a Barcelona. A mi exilio pequeñoburgués, según mis broders.

 

Desde allá hice todo para votar.

Voté.

Nos robaron.

Más de uno de mis compas lloró.

Mi madre lloró.

Yo no lo podía creer y pensé, pequeñoburguesmente supongo, que la Unión Europea intervendría para parar el fraude.

No fue así.

Calderón fue presidente.

Me ahorro decir las cosas terribles que pasaron ese sexenio.

Llegó el 2012.

AMLO de nuevo, otra vez con el PRD.

Desde Barcelona, volví a votar.

La misma historia, o quizá no, pero con un resultado igual de funesto.

Peña Nieto presidente.

No hace falta que diga nada más.

 

2018 vuelvo a votar por AMLO. Desde Barcelona, por supuesto. Me hice selfies y todo.

Algo que noté este 2018 es que hasta los fresitas de Barcelona votaban por AMLO. Sí, se volvió tendring o como se diga.

Yo viví con cierto pesar esta campaña.

Primero porque muchos amigos y amigas mías anti-AMLO se cansaron de publicar mierda contra muchas cosas que yo considero importantes. Como la violencia de género, la dignidad de los pueblos indígenas o la salud pública. Estuvo tan cabrón que borré a un montón de gente de mis redes sociales. No por temor al debate, sino porque me parecía un estira y afloja de ideas sin argumento.

 

Segundo, porque el discurso de AMLO me parecía difuso, confuso diría. No era aquel grito pelado sincero que me cautivó en el 2005. Se lo dije a Berni y él me contestó, como buen chairo:

 

No culpes al PEJE bro, es que también tu estás más viejo.

 

Como decía, voté por AMLO de nuevo, plenamente convencido.

 

Los resultados los celebré con una buena botella de cava con mi chica, en Barcelona, mientras mis morritos me preguntaban qué estaba pasando.

 

A partir de allí ya no sabría más qué decir porque sigo teniendo la misma sensación a lo largo de mi vida al lado de AMLO. Porque entendámoslo así, muchos de nosotros hemos crecido y madurado al lado de él.

 

Cuando se habla de AMLO hay algo de mí que se desnuda. Algo pasa que los argumentos no funcionan del todo. Algo que remueve los sentimientos y que me recuerda la importancia de las enseñanzas de “ser barrio”.

 

Y eso es lo que pasa, pero AMLO para mí es más una imagen que me conecta desde el centro de mi ser con esas cosas que para muchos pueden sonar estúpidas, pero que para mí son importantes. ¿Cuestión de imagen?

Probablemente. Pero en un país en el que vivimos pensando que la clase política vive en otra galaxia, rodeada de los lujos más perversos, cuál es el impacto que puede generar. Lo recuerdo de nuevo, en las emociones, ver al presidente desayunar unas gorditas en algún lugar perdido de Michoacán. O haciendo la residencia presidencia un parque municipal. O vendiendo aviones y camionetas de lujo.

 

Puede que sea solamente cuestión de emociones.

Pero conmigo conecta.

Conmigo el vato está haciendo barrio.

La cosa seguramente es más compleja, pero por algo teníamos que empezar, ¿no?

 

Personalmente, no creo que eso esté precisamente mal.

¿Por qué? Pues porque al hacerlo se reconforta, al menos un poco, el sentimiento de abandono histórico de millones de personas en México.

Es decir, desplaza desde la periferia al centro de la realidad política a millones de mexicanos y mexicanas. Esto no es algo solamente importante.

Era una necesidad urgente.

Sanar una herida que lleva cientos de años sangrando.

Un tajo que se abrió hace mucho tiempo.

Quizá ahora tengamos una oportunidad para curarla.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Imágenes de portada:  El Barrio. | Fotos: Víctor Corona.






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2 Comentarios

el 04/03/2019

Bravo Victor
Sí, creo que resumes bien lo que ha pasado.
Haces bien en hablar de ese sentimientos confuso de venganza que tienen muchos, de desesperanza que tiene otros o los mismos, de miedo que tenemos todos.

Sí creo profundamente y he sentido ese efe to de «vamos todos juntos».
Y la terrible soledad cuando ves que aun así no cambia nada.

Ahora yo nos veo divididos entre los que quieren que cambien todo y temen que no suceda, y los que no quieren cambios y temen que sí los haya.

Aunque veo a AMLO como disperso, para allá y para acá, y nada concreto.
Las dos primeras definitivamente no voté por él. Esta vez lo hice aunque había una tesitura en mi voto de «votar los demás no».
También tengo miedo. Pero es más el miedo al secuestro,a la desaparición forzada y a la larga letanía de sufrimientos que hay en México.

el 04/03/2019

Buen dia vic , como siempre que rico y elocuente platicas como cuando haces pizzas y tomamos vino , un abrazo fuerte mijo, te admiramos mucbo tu tia y yo.



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